25 febrero 2009

Concertación a la chilena

El 5 de octubre de 1988 la Concertación de Partidos por el NO logró lo que parecía imposible: ganarle un plebiscito a Augusto Pinochet (55.9% contra 44.01%) quien esperaba quedarse en el poder al menos hasta 1997. Luego de 17 años de férrea dictadura una coalición de partidos que reunía toda la gama del pensamiento político, desde los socialistas hasta los demócrata-cristianos, pasando por los socialdemócratas, aseguraba un paso decisivo hacia el restablecimiento de la democracia, con las elecciones que el régimen se vio obligado a convocar para diciembre de 1989.

En esa fecha fue electo el primer presidente de la Concertación, el demócrata-cristiano Patricio Aylwin y desde entonces el acuerdo se ha mantenido, a pesar de algunos tropiezos durante los últimos años, en una experiencia que ha permitido ir dejando atrás la dictadura, (quizás más lentamente de los deseable), concretar la transición hacia la democracia, consolidar el sistema sobre una amplia base social y política e imprimirle aliento social al modelo económico liberal heredado de Pinochet.

Todos estos logros fueron posibles porque dirigentes y partidos entendieron la necesidad de deponer sus diferencias en aras del gran objetivo, cual era la refundación de la democracia. A partir de allí los mecanismos de concertación se encaminaron hacia un grado mayor de participación, de manera que si en un principio el candidato presidencial surgía de esforzados procesos de negociaciones entre los dirigentes de los partidos, con el tiempo se perfeccionó un modelo que deja la decisión en manos de las bases y no sólo de las partidistas. Es decir, unas primarias abiertas, (en el último proceso no fueron necesarias porque la candidata demócrata-cristiana declinó a favor de Bachelet) en las cuales puede participar todo aquel inscrito en el padrón electoral.

La experiencia ha sido tan exitosa desde el punto de vista electoral, que hasta ahora todos los candidatos de la Concertación han triunfado. Y eso es así no sólo por la disciplina unitaria y el método democrático, sino por un modelo que ha estimulado el crecimiento de la economía y unas políticas sociales capaces de reducir la pobreza desde un 40% en 1990 a un 14% en el 2006.

Desde hace tres años la oposición venezolana ha ido ganando espacios a expensas de un chavismo que antes arropaba el espectro político. Sólo que parece haber llegado la hora, como le llegó a los chilenos, de concretar esos acuerdos, imprimirle contenido afirmativo a lo que hasta ahora ha sido un sentimiento de rechazo y convertir un movimiento, más o menos articulado, en real alternativa de poder, con una plataforma programática, un candidato-líder de arrastre popular y la capacidad de devolverle la ilusión a una mayoría que permanece embaucada por ese vendedor de pomadas vencidas llamado Chávez.

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