23 junio 2007

Hitler y las olimpiadas

Las olimpiadas de 1936 se convirtieron en una de las más famosas de la historia por el hecho de cómo fueron manipuladas por el régimen nazi. Jamás se había conocido un vínculo tan grosero entre el deporte y la política como el que se empeñaron en establecer los jerarcas alemanes de entonces con la participación directa del propio Hitler, quien movió los hilos para que el espectáculo se convirtiera ante el mundo en catapulta de sus oscuros designios de hegemonía. Sin embargo, ni el dinero gastado a manos llenas en instalaciones y en preparación de los atletas ni el control de todos los pormenores del evento ni los esfuerzos propagandísticos rigurosamente calculados sirvieron para ocultar el anuncio de lo que en breve fue una sombría dominación. De allí que lo debía ser un suceso de trascendencia para las competencias deportivas de la era moderna quedara en la memoria como el empeño fallido de cambiar por medallas de oro la evidencia de una tragedia que ya sufrían millares de seres humanos en Alemania.

En la justa de 1936 influyó la noción racial que era motor del partido nacionalsocialista. Podía ser la ocasión estelar para que la humanidad se enterara de la supremacía aria, según anhelaba Hitler. Era la tribuna adecuada para probar la desigualdad de las razas que había proclamado el conde Gobineau y ahora refrescaba Rosemberg, un presunto filósofo que escribía folletos para las fuerzas de choque. El universo entero vería el desfile de unos jóvenes rubios de ojos azules, estatura elevada y cráneos alargados gracias a cuyas hazañas se comprobaría la tesis sobre el dominio de los individuos biológicamente perfectos. De paso, la acumulación de trofeos venía al pelo para tapar las atrocidades sobre la persecución de los judíos que comenzaban a filtrarse más allá de las fronteras nacionales.

Desde el principio se movieron los hilos tras el objetivo político. Los gendarmes y las tropas controlaron las inmediaciones de los coliseos y las rutas para llegar a las sedes del espectáculo. Se formaron células adiestradas para la vigilancia de los espectadores y para atacar a los "indeseables" con piedras y navajas, en caso de necesidad. Se dispuso de un presupuesto especial con el objeto de relacionar a la gesta atlética con la grandeza de la patria y con la gloria del Fhurer. Se contrató a una brillante cineasta, Leni Riefenstahl, para que hiciera para la posteridad un filme titulado Olympia, a través del cual se divulgaran entre los ausentes los portentos de la nueva raza y el confort de las urbes remodeladas por los nazis. Cuando se recibió la llama olímpica en el estadio de Grunewald, se orquestó el acceso de 110.000 espectadores seleccionados especialmente para que aclamaran al líder del movimiento mientras contemplaban el paso del fuego encendido en el templo de Zeus. Según diversos historiadores fue aquella la primera manifestación paramilitar de la época contemporánea.

El primer campeón de la olimpiada fue alemán, un policía de nombre Hans Woelke cuyo triunfo fue coreado con los gritos de ¡Heil! ¡Heil¡ y con el ascenso al grado de coronel de gendarmes "por sus servicios a la patria". Pero empezaron a ganar los estadounidenses, los fineses , los holandeses, los húngaros, los checos, los ingleses y los japoneses, esto es, los representantes de razas inferiores, un chaparrón de agua fría que para los nacionalsocialistas se volvió hielo cuando un negro de Estados Unidos, Jesse Owens, arrasó con cuatro medallas de oro en las competencias de velocidad. Bautizado desde entonces con tres apodos inolvidables - Dios del Estadio, Antílope de Ébano y Huracán Negro- Jesse Owens le dio una patada histórica a los delirios inhumanos que Hitler quería pregonar en la olimpiada de 1936.

Pero también circularon entonces los rumores de quienes habían venido del exterior. Los visitantes de otras latitudes palparon en propia carne la opresión, bien porque la observaran en el desfile de los juventudes nazis, en las exacerbadas medidas de policía y en la multiplicación de las imágenes de Hiltler representado como salvador de un pueblo; o a través de las anécdotas sobre episodios tenebrosos que pudieron escuchar, a través de la relación de episodios menudos de prepotencia y terror que los ponían a temblar cuando los recogían en el sigilo de los rincones. La memoria de unos días distintos en Berlín y en Nuremberg no se limitó a la recreación del suceso que la había convocado. También se extendió en el comentario que hacían los viajeros sobre cómo había en Alemania una corriente subterránea que advertía sobre la explosión de una gigantesca cloaca. ¿Moraleja? Ni siquiera un suceso estelar como la olimpiada de 1936 puede ocultar los signos de la realidad.


Elías Pino Iturrieta
El Universal
epino@ucab.edu.ve

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