21 noviembre 2008

Por qué Chávez debe perder

Pese a que las leyes que rigen la actividad política a veces resultan caprichosas, en general los resultados electorales suelen compadecerse con el sentido común y la racionalidad.

Hace cuatro años existía una matriz de opinión inclinada rotundamente hacia a los candidatos chavistas paras las elecciones de alcaldes y gobernadores. Salíamos de los duros años del paro, del 11 de abril y del triunfo de Chávez en el referéndum revocatorio. En ese escenario bastaba con que el presidente le levantara la mano a un espantapájaros para que éste se convirtiera en líder triunfante de la revolución.

Con las misiones en pleno apogeo, unas arcas que empezaban a nutrirse de petrodólares y un gobierno relegitimado ante una oposición acusada de golpista, injustamente en la mayoría de los casos, resultaba obvio la consolidación de un proyecto y un liderazgo que venía ahora a ocupar y copar el poder regional.

Cuatro años después la situación es muy otra, la tortilla se volteó y la mayor parte de los indicadores proyectan un cambio sustancial en la actitud de los votantes. Primero, el gobierno, que es Chávez, viene de una dolorosa derrota que lo dejó huérfano de su proyecto y le quitó, in extremis, el premio mayor del poder ilimitado e indefinido. Luego, el bloque monolítico de aquel chavismo del 2004, presenta ahora dos o tres boquetes por donde se está produciendo una fuga de adhesiones de la cual insurge una nueva tendencia política disidente del chavismo. Tercero, ya el portaviones perdió buena parte de su efectividad y los espantapájaros siguen siéndolo, así Chávez les alce la mano una y cien veces. Cuarto, el fracaso de Chávez, que es el de sus gobernadores y alcaldes, golpea duro a quienes votaron por él y a quienes no lo hicieron. La magia se difumina, la conexión mística está fracturada y si buena parte del electorado chavista, perdida la ilusión, no votará por la oposición o la disidencia, tampoco lo hará por el chavismo oficial.

Falta ver qué pasa en la otra orilla. Si ese vacío, generado por las carencias y verrugas del chavismo, puede ir más allá de la desilusión y convertirse en una postura afirmativa que trascienda la coyuntura y se asuma como opción concreta en la obra de los nuevos gobernantes.

En todo caso, la tendencia hacia el cambio resulta tan clara como lo era hace cuatro años por el chavismo. Pese al ventajismo descarado, el uso indiscriminado de los recursos del gobierno, la intervención desaforada de Chávez, la manipulación emocional, y el intento polarizante, la matriz de opinión luce, en general, inconmovible. El sentido común parece imponerse una vez más.

Lo grave, para Chávez, es que la derrota, si ocurre, no será la de sus candidatos sino la de él y con ella la cancelación defintiva de su obsesión por el poder.


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