14 junio 2008

Sólo amago, pérfidos oligarcas

El decreto de la llamada "Ley de Inteligencia…" (Ley Sapo) y su posterior congelamiento ha sido objeto de análisis por muchos políticos, sociólogos, columnistas, etc. De todas las explicaciones que hay para su promulgación, la que más me satisface es la de una incomprensible admiración y por ende sumisión enfermiza al sistema cubano. El hecho (Art. 16) de que toda persona tenga que informar o arriesgarse a ir preso, es una belleza antidemocrática que debe estar siendo aplaudida en ciertos círculos como digna de Adolfo el alemán, Benito el italiano y Joseíto el ruso.

Por supuesto que es bueno que la hayan metido en el congelador y es de esperar que sea derogada. Pero, ¿quién se come el cuento del show de "no puedo defender lo indefendible"? ¿Acaso no le informan todo lo que pasa en el país? ¿Le pusieron la "bendita" ley en el escritorio y la firmó sin leerla?

Realmente que hay dos maneras extremas de ver los recientes episodios de marcha atrás en asuntos diversos. Una es que la respuesta popular airada ante los intentos de atropello antidemocrático son la causa de las "rectificaciones". Esta sólo me parece válida en el caso del currículum escolar, porque en el caso del transporte y del ingreso a las universidades, la "respuesta airada" no fue popular sino de los sectores afectados: a saber, de los transportistas y las universidades autónomas. Repito, no "del pueblo". En todo caso, de ser correcta esta interpretación, podemos respirar un poco más tranquilos: el régimen no está tan sordo como creíamos y no es ciego. ¡Aleluya!

La otra forma extrema de ver el asunto, que pudiera ser calificada de "paranoide", es que estamos ante una artimaña electoral, que es parte de una estrategia muy hábil: a) Amagar con implantar la reforma constitucional "por los caminos verdes". b) Provocar la "respuesta airada". c) Echar para atrás. d) Capitalizar electoralmente el talante "democrático". e) Luego de ganar las elecciones de noviembre, volver con la reforma y la reelección indefinida. La evidencia de casi diez años de narcisismo maligno le da credibilidad a esta interpretación.

Sea como sea, la "ley sapo" debe ser derogada. Hay que insistir y luchar por ese objetivo. Por cierto, no he podido encontrar la explicación de por qué entre nosotros los soplones son "sapos". Lo que encontré es que hay desde sapos venenosos (Bufo marinus) que envenenan a los cocodrilos, que después que se los comen terminan flotando con la barriga al aire, hasta sapos "cultivados" para comérselos porque pesan ochocientos gramos (Rana catesbeiana: "Bullfrog). Y no olvidemos el cuento de los hermanos Grimm del sapo-príncipe. ¡Y a lo mejor el sapo salvador resulta ser la computadora de Raúl Reyes! Porque en los dos lados de cualquier contienda no faltan los sapos.
Carlos Augusto González
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