13 septiembre 2007

Un peligroso letargo

La gravedad de la reforma constitucional es baladí en comparación al grado de pasividad que estamos registrando frente a ella. Una reforma manifiestamente írrita que viola abiertamente no sólo el actual texto constitucional sino que pone en jaque los últimos vestigios de democracia. Ello debe producir a los menos, una endémica e indetenible indignación de todos los sectores de la vida nacional.

Y el análisis no se agota explicando el porqué de tanta permisividad o desmedida adulancia. Lo uno y lo otro ya lo sabemos. El tema es reflexionar sobre lo que no queremos ver: las consecuencias de nuestro sopor.

No se trata de un simple desafío electoral ni librar un inocuo debate nacional sobre categorías, derechos y libertades innegociables que no resisten una mínima discusión. La propiedad privada, la patria potestad, la libertad individual, el derecho a la libre empresa; la libertad de expresión, la alternabilidad o la monolítica separación de los poderes -satanizados por la reforma- no admiten ningún tipo de traje ni camisón. Lo fundamental es asimilar que en el marco de esa reforma se está liquidando nuestra cultura democrática, estamos endosando lo que queda de país y confinando a nuestros hijos a ser hijos de una patria gendarme/miliciana, donde la historia, su cotidianidad, su futuro y sus derechos, serán lo que decida la voluntad de un hombre. Una sola voz que en nombre de la "soberanía popular", dará cuenta de la soberanía de todos.

El referéndum es irrelevante. Lo que es nulo jamás existirá así lo glorifique el papa. El debate es ilustrar con buena comunicación, el costo histórico de la reforma y lograr una firme convicción de su inconveniencia política e improcedencia ética. Y este esfuerzo incluye hacer que le pique hasta al propio Chávez, quien será la primera víctima de su propia borrachera revolucionaria.


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