19 junio 2007

El embustero pillado

Con su cara bien lavada y 20 kilos menos, un Hugo Chávez ansioso por quedar bien le decía a Jaime Baily, hace ya nueve años que "yo no soy socialista". Todo lo contrario, se animaba a replicar luego de escuchar las preguntas con estudiada pose de pretendida reflexión, colocando las manos unidas sobre la frente inclinada y un lenguaje conciliatoriamente almibarado: "queremos dar un salto adelante, ir más allá del socialismo porque lo nuestro es un proyecto humanista y mi signo ideológico es bolivariano".

El "remake" presentado por Globovisión nos mostró un candidato haciendo su papel de justiciero moderado ("me llevo muy bien con los empresarios, voy a apoyar a la empresa privada, no vengo a estatizar, quiero incorporar el país a la globalización, atraeremos a compañías inglesas y norteamericanas para impulsar el desarrollo petrolero aguas abajo, rechazamos el autoritarismo, promovemos una democracia humanista), en la puesta en escena de una hábil estrategia para tranquilizar a los sectores económicos que lo apoyarían durante la campaña, a una clase media que desconfiaba por su pasado golpista y a los sectores populares, tradicionalmente reacios a cualquier propuesta que sonara a comunismo.

Pero lo que de verdad pone de relieve la entrevista es la capacidad de simulación, las dotes histriónicas, provistas de la necesaria dosis de convicción, a pesar de la sobreactuación, para convencer a los incautos, más de tres millones y medio de venezolanos, sobre un proyecto político que desde mucho antes se ubicaba en las antípodas de sus verdaderas intenciones.

Unos le creyeron, otros pensaron que era manejable y los proverbiales oportunistas de siempre se montaron en el autobús sin mayores escrúpulos éticos o ideológicos cuando lo vieron subir en las encuestas. Verdadero fenómeno político que puso a prueba y terminó fundiendo la fortaleza democrática de una sociedad entregada a un hombre cuyo liderazgo nació marcado por la impronta de la violencia y la muerte.

En fin, lo rescatable de todo esto es el papel de los medios, aún en posición de alertar sobre la naturaleza de un mandatario desprovisto de cualquier escrúpulo a la hora de conseguir sus objetivos porque Chávez sí quiere acabar con la empresa privada, sí estatiza, pretende aislar al país de la globalización, espanta a los inversionistas extranjeros (a menos que los necesite como ocurre con los petroleros) y antes que rechazar el autoritarismo forcejea con el país para imponerle no ya un autoritarismo, sino algo peor, el socialismo totalitario, con la liquidación de "la democracia humanista" que pregonaba entonces. Está pillado. Una vez más. Pero que sirva de algo.

Roberto Giusti
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