31 enero 2009

El precio del servilismo

Emanan reacciones de la corte imperial. Algunas son más destempladas que otras. Generalmente son en tono cínico, altanero. Y todas, en esencia, apuntan a lo mismo: descalificar los cuestionamientos legítimos a las intenciones y acciones del caudillo y su corte de adulantes. Así también a desacreditar a quienes osan discrepar de sus designios soberanos.

En suma, son quejidos furibundos y lamentos plañideros del funcionariado por los señalamientos (justificados) de la sociedad civil sobre su desempeño y sus actitudes impropias, indebidas, inmoderadas, innobles y hasta inhumanas perpetradas contra actores de esa misma colectividad, pacífica y democrática. Son gemidos emanados tanto desde las alturas de la monarquía tropical como emitidos por el ejército de lisonjeros que, sin escrúpulo alguno, pretende, con amenazas y vituperios, justificar lo injustificable cuando se trata de "razonar" su parcialidad, extralimitaciones, transgresiones, omisiones, etc., en función de cohonestar el obsceno ventajismo oficialista que, amparado en esa connivencia-cooperación "institucional", está destinado a "pulverizar" todo vestigio de resistencia-rechazo ciudadano a los caprichos de Su Serenísima Majestad.

No sólo el servilismo pasa factura. También el atropello tiene su tarifa. Se procesa como una nota débito contra el decoro, prestigio y la integridad que, aún sin ejercerla, reivindican los incondicionales. Y quien hace efectiva esa deuda pública, con todo derecho moral y humano, por distintos medios y con diferentes matices, es esa misma ciudadanía víctima desvalida y sistemática de la insolencia, acoso, ensañamiento, ilegalidades, tropelías, abusos, agravios, transgresiones, usurpaciones, perjuicios, padecimientos y muchas más iniquidades ejecutadas por quienes, al servicio militante del mitómano y a cambio de reconocimientos, posiciones, lucro y corruptelas son capaces, sin la menor aprensión, de degradar sus atribuciones, jerarquía y de abdicar, incluso, a la autonomía de las instituciones que representan.

Por todo lo anterior, es decir, por cuanto la sociedad democrática considera a esos funcionarios serviles incursos en tropelías, despotismo, abuso de poder e iniquidades, es que no encuentran eco los recientes arrebatos de "indignación" proferidos por algunos de ellos, vistos también como sectarios, intemperantes y vulneradores de los más preciados derechos y libertades ciudadanas. Todo lo contrario, el sentimiento generalizado del soberano respecto a ese batallón de "ejecuta órdenes" es de indignación, repudio y condena por tanta extralimitación, impunidad, ventajismo, intimidación y violencia. Por su fascismo desbordado. Por el terrorismo de Estado ejercido sin escrúpulo ni límites para sojuzgar al pueblo. Para tratar de imponer un hegemonía personalista indefinida. Pero el pueblo digno se mantiene firme.


Miguel Sanmartín
El Universal
msanmartín@eluniversal.com
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