21 julio 2007

Entre lo estúpido y lo ridículo

En la mayoría de países donde se ha instaurado un régimen autoritario, los gobiernos se ven en la necesidad de implementar leyes que restrinjan las libertades y buscar enemigos que justifiquen sus desmanes, además de hacer acusaciones y llevar a cabo actividades que causan asombro a cualquiera. Algunos de ellos dejan ver que, en la desesperación de presumir poder, por más que se gobierne a garrotazos, la estupidez de las acciones en ocasiones se cuela y se convierte en ridiculez.

En Venezuela se ha acusado a un embajador de comer mucha "reina pepeada". ¿Será que sólo las de morcilla son buenas? Se ha dicho que hay demasiados hijos de papá y mamá. ¿Será que los hijos de la revolución nacen por generación espontánea? Y se compra material bélico para ganar la guerra contra el imperio. ¿Cuál será ese imperio? Yo no sé si, de verdad, verdad, el alto mando militar se habrá paseado por la idea de que sería posible cazarnos una guerra, y además ganarla, a uno de los países más poderosos del planeta. Me pregunto asimismo si el gobierno norteamericano se molestaría en ocuparse de una extravagancia semejante, cuando tiene bastante con los problemas internos de un país con ¡trescientos millones de habitantes!

Por otra parte, necesario sería conocer si los submarinos adquiridos recientemente son para ver por dónde se acerca el portentoso enemigo, o serán utilizados para reencontrar los cardúmenes de sardinas desaparecidas de los anaqueles de los supermercados desde el siglo XX venezolano. Tampoco sé si los ultramodernos helicópteros rusos serán para desmantelar de una vez por toda la presencia de paramilitares en los Andes venezolanos, o para trasladar a un funcionario a la inauguración de puentes caídos y salir con rapidez cuando el soberano se acerque a hacer sus reclamos.

Impresionante, más bien chocante por lo bufo, en estos tiempos de reciente Copa América, ha sido la presencia de un ex futbolista, cuyos escándalos han recorrido el mundo deportivo por sus desvaríos, elogiado como ejemplo de juventudes. Asalta la duda y pensamos que el anfitrión se perdió los episodios posteriores al estrellato del invitado en un mundial de fútbol ya lejano antes de traerlo y colocarlo en el palco de los abucheos.

Pero lo más impactante, la fotografía de un funcionario público golpeando a un profesor universitario en un juego de fútbol, es otra muestra de eso que no sabemos si clasificar como "extralimitación de sus funciones" o violencia pura y simplemente. En todo caso, ha sido tan vergonzosa la actuación de algunos burócratas gubernamentales que francamente, dan pena.

Lo último, para demostrar que en nuestro país nada escapa del todopoderoso capricho del soldadito de plomo, la detención de cuatro jóvenes en un estadio de fútbol por repartir volantes que clamaban silenciosos "Libertad de expresión". ¿Cuán delictiva podría ser esta acción llevada a cabo por muchachos que apenas se acercan a una veintena de años, como para ser privados de su libertad? ¿Qué poderosa arma portaban además de su cédula, pantalones bluejeans y zapatos de goma? A lo mejor habría querido encontrarse algo más, algo que les implicara en un atentado terrorista, una granada de mano, una pistola nueve milímetros. ¡Por favor!

Un garrote en la mano permite clavar la estaca fácilmente, pero el miedo hace que la obsesión por el poder pierda el rumbo y empiece a tropezar con la paranoia. Con el sinuoso camino entre lo estúpido, lo grosero y lo ridículo.


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