05 agosto 2007

Autocracia y socialismo

Nadie puede salir de la pobreza sin esfuerzo personal. Decir lo contrario es mentira o ilusorio. Existen, no obstante, circunstancias en las que ese esfuerzo no es suficiente, particularmente en los países menos desarrollados. Después de todo, se convive con reglas sociales que pueden conspirar contra los deseos de superación y contra los resultados materiales del esfuerzo.

Esas circunstancias "externas" que inhiben o estimulan, obstaculizan o favorecen, reprimen o premian los resultados del esfuerzo personal no son inmutables. Pueden cambiar, para mejor o peor. Y de hecho cambian, como resultado del aprendizaje social y de la reformas en positivo, así como de sus contrarios: el desaprendizaje y los errores. Así, hay países que se hacen más prósperos, y otros que se depauperan. Taiwan, Chile, España, son de los primeros. Zimbabwe, Cuba y Norcorea, de los segundos. Entre ellos hay graves diferencias en la mentalidad con que se diseñan esas circunstancias externas.

Venezuela tiene en su haber una historia de éxito con pocos precedentes en el mundo, que la acompañó por más de 50 años hasta 1970. Como muchas otras cosas de nuestra historia, esos éxitos no se supieron apreciar. Se dijo que era el petróleo. Pero había mucho más. Y buena parte de ese "mucho más" fue objeto de cambios negativos que nos llevaron finalmente a una serie de crecientes y dolorosos fracasos.

Durante años Venezuela mantuvo con algunos altibajos, centros decisivos de reflexión democrática y de reflexión capitalista. Se estuvo cerca de alcanzar lo que llamo el umbral del círculo virtuoso del desarrollo: la simbiosis entre el efecto disciplinador en la política que tiene el mercado, y el efecto similar que sobre el capitalismo tiene la democracia política, simbiosis de la que nace el crecimiento con justicia, y que posee utilísimos mecanismos de autocorrección, electoral y productiva.

Lamentablemente, ese umbral no llegó a cruzarse, y hoy estamos como pueblo corriendo el riesgo de cruzar otro, de signo totalmente contrario, representado por el cambio constitucional que propone el gobierno, que por lo deducible del discurso y del accionar político, apunta hacia menos democracia y menos capitalismo, más autocracia y más socialismo, lo cual equivale a menos libertad y más penuria económica.

Los últimos años reafirman que el petróleo fue sólo un factor, uno entre varios, que ayudó al éxito venezolano del pasado. En este reciente lapso, Venezuela se ha sumergido en una permanente conflictividad, por falta de democracia, y no ha podido profundizar el "boom" petrolero por falta de capitalismo. Increíblemente, al Gobierno no se le ocurre mejor idea que reforzar en su propuesta constitucional los rasgos de su proyecto que son más nocivos al desarrollo económico y a la justicia social.

Mucha gente creyó en la República versión 5.0 cuando votó por la Constitución de 1999. Pero esas esperanzas languidecieron en estos años de pugnacidad, ineficiencia y farsa mediática, mientras se agotaban las nuevas ideas sin producir resultados aceptables. Ahora los poderosos quieren imponer el Socialismo versión 21.0, cuyos resultados serán peores. La serie de fracasos anteriores estarían a punto de ser coronados con otro "indefinido" o "continuo", aunque con notoria probabilidad de ser definitivo.

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