10 noviembre 2007

Quiénes son los fascistas

De nuevo el intento y otra vez el fracaso. Como alguien decía sobre un peculiar equipo de fútbol: jugó como nunca pero perdió como siempre. La incapacidad del régimen gavillero es infinita. Falla en todo lo que se propone. Se trata, ahora, de la estrategia muy cubana, muy extremista, de provocar violencia y achacarla a las víctimas de sus desmanes. El malandraje volvió a pifiar en el designio imperial de liquidar la lucha pacífica, democrática emprendida por el movimiento estudiantil.

Son conocidas y reconocidas (así como repudiadas) las hordas gobierneras agrediendo con palos, botellas, piedras e, incluso, disparando potentes armas de fuego contra figuras, instalaciones y actividades de los sectores opuestos al totalitarismo cuyo líder aspira legitimar su reinado in aeternum mediante el cambio ilegal de la Carta Magna. En sus tropelías estos radicales usan radios, cascos y motocicletas similares a las utilizadas por algunos organismos policiales. Lo hacen a la vista de todos, incluso con la indiferencia de los organismos oficiales que deben velar por el orden y la legalidad.

Estas pandillas rojas rojitas, en las que participan sujetos que luego son identificados como funcionarios de algún ente público, generan desordenes, violencia, anarquía, daños y pánico. Luego responsabilizar de su ensañamiento y destrucción a sus víctimas.

¿Para qué la artimaña? Hasta hora pretendía amedrentar la disidencia. Descalificar a todo aquel opuesto a la voluntad del emperador tropical, fueran dirigentes políticos, gremiales, institucionales o ciudadanos. Desautorizar a todo aquel no sea sumiso, obediente y complaciente.

Pero en esta nueva fase que la cúpula entronizada considera crucial para entrar oficialmente en el socialismo del siglo XXI (autoritarismo militarista neocomunista) hay una intención adicional. Está la necesidad de victimizar al líder, al benefactor, al magnánimo, haciéndolo ver otra vez atacado y agredido por los sectores, según ellos, contrarrevolucionarios y golpistas del país, que pretenderían desplazarlo del poder. Y, si eso ocurriese, según la manipulación gobiernera en curso, el soberano sería despojado de todos los beneficios sociales recibidos hasta ahora.

En estos términos el debate sobre la inconveniencia de aprobar una constitución que consagra un Estado personalista-comunista-totalitario sería sustituido por un llamado plañidero a defender al caudillo de esta nueva arremetida de la "oligarquía fascista, de los lacayos del imperio".

El rechazo a la "deforma" in-constitucional está irrumpiendo sólidamente en los sectores populares. Sube cerros. Penetra muros de las instituciones y cuarteles. El caudillo está angustiado. Desconfía. Le teme la onda Baduel. Por eso lanza el anzuelo. La batalla debe ser entre su carisma y el desprestigio de la oposición.

Miguel Sanmartín
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