19 agosto 2007

Recetas para frenar a Chávez

Ahora que el presidente venezolano Hugo Chávez se ha quitado la careta y anunció oficialmente que intenta ser un presidente vitalicio, permítanme ofrecer algunas sugerencias sobre lo que debieran hacer la oposición venezolana, las democracias latinoamericanas y Estados Unidos, para tratar de evitar una dictadura total en ese país.

Chávez, como ustedes saben, anunció la semana pasada que presentará ante la Asamblea Nacional --donde controla el 100 por ciento de las bancas-- una reforma constitucional para extender el período presidencial de seis a siete años, y permitirle ser reelecto cuantas veces quiera. Asimismo, la reforma eliminaría la autonomía del Banco Central, y crearía una ``milicia popular''.

Su plan de obtener poderes absolutos --endulzado con una propuesta para reducir la jornada laboral a seis horas-- irá ahora a la Asamblea Nacional, donde probablemente será aprobado casi por unanimidad, y, posteriormente, será sometido a un referéndum nacional.

He aquí como habría que responderle:

La oposición Venezolana no debería repetir el error que cometió cuando boicoteó las elecciones legislativas del 2005 cuando, citando la falta de libertades para hacer campaña, se retiró del proceso, pensando que su ausencia deslegitimaría la elección. Chávez simplemente ignoró el boicot, realizó la elección de todos modos, e instaló una Asamblea Nacional totalmente progubernamental.

Está claro que la oposición tendrá que competir ahora con más limitaciones: Chávez ha acumulado más poderes para usar los recursos estatales en su campaña política, y controlará la enorme mayoría de los medios de comunicación masiva, especialmente después de su reciente decisión de revocar la licencia de la cadena de televisión independiente RCTV y convertirla en otro canal estatal.

Sin embargo, iniciar una campaña en contra del proyecto narcisista-leninista de Chávez no sólo le permitirá a la oposición venezolana mantenerse viva, sino que le daría una oportunidad de oro para reagruparse y ganar fuerza.

Las encuestas muestran que la radicalización y la megalomanía del mandatario venezolano están empezando a fastidiar a algunos de sus propios seguidores.

''Chávez se está pasando de la raya con este plan de [su] presidencia vitalicia'', me dijo Michael Shifter, un experto en Venezuela del centro de estudios Diálogo Interamericano, de Washington, D.C. ``Esto representa una oportunidad para ganar el apoyo de los chavistas desilusionados''.

Efectivamente, una nueva encuesta de la empresa venezolana Hinterlaces dice que el 54 por ciento de los Venezolanos desaprueban la propuesta de reforma constitucional de Chávez, mientras que sólo un 26 por ciento la apoya. Resulta interesante que, 48 por ciento de los encuestados se manifestaron como simpatizantes de Chávez, lo que sugiere que muchos chavistas no comulgan con su plan de reelección indefinida.

La Organización de Estados Americanos (OEA), el Centro Carter, y otros grupos de fiscalización internacionales, no deberían repetir los errores que cometieron en el referéndum revocatorio del 2004, cuando aceptaron la imposición de Chávez para que iniciaran su monitoreo apenas unos pocos días antes de la votación. Esta vez, los observadores internacionales debieran llegar al país varios meses antes, y en lugar de certificar únicamente el conteo de los votos, pudieran fiscalizar y certificar la limpieza y equidad de todo el proceso electoral.

Brasil y Paraguay, cuyos congresos todavía deben ratificar la entrada de Venezuela en el MERCOSUR, deberían --al menos-- postergar su decisión indefinidamente. MERCOSUR tiene una cláusula democrática, y permitirle la entrada a Chávez a ese organismo internacional tras su anuncio de ''reforma constitucional'' sería no sólo violatorio de las normas del acuerdo regional, sino que significaría una luz verde tácita para que otros países, como Bolivia y Ecuador, sigan sus pasos y se constituyan en ``dictaduras constitucionales''.

Estados Unidos podría hacer más que nadie para frenar los delirios de grandeza de Chávez si dejara de subsidiarlo. Efectivamente, Estados Unidos está importando petróleo venezolano por valor de $34,000 millones por año, con lo que Chávez financia su proyecto político.

La Casa Blanca debería imponer un impuesto de $2 por galón al consumo de gasolina en Estados Unidos, o un impuesto de 50 por ciento a las camionetas Hummers y otros automóviles innecesariamente gigantescos, o exigir a las empresas productoras de vehículos de Detroit que dupliquen la eficiencia de los coches norteamericanos.

Reducir la adicción de Estados Unidos al petróleo importado debiera ser el tema central de las elecciones presidenciales del 2008: Además de ser el arma más efectiva contra los países del Oriente Medio que financian el terrorismo islámico, debilitaría a los petrocaudillos como Chávez, y ayudaría a reducir el calentamiento global.

Mi conclusión: Es probable que Chávez sea el peor enemigo de si mismo. Su intento de convertirse en una especie de emperador tropical puede hacer que sus opositores internos se recuperen y --como los luchadores de judo-- usen la fuerza ofensiva de su rival en contra de él. Ojalá lo hagan con inteligencia esta vez, y que las democracias extranjeras no miren para el otro lado ante este intento de volver a la era de las dictaduras absolutas.

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