29 julio 2008

La democracia es una cruz

El fracaso de Chávez no se mide por la derrota que sufrió el 2 de diciembre del año pasado o por la que muy posiblemente sufra el próximo 23 de noviembre. Tampoco por la colosal incapacidad para convertir los proyectos en obras, las ideas en realidades o las amenazas contra los corruptos en castigo ejemplar.

Esos meros ejemplos resultan, apenas, algunas de las consecuencias del gran fracaso de una revolución que nunca lo ha sido. Las revoluciones, de entrada, implican la existencia de una vanguardia pretendidamente esclarecida, que gracias a un intenso y a veces prolongado trabajo político derriba las estructuras de poder (por medio de la violencia) con un decidido y mayoritario respaldo popular.

Se trata de lo que Gramsci llamó una gran fuerza social, un bloque histórico que construya una hegemonía de clase e imponga la dictadura del proletariado (que históricamente han terminado siendo la de un caudillo o la de una nomenklatura).

Si bien el origen político de Chávez se remonta a un hecho violento (un golpe de estado frustrado) que, por otra parte, estaba totalmente aislado de las masas, su llegada al poder se produjo a través de las normas democráticas.

Así, lo que luego del golpe sería una degollina ( en términos figurados, aunque no tanto) se convirtió en un calvario que cada día se aproxima más a su final, con un Chávez cargando sobre sus hombros la cruz de la democracia. Con ese peso insoportable trató de ir creando una conciencia, llamado al principio bolivariano y luego, cuando creyó llegado el momento, socialista que, incluía el necesario asunto del poder ilimitado e indefinido, es decir la dictadura del proletariado, que es la mía. Una quimera porque se estaba instando a la gente para que votara a favor de su propia opresión y de la pérdida de sus libertades.

Eso no fue posible porque las revoluciones (violentas por naturaleza) nunca son democráticas, así estén luchando contra una dictadura, que simplemente los revolucionarios se proponen sustituir por otra. Pero como aquí no hubo la violencia necesaria, ni la existencia de una vanguardia, ni un pueblo movilizado, todo se convirtió en una farsa clientelar donde la conciencia social tuvo como sucedáneo a la sujeción populista.

En Venezuela nunca hubo una clase obrera mayoritariamente inclinada hacia la idea de la revolución porque la incidencia política de quienes la pregonaban era muy limitada y la mayor parte de la dirigencia sindical la rechazaba. Así fue como en un país más de desocupados, vale decir, de buhoneros, que de obreros, con la botija bien llena y donde la pretendida vanguardia esclarecida se convirtió en una banda desalmada que se dedicó al saqueo del tesoro nacional, antes que a construir el socialismo, el fracaso estaba cantado y la farsa develada.

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