11 agosto 2007

Un mapa deforme

En estos días de furor mal llamado revolucionario, el afán gubernamental por terminar de consolidar de una vez por todas su proyecto de control total de la sociedad venezolana no tiene disimulo alguno.

Más allá de la obvia intención de perpetuar en el poder al actual Presidente y a nadie más que a él, se nos pretende imponer un involutivo reordenamiento territorial. Cambiar la fisonomía del mapa venezolano; traicionar tradiciones, costumbres y la división territorial de un país que ha sido consecuencia de una evolución y que tiene una razón de ser.

La desaparición de las alcaldías, con la confesa complicidad de un alcalde oficialista, es comerse la flecha de lo que el mundo hace en ese sentido, donde los gobiernos locales son cada día más robustecidos, donde se ha demostrado que la creación de instancias cada vez más cercanas al ciudadano es la táctica efectiva para fomentar calidad de vida.

Si hubiera buena intención en el afán de reordenamiento territorial, deberíamos estar ante una de las más consultadas y discutidas decisiones de los últimos tiempos. Ante la evaluación de lo que han significado los gobernadores y alcaldes en el incremento del bienestar de los venezolanos en las dos últimas décadas. Ante una consulta de cuánto tienen estos funcionarios de arraigo en los sectores que representan y cómo puede optimizarse este mecanismo para brindar resultados aun mejores.

Hay que preguntar si todas las propuestas que se nos están lanzando por estos días, no llevan a que incluso la menor decisión que tenga que ver con el bienestar de las comunidades, tenga que pasar por la alcabala omnipotente del Palacio de Gobierno. ¿Cuánto bienestar nos traerá eso? No creemos que mucho. ¿Cuántos dolores de cabeza? Probablemente no pocos.


David Uzcátegui
El Universal
druzcategui@intercable.net.ve
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