26 octubre 2008

¿Dónde están los reales?

Hace unos veinte años, se puso de moda decir que Venezuela había recibido en un quinquenio, el equivalente a lo que, con el llamado Plan Marshall, recibió Europa en la posguerra para reconstruir su economía. Pero mientras al Viejo Continente eso le bastó para ponerse de pie y de tal manera que hoy ha llegado a latirle en la cueva (en las buenas y en las malas, hay que decirlo) al imperio que le dio ese envión económico, en Venezuela aquello se había esfumado: Preguntar "¿dónde están los reales?" era entonces algo más que un simple slogan electoral. Por fortuna (para quienes, lo estamos viendo ahora) en 1998 llegó al poder un militar que con la escoba en la mano, juraba que acabaría con lo que él mismo llamaba "corruptocracia". En los diez años que lleva instalado allí, al país le han entrado unos ochocientos mil millones de dólares petroleros.

Se dice pronto Lo cual se dice pronto, pero es mucho, muchísimo más que todo cuanto haya recibido Venezuela por el mismo concepto desde que, en 1914, el estallido del pozo Zumaque Uno hizo entrar, al país y al general Gómez, en la era del petróleo y del latrocinio multimillonario. Se dice pronto aquello, pero ¿cuántos planes Marshall han venido así a engrosar los ahítos bolsillos de los nuevos ladrones?

Se tenía el hábito, por lo menos en los tres cuartos de siglo posteriores a la muerte del Benemérito, de emplear su nombre como sinónimo de deshonestidad, de corrupción, de ladronería. Hoy, no habrá que esperar tanto para saber qué nombre sustituirá a aquel cuando se hable de deshonestidad, de corrupción, de ladronería.

Pero hay una diferencia entre ambas delincuencias, una diferencia que proviene más que de las respectivas voluntades, de las circunstancias históricas en que ambos han vivido y gobernado. Porque el Benemérito se podía dar el lujo de encerrar a su país, de convertir a Venezuela en una isla donde no llegaba o casi, ninguna noticia del exterior.

Ni alusiones ni comparaciones Sobre todo si ella contenía no la más tenue alusión crítica al Gobierno, sino alguna que pudiese dar pie a comparaciones. En un país así, ni en la más estricta intimidad de la familia, había quien se atreviese a preguntar dónde estaban los reales.

Hoy en cambio, sí sabemos todos donde están los reales. Por supuesto, no porque aquí en Venezuela haya ningún órgano del Estado con función contralora, capaz no ya de castigar, denunciar o ni siquiera ver una corrupción como jamás había conocido Venezuela, sino porque el general Gómez tenía acaso poder para tapar el sol con un dedo. Pero hoy, gracias a los medios de comunicación masiva internacionales, o el sol es demasiado grande, o el dedo demasiado pequeño, y así, a la pregunta "¿Dónde están los reales?" se está respondiendo a plena voz en una corte Federal en Miami: han ido a parar a los bolsillos de la oligarquía militar venezolana y sus cómplices civiles, a esa simbiosis que hoy se conoce en Venezuela como "boligarquía", o "boliburguesía". ¡Válgame Dios, adonde fue a parar el nombre del Libertador!

Un truco demasiado viejo Decíamos que acaso el general Gómez tenía poder suficiente para tapar el sol con un dedo. Esto no quiere decir que no lo haya intentado también la mafia militar que hoy manda en Miraflores. Primitivos como son de palabra y de acción, no se les ha ocurrido otra cosa que el más antiguo, y no siempre exitoso de los trucos guerreros: la distracción. Lo que ellos mismos han llamado, acusando a otros de su propios delito, "un pote de humo".

Esa bomba fétida tiene dos ingredientes que se emulsionan en uno solo. Se trata por una parte de la lloriconería sobre un "magnicidio", y por la otra, la superabundancia y el sobretono del lenguaje presidencial para referirse a quienes lo adversan. La idea es cubrir una fetidez con otra, ya que si se ponen a gritar "¡Yo no fui!" como un chiquillo aventado, no harían más que señalarse ellos mismos con mayor certidumbre que si se quedan callados. Pero esta marramuncia gritona de ahora tampoco les está dando resultados.

Nació embustero En primer lugar porque lo del magnicidio no se lo quiere creer ni doña Elena allá en Barinas (ella menos que nadie por saber de sobra que el innombrado nació embustero). Lo segundo, porque después de aquella vergonzosa confesión de parte sobre la imprevisible compulsividad de su tripa pantagruélica, a todos nos da por pensar que ella está tan desajustada que confunde el sur con el norte, el este con el oeste, la entrada con la salida.

Pero eso es adjetivo, relativamente secundario. Lo sustantivo es que el volumen de lo robado es de tal magnitud, que ni el más fétido regüeldo del Primer Insultador de la República alcanza para cubrir el vocerío revientacristales de los Niños Cantores de Miami.

Porque ninguna palabra, ningún término, ninguna fórmula, de todos las que con mucha razón se puedan aplicar a la mafia gobernante y sobre todo a su Supremo Conductor es tan elocuente, tan definidor, tan definitivo como el que está emergiendo de los pantanos de Florida.

No es que sean ineptos (aunque también); no es que sean ineficientes (aunque también); no es que sean intelectualmente minusválidos (aunque también); no es que sean unos vagos (aunque también); no es que sean ¡en fin!... A medida que se les acaba el tiempo, va emergiendo en la percepción popular y en la realidad fáctica la palabra definitoria con la que entrarán en la historia el Héroe del Museo Militar y sus compinches: ¡Ladrones!

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