27 agosto 2010

¡Nos están matando a todos!

Todos sabemos, aunque no lo aceptemos, que aquí estamos cercados por la persecución, el atropello, la muerte. Y en el contexto del asesinato diario, registros como los de Fuerte Tiuna, o cualquier cárcel, barrio, calle o casa, no marcan diferencia alguna.

Se nos acostumbró a convivir y sobrevivir a la muerte. Una perversa manera de aniquilar, someter, matar a toda una sociedad.

En este cuadro hay que situarse para examinar la tragedia a que ha sido sometido Franklin Brito, quien en medio de tanto asedio nos acusa a todos con una condición humana que se expresa en firmeza en sus convicciones, decisión, capacidad de lucha, desprendimiento, valentía y perseverancia.

No es cuestión de debatir sobre el despojo de que fue objeto. A esta hora el registro de su pelea no se puede medir en metros de tierra expropiados.

Lo que estamos obligados a aprehender es la firmeza y profundidad de una protesta. Algo que nos falta a muchos en quienes el cálculo, acomodo y la ausencia de todo compromiso nos convierte en simples observadores o fichas utilizadas por otros para ponerlas a cumplir el papel que les conviene.

Brito no ha podido ser doblegado por la mediatización ni aplicación de la fuerza de un régimen que ha entendido que carece de las armas que, en el terreno de la ética, puedan hacer frente a la solvente posición de este hombre dispuesto al sacrificio por lo que cree.

El régimen sabe que no ha podido ni podrá doblegar esta muralla. Pero del otro lado, quienes no comulgamos con las acciones de persecución y destrucción que aquí se acometen, sentimos también que Brito es invencible, no en cuanto a capacidad física que puede ser exterminada por el asesinato de turno, sino en su carácter de mensajero de un tiempo de justicia, democracia y libertad.

Franklin se está jugando la vida. Las fuerzas políticas y sociales opuestas al régimen lo hemos abandonado a su suerte. En un comienzo llamó la atención que una persona se atreviera a desafiar públicamente a la revolución venecubana.

Para los medios de comunicación fue noticia porque constituía un factor de denuncia y confrontación, ubicada a la puerta de la sede de la OEA. Un hombre y una familia denunciando las arbitrariedades de un régimen autoritario y totalitario.

Hace más de 8 meses meses secuestraron a Franklin en el Hospital Militar. Y con ello sólo han logrado que extreme su protesta. La esposa y la hija piden una firma para una carta al golpista-presidente solicitando se pronuncie sobre el caso.

Además de dejar solo a Franklin ni siquiera firmamos la carta pidiéndole al GP que le devuelva sus propiedades. Cierto, muchos no firmaron porque les da arrechera pedirle favores a Tribilín, otros porque es una manera de reconocerlo y los más porque tienen la certeza de que a este régimen no le importa la muerte de este ejemplo.

La cúpula venecubana tiene la convicción de que ni siquiera un evento de esa magnitud conmoverá las fuerzas políticas y sociales supuestamente enfrentadas al régimen.

Y si bien esa actitud no define esta sociedad, el régimen ha logrado que cada día se desdibujen más las fronteras entre lo individual y lo colectivo.

Y cualquiera sea la causa de sus reclamos, el gesto individual y solitario de FB, representa a cada uno de quienes han sido heridos, expropiados, sojuzgados, sometidos, masacrados o domesticados en este ex país.

En un espacio que no oye ni reconoce otro grito que el del GP y de quienes avalan esta destrucción, el silencio avasallante de FB cobra fuerza de altos decibeles. Su deterioro físico es nuestro propio deterioro.

Y si llegase a ocurrir una mayor muerte a la que ya ha sido sometido, mucho de lo nuestro seguirá muriendo con él, dejándonos aún más débiles e indefensos.

El poco de país que nos queda se sintetiza hoy en una militarada cada vez más totalitaria y en un colectivo diluido en sus penurias, sufrimientos y carencias.

Y en la medida en que la persecución y la agresión crecen, aumenta consistentemente la acusación de Franklin que a todos nos dice que estamos emparentados e identificados con el crimen.

Quede claro entonces, que en el contexto de esta revolución venecubano-bolivariana está ya instalada la acusación de quien califica a los actores oficialistas de masacradores y a quienes nos oponemos a ellos de cómplices y colaboradores silentes.

Duros, trágicos, inhumanos estos tiempos de asesinos y negadores de toda trascendencia.


Agustín Blanco Muñoz
El Universal
abm333@gmail.com
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