11 junio 2007

Contradicciones

Cada semana encuentro que el maniqueísmo del Gobierno me sorprende con nuevas dicotomías. ¡Qué manera de voltear los problemas!

Por ejemplo, el problema que ellos tienen con la soberanía de Venezuela. Aquí claman soberanía sólo para despreciar a Estados Unidos. ¿Dónde está la soberanía cuando Daniel Ortega insulta a nuestros estudiantes, a quienes entre otras cosas califica de "contrarrevolucionarios" (eco de las palabras de Chávez, "peones del imperio")? ¿Dónde está la soberanía cuando Fidel Castro se mete en nuestros asuntos?...

Otro problema es el de cómo explicar la participación del pueblo en las decisiones medulares del país, cuando quien ha decidido y decide todo es el Presidente de la República. El pueblo sólo ha votado en las elecciones. Eso sí, el Presidente le ha participado al pueblo sus decisiones.

El problema de los "oligarcas" es que quienes los atacan no saben reconocerse como tales. Para reconocer a la más conspicua oligarquía, lo que tienen que hacer los gobierneros es mirarse en el espejo. Pero no, ellos miran para otro lado y dicen que ser rico es malo. Sin embargo, una gran cantidad de ellos son ricos, inmensamente ricos, de esos que compran propiedades, empresas, carros lujosos y van de compras a Miami.

El problema que hay con la salud y el estado de abandono en el que se encuentra la mayoría de los hospitales públicos lo resuelven con examinarse y tratarse en clínicas privadas, y hasta en Estados Unidos.

El problema con la libertad de expresión es confuso: aquí no se confrontan ideas, sino que se descalifica al interlocutor. Hay libertad para insultar. Lo peor es que a la fuerza de la razón le oponen la fuerza de las armas.

El problema de la exclusión sale a relucir en tiempos en que no ha habido mayor exclusión en el país. Porque se proclaman llenos de "amor" y a la vez incitan al odio y ahondan las diferencias.

El problema de si llegan o no los dividendos de Pdvsa, "ahora sí llega el petróleo", es que buena parte de esos dividendos en vez de crear riquezas, se reparten en limosnas.

Esta hipersimplificación de la realidad vista en términos de bueno y malo, sin gradaciones intermedias, no tardará en llegar hasta los cuentos infantiles. No nos extrañe que entonces, con gran desparpajo, nos cuenten también el cuento del "Lobito Rojito y la Caperuza Feroz".


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