25 octubre 2007

Muchas esperanzas y poca verdad

Van 9 años pletóricos de discursos dadores de esperanzas, en los cuales el tiempo de conjugación predilecto es -sin duda alguna- el tiempo futuro. Tales peroratas presuntamente calan en la clase más humilde, porque ésta siempre ha vivido de la esperanza. Lamentablemente, nunca se alcanza el nivel cognoscitivo suficiente que permita captar el discurso embustero y darse cuenta que con esperanzas y sin trabajo no se llena el estómago. Los más humildes sufren más que ningún otro venezolano, porque ellos no tienen las herramientas necesarias para engañar al sistema. Ése que los obliga a la franelita roja y a la misión (no precisamente la imposible, porque ésa sí da plata), pero que no les construye casas, ni los instruye en un oficio remunerable, y menos aún fomenta trabajos estables y permanentes, con quinces y últimos, vacaciones, utilidades, seguros de hospitalización, cirugía y maternidad, y ni pensar en prestaciones sociales y pensiones de jubilación.

Y eso que sólo estamos viendo los "previews" de un film comunista en donde todos, absolutamente todos, menos la élite del partido, terminan por no tener ni para medio comer, y son absolutamente infelices. El que no lo entienda así, que se mire en Cuba: carros de los años 50, casas de paja y barro, el único trabajo remunerado es la prostitución, y -lo más resaltante- rostros tristes por doquier, sin alegría. ¿Verdad que Venezuela empieza a parecerse a Cuba en eso de la pobreza y la tristeza? Todos nadamos en una permanente ansiedad, como queriendo acabar con estos miserables 9 años y con sus tramoyeros. Cuando la única solución es recuperar la democracia conculcada, a como dé lugar, y aprender de los errores pasados, que nos permitirán alcanzar el cenit de la comprensión por los más pobres.

Pero no sólo los pobres sufren. Van 9 años de destrucción inmisericorde de la clase media, aquella que da consistencia a cualquier sociedad civilizada. La que amortigua las sandeces y atormenta a los gobiernos sordos a los reclamos populares. Constituye la clase emprendedora per se, de donde emergen los forjadores de las nuevas generaciones de profesionales formados correcta y científicamente en universidades y politécnicos. El desgobierno arrasa con la clase media, porque ésta es la reserva inteligente de la sociedad. Le ha dado con todo: cierres de fuentes de trabajo, despidos de los mejores; eliminación de un sistema de justicia que permita la rápida recuperación de lo que le pertenece; fin de la meritocracia, con claro enraizamiento de la mediocridad. La llevan a la pobreza, en una clara materialización de aquella infeliz expresión "es malo ser rico". Contrariamente, el desgobierno no es pobre: gusta de la riqueza del sudor ajeno, de la buena mesa y de los "viles" placeres burgueses.

De último, encontramos la excepción a lo explanado anteriormente: la clase alta, la que siempre ha hallado acomodo en los negocios de todos los desgobiernos y sistemas políticos. Sus predios son reservados, aunque alguno de los tramoyeros pudiera autoconvencerse de su ingreso.

Así las cosas, me debo dirigir particularmente a los más pobres y a los menos pobres: el quid está en no seguir creyendo en mentiras que nos llevarán a seguir perdiendo décadas de bienestar para TODOS. Debemos recuperar la DEMOCRACIA, porque es la única que permite el ascenso social y es capaz de dar plena felicidad a todos los seres vivos.

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