28 julio 2007

Yo, sólo yo

El Aló Presidente del pasado domingo resume los apetitos personales de su conductor como pocos espacios en los últimos tiempos. No es que el locutor se guarde en otras presentaciones y lugares de mostrar las agallas, no es que en otras oportunidades se exhiba como modelo de republicana modestia, no es que a veces tenga deseos de callar para poner el oído al servicio de los asuntos del prójimo, sino que entonces fue capaz de presentarse en un solo paquete tal cual es, de derrochar en una sola función los rasgos de quien se entiende como el único sujeto dispuesto por el orden de las cosas para convertirse en regulador de la sociedad.

Independientemente de la duración del programa, debido a la cual nos enseña usualmente cómo se solaza en los metales de su voz, hay un punto que destacó en la aludida transmisión: la total falta de ideas o su reemplazo por la aplicación de la voluntad de quien tenía el monopolio de la palabra. Debido a las carencias de pensamiento y al deseo de determinar el destino de los gobernados según las disposiciones de la real gana, viene a ser ese Aló Presidente testimonio redondo de una patología que amenaza con convertirse en morbo vitalicio.

El anuncio de la reelección continua como su alternativa exclusiva y excluyente fue la perla de mayor envergadura entonces, desde la orientación que se quiere destacar. Aseguró que pronto llevaría a la Asamblea Nacional una propuesta para su permanencia indefinida en la jefatura del Estado, pero tuvo el cuidado de señalar que apenas se refería a su cargo. En el resto de las plazas sujetas a elección se aplicaría la alternabilidad a rajatabla, para que quedaran excluidos de la ventaja los gobernadores y los alcaldes. Pero, ¿cuál fue el motivo de la drástica diferenciación?, ¿por qué el camino abierto para él y cerrado para el resto de los funcionarios públicos?, ¿por qué una sola corona frente a un elenco de descabezados? Balbuceó algo sobre los perjuicios del caudillismo, pero apenas se atrevió con un boceto para no nombrar la soga en la casa del ahorcado, y terminó con lo que para él fuera una explicación y para el resto una disposición definitiva: "olvídense de eso". Nada más. Ese fue el "razonamiento", tan ausente como el que debió formular con el objeto de convencernos de las bienes del continuismo presidencial. Un personaje tan pagado de sí mismo podía intentar una filípica para justificar las bendiciones de su permanencia en las alturas, pero dejó las cosas en el terreno de una orden fulminante: recordar la obligación de apoyar su candidatura y no guardar espacio en la memoria para las aspiraciones de sus compañeros de viaje.

El anatema contra la opinión de los extranjeros que lanzó más tarde forma parte del mismo repertorio de mandatos sin el sustento del pensamiento. Les está vedado en adelante ofrecer pareceres sobre lo que sucede en el país, agregó el mandón. Seguramente ya estarán sus servidores a la caza de quienes, sin contar con la supuesta inmunidad que les concede el hecho de su nacimiento en la tierra de Bolívar, se atrevan a opinar sobre política interna y especialmente a criticar al gobierno. ¿No se los ha mandado un hombre cuyas disposiciones deben convertirse en realidad incontrovertible? La insólita norma careció de justificación, fue algo parecido a un decreto sin consideraciones ni artículos y acaso fuera mejor así, pues una exclusión tan antidemocrática y odiosa sólo puede sustentarse en aberraciones como el chauvinismo y la xenofobia. Quien se abstiene de argumentos puede sostener su capricho en sentimientos así de deplorables antes los nacidos en otras latitudes. Si ni siquiera aparecieron entonces las ideas para definir una "ciudad socialista" que mostró en un plano como si se tratara de un gran descubrimiento, menos podían habitar su cerebro para la condena de los musiues indeseables.

Hubo en el programa un intento de argumentación protagonizado por un vecino de Plan de Manzano quien quiso plantear problemas partiendo de un análisis de la realidad que lo circundaba, de un examen provisto de elementos sobre los cuales se podía reflexionar en un constructivo tono de elevación, pero el mandón lo detuvo después de adivinar que venía cargado de prejuicios gracias a los cuales perturbaría la marcha del espacio que animaba. No era un extranjero de esos que llegan con el macabro plan de ofrecer opiniones sino un comarcano a quien acuciaban las urgencias de su contorno. Sin embargo, como amenazaba el huero libreto con sus ideas y con su derecho de expresarse en libertad, como trastornaba el desfile de los estereotipos presidenciales, fue desterrado al silencio. Sería terrible que la política venezolana, luego del continuismo del locutor, se convirtiera en un Aló Presidente raquítico y perenne.


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