26 agosto 2009

Los escenarios de Chávez

Ahora comienza lo bueno y la escasez de divisas, con las cuales mantenía en el punto de satisfacción mínimo los reclamos populares, lo obliga a apretar el acelerador para suplir con radicalismo, demagogia y nacionalismo, lo que la gente ha perdido en capacidad de consumo y poder adquisitivo. La ofensiva legislativa, la represión contra la protesta popular, el desafío a Colombia, así como las parodias de batallas decimonónicas, al mando de montoneras de opereta a caballo, en revival de gestas presuntamente libertarias, se incorporan a un discurso clasista que pretende llenar el vacío dejado por la bonanza petrolera.

Si la gente come cada día menos, si los consultorios de Barrio Adentro funcionan mal o no funcionan, si los planes para la recuperación y rescate de los hospitales terminaron en fracaso, si el déficit habitacional no deja de aumentar, si los sindicatos chavistas están en plan de rebeldía y los índices de apoyo al presidente han bajado a mínimos que ponen en peligro los planes hegemónicos, no queda sino reprimir a los manifestante contra la Ley de Educación; amenazar a los propietarios de "tierras ociosas" con quitárselas para construir viviendas de interés social; "democratizar" el espectro radioeléctrico para entregárselo al pueblo, es decir, a los amigos del régimen; crear un conflicto artificial contra Colombia y EEUU porque hemos decidido "ser libres"; elaborar una ley electoral que le permita ganar elecciones, siendo minoría y así, en una situación semejante a la previa del 11A, elaborar un escenario conflictivo del cual pueda salir triunfante, bien sea la por vía de la violencia, bien sea por la electoral.

Chávez busca el enfrentamiento porque sabe que allí tiene casi todas las de ganar. En el 2002 no contaba con Pdvsa, tampoco dominaba a las Fuerzas Armadas, la Policía Metropolitana estaba en manos de la oposición, aún se encontraban en fase incipiente sus grupos paramilitares y la oposición se presentaba mejor organizada y más unida. De manera que cualquier acción violenta, más allá de consideraciones éticas, resultaría un total disparate que le daría argumentos, como en el 2002, para acusar a la oposición de golpista y erigirse en adalid de la democracia.

Lo bueno es que la gente permanece allí y esa señal quedó clara el pasado sábado, cuando la manifestación de la oposición superó en presencia y en estado de ánimo, a una tan pobre demostración oficial que el Presidente se negó a participar en ella. De nada serviría una dirección política unida y organizada sin apoyo popular, pero tampoco se puede lograr triunfos políticos y electorales, en condiciones tan adversas, si la dirigencia no depone diferencias, deja de lado intereses mezquinos y convierte esa gran masa en un colectivo organizado y seguro de que cuando le dicen que van a llegar a un punto es porque van a llegar.

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