05 junio 2007

La generación del 7

Tanto en el Gobierno como en la oposición se equivocan quienes atribuyen al renaciente movimiento estudiantil tanta fuerza como para provocar un alzamiento nacional con desenlaces instantáneos y definitivos.

Los primeros saben perfectamente que las cosas no son así, pero adulteran la realidad para atizar la violencia, justificar la represión y liquidar, en nombre de una falsa democracia, lo que a mediano plazo insurge como una amenaza real a sus pretensiones hegemónicas. Suerte de repetición mecánica de la estrategia de provocación que tan buenos dividendos les dio luego del 11 de abril y del paro petrolero.

Los segundos suponen que una protesta efectivamente espontánea, alimentada por nobles propósitos, pero también intereses muy concretos de la juventud, se convertirá en la chispa que incendie la pradera y Chávez caiga a la vuelta de dos semanas.

En esta ocasión el asunto resulta más serio porque los jóvenes, conscientes de sus limitaciones, saben que tomará tiempo y requerirá no sólo temple, sino madurez política, la lucha por la libertad de expresión, la autonomía universitaria y en definitiva por la existencia de un país donde puedan desarrollarse profesional y personalmente sin verse rebajados a la necesidad de colocarse una franela roja para ubicarse en una chamba.

Posiblemente se miren en las experiencias de sus antecesores y saquen de allí algunas enseñanzas que les permitan fortalecer la iniciativa, llevarla más allá del ámbito estudiantil y convertirla en movimiento popular, algo que, luego de ocho años, no han logrado cristalizar los partidos políticos.

Habrán constatado que la generación del 28 insurgió en plena dictadura gomecista, cuando los viejo partidos, devorados por el régimen, eran un recuerdo, los viejos caudillo decimonónicos agonizaban y el país se encontraba sumido en el inmovilismo y el atraso, esperando que Gómez muriera a ver qué pasaba.

Esa bocanada de aire fresco que removió el polvo acumulado del conformismo con una protesta que venía de la universidad y un grupo de estudiantes provisto de una causa, de una idea y del heroísmo suficiente como para ser arrastrado a los calabozos sin languidecer en ellos, florecería sólo años después con fuerza irresitible para dar paso a los modernos partidos políticos del siglo XX y a las primeras experiencias democráticas.

Chávez tiene razón cuando trae a colación la ya trillada frase de Gramsci según la cual "lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer". Sólo que en este caso lo viejo que no termina de morir está encarnado por él mismo, mientras que basta sólo con salir a la calle para toparse con lo nuevo que no acaba de nacer.



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