25 febrero 2008

Solista desafinado

El único cantante que veo soy yo¿", dijo el líder en "otra cadena más" el jueves pasado. Y no deberíamos ponerlo en duda a juzgar por los arrebatos de falta de pudor para quien sólo debería atreverse a cantar en la ducha pero que somete al resto de sus compatriotas a la tortura de unas notas destempladas, casi tanto como su discurso. El asunto, aunque parezca, no es de risa. Tiene que ver con la intolerancia. Con el pensamiento único. Con la hipersensibilidad a la crítica. Con la imperiosa necesidad de instaurar una cultura oficial en la que únicamente quepan aquellos que canten, reciten, pinten, escriban y actúen panfleticos revolucionarios.

El "talibanismo cultural" le está haciendo un flaquísimo servicio al régimen, dejándolo mal parado en el único ámbito que parece preocuparle al líder: el internacional. Una carta firmada por más de cien personajes públicos tanto de las artes como del deporte, desde Shakira hasta David Beckham, pasando por mi novio Serrat (nadie dudará de su pensamiento progresista) hasta Fito Páez invitado por Chávez a venir con su guitarra y cantar juntos en la Plaza Bicentenaria (un horror imaginar la interpretación presidencial de Mariposa Technicolor), es la prueba de la solidaridad que mundialmente ha tenido Alejandro Sanz, cuyo único pecado fue decir en la época del referéndum revocatorio que si a él tres millones de personas le pidieran que dejara de cantar, él se lo pensaría. A partir de allí, la historia ha sido la del cerco hacia el cantante, hecho que terminó con la declaratoria de persona no grata por parte de la Cámara del Municipio Libertador. Por supuesto, esto trajo una reacción en cadena en el ambiente artístico internacional. Ya Chávez no es el líder carismático que lucha por la igualdad de su pueblo, sino el comandante autoritario que impide la disidencia. ¡Qué broma, a él que tanto le gusta cantar, pareciera que sólo le quedará en el mundo el coro de la Nueva Trova Cubana! Y¿ quién sabe¿ ahora que soplan vientos de cambio en esa isla¿

Pero mientras el comandante hace una cadena, entre otras cosas, para decirle al mundo que no hay problema con que Sanz venga a Venezuela, su ministro de Cultura le tiene una guerra a todo lo que no represente la línea oficial. Ya no es sólo que impida que una actriz abiertamente opositora participe en una película copatrocinada por el Estado, sino que ha emprendido la toma definitiva contra los ámbitos que permitan discusiones y discursos alternativos al hegemónico que se quiere instaurar.

La toma pretendida es física: quieren las instalaciones del Ateneo de Caracas y de la Sala Alberto de Paz y Mateos, hogar del conocido grupo Theja desde la década de los ochenta. Pero con esto buscan algo más: hacer desaparecer el pensamiento crítico. El oscurantismo típico de los regímenes autoritarios, sean de derecha o de izquierda.


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