12 marzo 2008

Final de tragicomedia

Es bueno todo lo que termina bien. Esto terminó bien, sobre todo para los dos pueblos, el de Venezuela y el de Colombia A pesar de que no se había producido la confrontación militar que se temía, sí estaban sufriendo los efectos de una situación prebélica.

Lo que ocurrió en Santo Domingo el viernes pasado no tiene precedentes en la historia diplomática. No sólo la de América Latina sino la del mundo. Que una situación de conflicto, sin lugar a dudas una de las más graves que ha confrontado nuestra región, haya terminado en la manera como terminó, ha dejado perplejo a todo el mundo. Nadie se imaginó que esa crisis llena de insultos y amenazas pudiera haber quedado resuelta en pocos minutos de manera pública, ante las cámaras de televisión, como si nada hubiera pasado.

Con toda seguridad ese show mediático le vino de perillas a Chávez que le encantan esos espectáculos circenses. Pero lo más probable es que fuera de la carpa, tras bastidores ocurrieron muchas cosas que el público no vio.

Sin lugar a dudas los tres países directamente involucrados sintieron la presión de los demás países de la región para que depusieran sus actitudes y abrieran una vía para alcanza una solución. Eso ocurre normalmente en todos los foros multilaterales. Mientras se desarrollaba la reunión, terceros países realizaban gestiones de conciliación para acercar a las partes y promover acuerdos. En este esfuerzo debe haber jugado un papel importante el presidente de México, quien en su discurso conciliador hizo un llamado a la cordura. En esa tarea lo deben haber ayudado la presidenta Bachelet y el canciller Celso Amorín. Mientras tanto, la mayoría de los gobernantes que intervinieron en el debate mantuvieron una posición muy cautelosa, limitándose a resaltar la importancia de los principios y las normas de derecho internacional y evitando hacer pronunciamientos que pudieran avivar el conflicto o aguijonear a las partes involucradas. Los jefes de gobierno de los países del Caribe se cuidaron de inmiscuirse en un pleito de vecinos. En ese esfuerzo jugó también un papel determinante el Presidente anfitrión, quien a toda costa debía evitar el fracaso de la reunión cumbre que se realizaba en su país.

Además es interesante destacar que los presidentes ajenos al conflicto sabiamente tuvieron especial cuidado de no mezclar los dos aspectos que estaban envueltos en la crisis. Un aspecto era el relacionado con la incursión de fuerzas militares colombianas en Ecuador. El otro lo relacionado con las evidencias obtenidas en las computadoras recuperadas por el gobierno colombiano que implican seriamente a Hugo Chávez con las FARC. Prácticamente ninguno de los presidentes, ni siquiera el mismo Presidente Uribe tocó este último tema, lo cual parece indicar que debe haber precedido un acuerdo tácito de todos los mandatarios a este respecto. Esto, a su vez, permitió que en su intervención Hugo Chávez asumiera una postura ostensiblemente moderada.

En cuanto a la manera como concluyó la cumbre para los presidentes de los países envueltos en la crisis fue lo mejor que podía ocurrir. Todos tenían razones poderosas para aceptar, y hasta propiciar una solución pronta y definitiva de la crisis.

Comenzando por Ecuador, el presidente Correa había obtenido casi todo lo que exigía. El presidente Uribe le presentó, delante de los jefes de Estado del Grupo de Río, una disculpa pública y la seguridad de que no volvería a emprender una acción militar como la que había generado el conflicto entre esos dos países. Además le ofrecieron, como efectivamente ocurrió, que estos elementos quedarían registrados en la Declaración Final de la Cumbre. En beneficio de la solución amigable Correa desistió de su tercera exigencia que era la condena a Colombia por la violación de la soberanía territorial de Ecuador.

