16 septiembre 2007

Tiempo de Palabra 16SEP07

El golpe de estado

La propuesta constitucional es un golpe de estado. Viola la Constitución de 1999 y procura la complicidad de los ciudadanos en un referendo cuyo resultado sería la aprobación de la pérdida de sus derechos. No se trata sólo del fraude en los procesos electorales, el del ventajismo, el de la represión y el electrónico; sino de la supresión de la libertad desde variados ángulos para lo cual se pide que los ciudadanos se congracien con el cuchillo que rebanará su pescuezo.

Vuelve a plantearse cuál debe ser la conducta de la disidencia democrática para enfrentar esta mutilación de libertades y derechos.

Trampas de Autocracia

Hitler concentró todos los poderes mediante una hemorragia de consultas populares en las cuales, invariablemente, ganaba sobrado, mientras en la calle le caía a palos y mataba a sus adversarios. En 1934, cuando murió el presidente alemán Hindenburg, el parlamento nazi anunció la aprobación de la ley en la cual las atribuciones del Canciller -que era Hitler-- y las del Presidente, se unificaban. Era una ley técnicamente ilegal pues violaba lo que la propia Constitución establecía para la sucesión presidencial y también violaba la Ley Habilitante de 1933 que impedía alterar las atribuciones del Presidente.

Hitler se convirtió en el Führer. Los oficiales y soldados alemanes debían jurar desde ese momento "obediencia incondicional a Adolf Hitler, el Führer del Reich Alemán y del pueblo, Supremo Comandante de las Fuerzas Armadas¿".

En el mismo funeral del Presidente, el general Blomberg le ofreció a Hitler como saludo, el sonoro "Mein Führer", ¡mi Jefe! Inmediatamente después del funeral, los nazis se aprestaron a un plebiscito para aprobar los poderes del dictador. El 19 de agosto, Hitler ganó con el 90 % de los votos, certificados por el Consejo Nacional Electoral de allá. Al día siguiente, el 20 de agosto se estableció el nuevo juramento para todo funcionario público: "Juro: Seré leal y obediente a Adolf Hitler, el Führer del Reich Alemán y de su pueblo, respetaré las leyes, y cumpliré mis tareas oficiales con conciencia, para esto imploro la ayuda de Dios".

En 1936, ganó la consulta para la anexión de Renania por 99 % de los votos. Otro plebiscito fue el de abril de 1938 para ratificar la anexión de Austria. Obtuvo 99% de los votos. Hitler consiguió el poder total a través de una serie de procesos electorales en un marco de ventajismo total y de liquidación progresiva de los derechos de la oposición socialdemócrata y comunista, así como de la persecución sanguinaria y homicida principalmente contra los judíos, que culminaría en el Holocausto.

Papel de las Elecciones

Lo anterior sólo tiene el propósito de mostrar que las elecciones sólo son un instrumento de legitimación cuando se realizan en condiciones de libertad. De lo contrario, las consultas comiciales forman parte de la parafernalia necesaria para los autócratas en su proceso de afianzamiento en el poder. Pérez Jiménez tuvo sus elecciones y su plebiscito, todo el mundo supo que los había trampeado y, por fortuna, nadie le pidió a los adecos, copeyanos, urredistas y comunistas de esos tiempos que "demostraran" que el dictador había hecho fraude. Todo el mundo sabía que había habido fraude.

Al cabo de los tiempos, ésta es la fórmula de Chávez: instauración de una dictadura con ropaje constitucional y legal. Algunas buenas almas confundidas argumentan que Chávez gana las elecciones porque tiene mayoría. Olvidan que la mayoría en una democracia se estructura en libertad, aunque reciba múltiples influencias de partidos, medios de comunicación, dispositivos culturales e intelectuales; en todo caso, se forma como expresión de una voluntad individual receptora de influencias múltiples, pero no del miedo. En una autocracia como la de Chávez la influencia dominante es la del miedo. Como resultado de la presencia de este ogro amenazante, la voluntad ciudadana no puede constituirse y en su lugar lo que hay son expresiones condicionadas mediante el opresivo ambiente creado por el poder dictatorial. No se trata de decir que Chávez no tenga apoyos; de lo que se trata es de decir que no se puede saber cuánto apoyo genuino tiene porque sus expresiones públicas están condicionadas por el poder represivo, real y simbólico.

Hay mucho más. Ni que el 99 % vote a favor de la mutilación de los derechos, libertades y garantías, esa decisión tiene validez política o ética para los demócratas. Las elecciones en las democracias son competencias entre candidatos, a veces feroces, pero en un terreno común, socialmente aceptado y compartido. Se compite para representar lo que cada cual considera la mejor vía para desarrollar el proyecto nacional fundante, expresado en una Constitución producto del consenso social.

Cuando se participa en una elección dentro de una autocracia, no es para dirimir en sana y libre ley un asunto determinado, sino por mera conveniencia táctica. Sirve o no sirve para hacer crecer las fuerzas propias y para debilitar al autócrata; nada tiene que ver con las convicciones que animan a votar en una democracia que funciona. Esa idea de que los demócratas siempre votan es una falacia inútil en un militarismo autocrático como el presente; aserto sólo válido en democracia.

¿Votar o No Votar?

Los ciudadanos se abstuvieron en 2005 y al cabo de los meses, lo que se sintió como una victoria, no fue rematado por una dirección política atinada. Los ciudadanos votaron en 2006 y a las 6:00 pm ya había una decepción masiva. Si en ambos acontecimientos fue así, el problema central no es votar o no votar, sino cómo se hace avanzar a las fuerzas democráticas. La mejor opción sería que Chávez no pudiera imponer otra Constitución y, por tanto, sería deseable que no hubiese referendo. Esto se podría lograr a través de una masiva expresión de descontento nacional desde los sectores civiles y militares que podría llevarlo a abandonar su nuevo golpe de estado. Derrotar el intento de otra Constitución sería el objetivo ahora. Si ese objetivo se mostrara inalcanzable, la definición sobre votar o no tendría que tomarse. Lo cual pasa por recuperar la lucha por condiciones electorales decentes, tema inexplicablemente olvidado por algunos. Lo peor sería la división, aunque hay tiempo de procurar una estrategia común.

Unos cuantos ya decidieron votar y sólo hacen amagos de consultas que son vacías; otros ya decidieron no votar. La tendencia de la mayoría de los ciudadanos parece ser la abstención; sólo se revertiría esta ola con una propuesta atractiva, unitaria y potente, y no como un mero señuelo de quienes quieren postularse a las elecciones de gobernadores y alcaldes del 2008 y desean mostrar su voluntad participacionista. Jugar con los ciudadanos es un candelero que puede seguir quemando a los aprendices de brujos.



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