16 junio 2009

El venezolano y los siete pecados capitales

Hace 43 años Fernando Díaz-Plaja publicó, El español y los siete pecados capitales. Un libro agudo por la originalidad con la que el autor plantó su crítica a los modos de la madre patria. Y lo hizo recurriendo a sus pecados, mismos que se repiten al calco en nuestra patria chica, amén de los tiempos y las distancias.

Parafraseando a Díaz-Plaja, este ensayo ha requerido una vía física, no moral. Describir nuestros defectos, no me libera de ellos. Identificar nuestros vicios ha exigido despojarme de un "octavo pecado": la vanidad. No soy un juez que contempla a lo lejos. Soy un testigo, un cómplice de lo que es y poco nos interesa ver: la culpa y el pecado del venezolano.

Primero la soberbia o el afán desordenado de ser preferido a otros. Es querer tener siempre la razón. Es hablar mal y poco dialogar. Es tener por enemigo a quien piensa de forma distinta. Es creernos siempre con derecho a todo y sin deber a nada. Díaz-Paz decía: "Hay una especie de imposibilidad de ponernos en el lugar del otro y tratar de comprender sus razones, posiblemente porque no tenemos claras las nuestras (&). Y llamar a alguien soberbio ni es ofensivo, porque reafirma su idea de superioridad"... Contra la soberbia, humildad.

La avaricia o desenfrenado interés de riqueza, se ha potenciado generacionalmente. Tener dinero y atesorar como venga, va de la mano de la corrupción y del ideal utilitario. No es que ser rico sea malo. Es que no serlo es ¡imperdonable! "Contra la avaricia, largueza" -bate el autor- esplendidez y recato.

La lujuria o desbordamiento de la sexualidad sin responsabilidad, es un tema sin distingo entre hombres y mujeres. Es la satisfacción instantánea de nuestros instintos. La virtud de la castidad -como compromiso de fidelidad- palidece sin reparo a la luz de las notas "gloriosas" del conde del guácharo. Contra la lujuria, la familia&

La envidia "como tristeza del bien ajeno" es uno de nuestros grandes defectos. Cuestionamos, sufrimos y castigamos el éxito del prójimo. Sembrar la duda sobre el que triunfa, es típico. ¡Que me envidien pero que no me tengan lástima!, dicen... Triste realidad del desprecio que nos rebosa, contra lo cual el único remedio: el afecto.

La ira está presente en la descalificación y el insulto soez. Para los que no piensan como yo -me adversan o me discuten-: violencia. Contra la ira: tolerancia. ¿Quién educa a la gente para ser tolerante? Finalmente: La gula y la pereza. Licencias de la miseria. Es la jactancia que refleja nuestras carencias. Es la viveza que enaltece la dejadez, donde el respeto y la dignidad, mueren por la voracidad& Siete pecados que aletargan el encargo de una sociedad de salir de su propia perdición. Por cierto: ¿Se siente usted pecador?

Orlando Viera-Blanco

El Universal

vierablanco@cantv.net

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