16 octubre 2007

Todos seremos colaboracionistas

Las diferencias insalvables que dividen a la dirigencia de la oposición y la condenan al eterno dilema de participar o abstenerse, anuncian una nueva derrota, en esta oportunidad sin atenuantes de ningún tipo.

Al final de la tarde, mientras algunos se decantan por la primera opción, otros lo harán por la segunda y en esas medias tintas, en ese necio empeño por demostrarle al otro su desvarío, Chávez se saldrá con la suya una vez más.

¿Es posible, a estas alturas, evitarlo? ¿Poner de lado las mutuas acusaciones de "colaboracionista" y empujar todos juntos en la misma dirección? Posiblemente no, pero si no se hace el intento todos seremos "colaboracionistas" y todos, por igual, pagaremos las consecuencias de la confiscación definitiva (o al menos por mucho tiempo) de la democracia, de la cual seremos tan o más responsables que Chávez, sus alfiles y peones.

Si en verdad todavía hay una mayoría nacional firmemente opuesta a la consolidación de la tiranía, ¿no sería lo más sano ejercitar ese colectivo, medir su talla, sacarlo a la calle, airear su rechazo y empezar, aunque ya sea un poco tarde, por hacer unas cuantas y contundentes demostraciones de fuerza que pongan las cosas en su lugar y demuestren como la fatalidad puede resultar evitable?

La protesta airada y las razones que la convocan deben pisar duro y fuerte para hacerle sentir a este pobre mortal, supuestamente invencible, que no está solo en el ring. La presencia masiva y decidida en la calle, aparte de ser el revulsivo ideal para un espíritu nacional en estado latente, serviría para demostrarle que la vía hacia la dictadura total puede ser mucho más sinuosa y complicada de lo que su fatua seguridad en si mismo le susurra permanentemente.

Activación, organización y movilización general debe ser la consigna capaz de echar a andar un sentimiento libertario que siempre ha estado ahí y tuvo su momento trágico y grandioso la tarde del 22 de abril del 2002.

Únanse todos los líderes, los grandes, los medianos, los pequeños, salgan a reencontrarse con la gente, revitalicen una causa tan viva como quienes las sustentan y más poderosa aún que la esgrimida por el adversario porque la razón y la historia están de su parte. Todavía es posible asumir la responsabilidad, dejar a un lado las mezquindades, el egoísmo, la ceguera y a veces hasta la estulticia que han despilfarrado la fuerza de un movimiento que sólo espera conducción, unidad y claridad de propósitos.

Llegado el momento obviamente habrá que tomar una decisión, pero estanco dependerá únicamente de tres o cuatro políticos empeñados en una discusión bizantina, sino de una sociedad consciente de sus propias potencialidades y de hasta dónde puede llegar y de qué manera, en la lucha por la más justa de las causas.


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