06 noviembre 2007

Dos países, un presidente

La muchedumbre, hechizada, aullaba en las calles, arengada por la voz de aquel presidente que planteaba modificar la Constitución para enfrentar el imperialismo, eliminar el capitalismo y acabar con el latifundismo. Había que devolverle el poder al pueblo y para ello, en las elecciones que se avecinaban, el pueblo debía alargar el período presidencial y permitir que su presidente pudiese ser reelecto. Armó a su país hasta los dientes. Adquirió de los rusos aviones y todo tipo de armamento.

Aquel líder proponía un tipo particular de socialismo. Aunque proclamaba que en su país había libertad de expresión, en la práctica, la libertad sólo existía para exaltar al presidente y su obra de Gobierno. En el fondo, a través de mil mecanismos, el Gobierno terminaba ejerciendo una censura exhaustiva sobre los medios de comunicación.

La Constitución nominalmente protegía a los ciudadanos de los arrestos arbitrarios; pero quienes eran acusados de actividades contrarrevolucionarias, eran arrestados a discreción del Gobierno, poniendo a un lado el debido proceso. Además, se había creado un partido único con todos sus seguidores.

Con su verbo encendido, aquel presidente desataba en las masas un enloquecido fervor nacionalista. El odio hacia el enemigo externo común tenía por objeto despertar en el pueblo un incontenible fervor patriótico.

Aquella revolución no se limitaba a las fronteras de su país. Aunque se desgarraba las vestiduras por los atentados que decía se cometían en contra de la soberanía de su nación, el presidente no cesaba de intervenir en los asuntos internos de los países vecinos, convencido de que su revolución debía extenderse a los mismos. Sin pudor, financió a los grupos que apoyaban sus ideas, en tanto que conspiró en contra de los gobiernos que no lo hacían. Sus manos estaban involucradas en las actividades políticas de toda la región.

Llegaría al extremo de enviar tropas para apoyar un grupo político en una nación cercana y, a la vez, limitar por esta vía la influencia que otra poderosa nación tenía en la región.

Finalmente, el líder auspició y logró la unión de su país con una nación vecina. Dos países un presidente, clamaban sus seguidores.

Como era de esperar, las tensiones políticas y militares que se habían desatado en toda la región llegaron a un punto de ebullición ¿ y, finalmente ¿ estalló la guerra. El país sufrió una dolorosa derrota.

Pero, recapitulemos. Gamal Abdel Nasser había ascendido al poder después de contribuir al derrocamiento del rey Farouk. Llegó a despertar un inmenso fervor nacionalista hacia la causa de panarabismo. Modificó la Constitución de su país, lo cual le sirvió para aumentar su poder e incluso alargar el período presidencial que había alcanzado con una mayoría abrumadora de votos en 1956. Se transformó en un ardiente defensor del "socialismo árabe". Sus manos estuvieron involucradas en todo el quehacer político del Medio Oriente. Incluso envió tropas egipcias para intervenir en el Yemen.

El 1 de enero de 1958 anuncia la creación de la República Árabe Unida. Egipto y Siria se unían en un solo país, con un solo presidente: Gamal Abdel Nasser. Sin embargo, esa unión sólo habría de durar hasta 1961, cuando Siria se separó después de un golpe de Estado.

En 1967 Nasser precipitó la guerra con Israel al disolver la fuerza de paz que las Naciones Unidas había establecido en la región.

El 5 de junio de 1967, el general judío Moshe Dayán cruzó el Canal de Suez y llegó hasta las afueras de El Cairo. La guerra duró solamente seis días. Para el 10 de junio Israel había vencido a una coalición formada por Egipto, Siria, Jordania e Irak.

Nasser abrió una caja de Pandora. El Medio Oriente nunca más ha conocido una paz duradera. En estallidos sucesivos vinieron la Guerra de los Seis Días, la revolución Libia, la Guerra del Yom Kippur, la revolución islámica de Jomeini, las guerras en Líbano, la guerra entre Irán e Irak, la Guerra del Golfo, la Guerra en Afganistán, la invasión a Irak, el terrorismo islámico y la conflictividad que ahora surge desde Irán.

La historia tiene una terca tendencia a repetirse. Muchos nos preocupamos cuando vemos figuras mesiánicas que pretenden imponer en sus países cambios a los cuales las sociedades se ven impulsadas por las vías del populismo. Con frecuencia se transforman en la puerta de entrada a etapas de violencia incontenible, en las cuales los pueblos terminan pagando un precio irracional en vidas, sufrimiento y empobrecimiento.


José Toro Hardy
El Universal
josetoro@movistar.net.ve

Cualquier parecido con la vida real es mera coincidencia...
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