17 diciembre 2008

Se busca psiquiatra

Las categorías de análisis político sujetas a la revisión de las normas y al comportamiento de los actores según determinadas reglas de juego previamente establecidas, pierden toda su validez cuando la suerte de un país se decide en la mente de un hombre y no en el texto de las leyes o en las prácticas institucionales.

Por eso en Venezuela los análisis que se formulan atendiendo a la lógica democrática y de acuerdo con el sentido común, muchas veces llegan a conclusiones totalmente erradas, de las cuales se desprendieron, por ejemplo, las antiguas derrotas de la oposición.

En otras palabras, aquí lo que se necesita es una junta médica conformada mayormente por siquiatras, neurólogos y quizás uno que otro historiador, para desentrañar los arcanos del poder, ocultos en la mente de un hombre cuyo obsesión se debate entre el ingenio capaz de tejer las más elaboradas trapisondas y una pérdida del sentido de la realidad que a veces logra vencer lo predecible.

Es así como consciente de que su lucha es contra el tiempo (mientras más se demore la celebración de las votaciones son mayores las posibilidades de que la crisis económica termine hundiéndolo en la impopularidad) acelera el proceso. El problema es que, según casi todos los sondeos, la diferencia entre quienes atienden su llamado a la enmienda y quienes lo rechazan se ubica entre un 20y un 30%n. Y dos meses, el lapso que él mismo se fijó para acudir a las urnas, resulta demasiado corto para invertir los términos, como ya lo hizo en el 2004.

En esa oportunidad, con la pequeña ayuda de Fidel Castro inventó las misiones y gracias al boom petrolero que le llegó el momento preciso, puso en práctica la más extensiva e intensiva campaña populista jamás vista en el país. En paralelo, también con otra ayudadita, en este caso de Francisco Carrasquero (presidente del CNE y ahora magistrado del TSJ) y de Jorge Rodríguez ( Vicepresidente del CNE y ahora alcalde del Municipio Libertador) pudo atrasar el referéndum por un año, tiempo suficiente para voltear la tortilla, como efectivamente lo hizo.

En esta oportunidad ocurre lo contrario, debe comprimir el tiempo y la buena suerte parece abandonarlo. Atrapado en su propia red, con la botija inagotable ahora medio vacía y agotados los argumentos (forzosamente muy pobres a la hora de justificar lo injustificable) para convencer, no ya a los electores de oposición, sino a los suyos de que voten para convertirlo en dictador, es cuando más peligroso se pone y resurgen, en esa mente acalorada, los más retorcidos delirios creativos.

La pregunta sería entonces: ¿qué puede hacer en esas circunstancias?, ¿cuál será el nuevo invento para desafiar la lógica y adaptar la realidad a sus muy personales deseos? Pues no me lo pregunten a mí, busquen a su psiquiatra de confianza.

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