Por su parte Chávez se encontraba en un callejón sin salida después de haber involucrado a Venezuela en un conflicto ajeno, tomado medidas y hecho anuncios sumamente graves como fueron el regreso precipitado del personal de la embajada venezolana en Bogotá, el cierre de nuestra misión diplomática en ese país, la expulsión del embajador colombiano en Venezuela, la orden de movilización de contingentes militares a la frontera y el anuncio de su intención de nacionalizar empresas colombianas en Venezuela. Seguir adelante en su escalada conflictiva requería franquear la pared de fondo del callejón y ello habría significado llevar el conflicto al plano de la confrontación militar y provocar una guerra que Colombia no había motivado ni estaba dispuesta a provocar, que ni los venezolanos ni los colombianos queríamos y que tampoco la Fuerza Armada deseaba ni estaba preparada para sostener. Todos esos desplantes de Chávez merecen un solo calificativo: fueron absolutamente irracionales. Pusieron una vez más en evidencia su talante de militar guerrerista, su manera de actuar precipitadamente, su intemperancia y su desenfreno. También exteriorizaron su insensibilidad y su impiedad que lo llevaron a provocar innecesariamente trabas al comercio binacional en momentos en que la población sufre las penurias de una grave crisis de desabastecimiento. Afortunadamente, hasta donde se sabe, la medida de movilización de tropas a la frontera no pasó de la retórica. A menos que la Fuerza Armada Venezolana cuente con una tecnología que ningún país del mundo posee: la capacidad de volverse totalmente invisible, lo que le habrá permitido desplegar en la frontera 10 batallones sin que nadie los viera. Pero aun sin haberse cumplido, el solo anuncio de la movilización originó una situación de alta peligrosidad y riesgo para Venezuela. No tanto para Colombia que desde un comienzo aseguró que no movería ni un solo soldado a la frontera. El peligro de una medida de esa naturaleza quedó demostrado, afortunadamente sin consecuencias, con el incidente que se produjo a raíz de la penetración de efectivos de la DISIP a través de la frontera en Paraguachón. Como pudimos ver por televisión, allí hubo intercambio de insultos y tiros al aire. Pero si uno de esos disparos hubiera llegado al aire de los pulmones de un colombiano o de un venezolano, con toda seguridad se habría prendido la mecha de la confrontación bélica.

Por lo que respecta al presidente Uribe, apenas conoció las evidencias sobre las conexiones de Hugo Chávez con las FARC, anunció que se proponía interponer ante la Corte Penal Internacional una denuncia contra él por "patrocinio y financiación de genocidas". Sin embargo, la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores de Colombia en pleno, acogiendo un planteamiento de la ex canciller María Emma Mejías, aconsejó al presidente Uribe desistir de esa acción "por inconveniente y por ser un proceso largo y difícil". Inicialmente Uribe no indicó si acogería esa recomendación pero esa advertencia debe haber pesado en su ánimo. En cierto modo el Presidente colombiano se encontró también en una disyuntiva difícil y necesitaba una vía de escape que le permitiera, sin perder prestigio, dar marcha atrás, desistir de su propósito inicial de denunciar a Chávez ante la Corte Penal Internacional. A Uribe le "vino de perillas" el llamado que dirigió el presidente Leonel Hernández a los presidentes envueltos en el conflicto para que pusieran fin a sus diferencias y sellaran con un abrazo la reconciliación.

Finalmente, para Daniel Ortega que había roto las relaciones de su país con Colombia en medio del fragor de la crisis simplemente para dar una muestra de solidaridad con Chávez y con Correa, justificándolas con un argumento totalmente extraño al conflicto que se encontraba planteado, el desenlace de la crisis le brindó también la oportunidad de dar marcha atrás.

Por supuesto que todo el mundo debe sentirse reconfortado y contento de que se haya podido sofocar una crisis tan delicada y peligrosa como la que se presentó la semana pasada. Sin embargo, los presidentes se han podido ahorrar el bochornoso espectáculo que escenificaron ante las cámaras de televisión el pasado viernes por la tarde. Ese mismo resultado se pudo haber logrado de una manera seria y circunspecta, sin ese desplante mediático que ha puesto en duda la seriedad de los jefes de Estado de nuestros países. El acuerdo logrado pudo haber sido sellado con la solemnidad que debe prevalecer en los asuntos de Estado y, sobre todo, en un caso tan grave y delicado como el que se estaba ventilando. Con todo el respeto que me merece el presidente Uribe, hacia quien profeso además una gran admiración por la manera impecable como se ha manejado, debo decir que me desilusionó su comportamiento. Ha debido mantener su compostura y no lanzarse a dar carreras por la sala de conferencias para ir a abrazar a quienes hasta pocas horas antes habían sido sus contrincantes. Mucho menos exponerse, como ocurrió, a que Correa, luego de aceptar estrecharle la mano, ostensiblemente le volteó la espalda. También resultó penoso verlo salir apresuradamente al encuentro y estrechar la mano de quien durante meses le ha estado propinando toda clase de insultos e improperios.

Aquello pareció el desenlace de un amago de pleito de colegiales que después de amenazarse e insultarse, cuando están a punto de caerse a puños, optan por hacer las paces y olvidar lo ocurrido entre ellos. Ese desenlace podría servir de capítulo final, bufo, de una tragicomedia.


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