04 junio 2007

Carta abierta a Gustavo Dudamel

Señor Dudamel,

Es lamentable tener que dirigirle estas líneas a través de una carta abierta que no sé si llegará a leer. Usted no me conoce y yo no lo he tratado personalmente. Formo parte de esa legión de anónimos amantes de la música que muchas veces le han aplaudido en sus conciertos. Le confieso que nunca he sido un admirador incondicional. Tal vez formo parte de ese grupo de melómanos excesivamente quisquillosos que a veces tienen una idea particular de cómo debe interpretarse una determinada sinfonía, concierto u ópera, idea que no siempre coincide con la visión del director. Fenómeno inevitable y hasta afortunado, pues hay muchas formas de hacer y de concebir la música y el arte, y eso lo podemos ver incluso como una valiosa manifestación de libertad. Pero siempre, aún en esos días en los que estoy en franco desacuerdo con su forma de interpretar una obra, he considerado que usted es un talento musical de primer orden.

Por eso no puedo dejar de manifestarle que sentí una profunda decepción cuando supe que dirigiría nuestro Himno Nacional en las celebraciones de la apertura del canal de televisión TVES, las cuales, cómo negarlo, también sirven para festejar la salida del aire de RCTV, acontecimiento que muchos en este país consideramos un triste momento en la historia de nuestras libertades ciudadanas. Para hacerle el cuento corto, muchos venezolanos –incluyendo a quien esto escribe, por no hablar de numerosos organismos internacionales- , consideramos que estamos ante una situación que lesiona gravemente la libertad de expresión.

En consecuencia, usted ha sido partícipe de estas celebraciones, aunque sea a través de lo que presupongo fue un video que consintió en grabar. Lo cual me hace pensar una vez más en un tema que siempre me ha resultado incómodo, porque no tengo una respuesta absoluta sobre el mismo. Que no es otro que preguntarnos sobre la responsabilidad del artista por su colaboración con gobiernos y regímenes de conducta dudosa, y las incidencias que esa colaboración puede revestir en su quehacer artístico.

Hay quienes sostienen que a los genios del arte no se les exige responsabilidad. Si nos circunscribimos solamente al mundo de la música, que es al que usted pertenece, hay muchos casos de artistas de gran talento con reputaciones morales y políticas no precisamente intachables. Para hablar sólo del convulsionado siglo XX, me vienen a la mente figuras legendarias como las de Richard Strauss, Karl Bohm, Herbert von Karajan, la recientemente fallecida Elisabeth Schwarzkopf e incluso mi admiradísimo Wilhelm Furtwangler -para muchos el intérprete beethoveniano por antonomasia- quienes de una u otra manera han sido criticados por sus posturas, que oscilaron entre ser abiertamente colaboracionistas a no ser lo suficientemente enérgicas frente al régimen de la Alemania nacional-socialista .

El caso de Furtwangler es emblemático, porque logró salir relativamente ileso de un proceso de "desnazificación" en el que alegó que había permanecido haciendo música en Alemania en aras de un ideal. Según él, aún en las horas más negras de la historia germana, las obras de los grandes maestros eran una luz para el pueblo alemán. Explicación que no ha convencido a todos –Thomas Mann fue un gran crítico de esta posición- y que todavía arroja algo de sombra sobre la estatura de un intérprete por demás genial. En todo caso, sí parece claro que Furtwangler ayudó a músicos judíos en momentos difíciles y eso lo ayudó a lavar su nombre, aunque de tiempo en tiempo reaparecen las críticas y las acusaciones de que dirigió la Novena de Beethoven en un cumpleaños de Hitler.

Por supuesto, huelga decir que creo que usted todavía está lejos de estos grandes nombres del arte musical, pero supongo que me va entendiendo a dónde quiero llegar con todo esto. ¿Se limita el arte de la dirección orquestal, de la interpretació n musical, a mover la batuta para hacer sonar bella o enérgicamente las notas que están en una partitura, ya sea la Cuarta de Brahms, la Quinta de Beethoven, la Patética de Tchaikovsky o la Quinta de Mahler?. ¿O debe haber detrás de todo esto una sustancia, un compromiso ético con la libertad y los valores más elevados del ser humano?.

Le confieso que no tengo una respuesta precisa a estas preguntas, pero posiblemente me decanto por contestar afirmativamente a la segunda interrogante, para entender que la música no es una mera experiencia estética, sino un arte cargado de valores, que debe tener una trascendencia en la sociedad. Y lo que sí le puedo decir con seguridad es que de ahora en adelante me va a costar más que antes aceptarle sus interpretaciones beethovenianas, porque ¿cómo puedo creer yo en su capacidad de plasmar la visión sobre la libertad del genio de Bonn si usted ha consentido en ser parte de un evento que para quien esto escribe es una negación de esa libertad?.

Realmente desconozco los detalles de su participación en este video que fue transmitido como telón de apertura de este nuevo –y muy discutido- canal de televisión. De alguna manera preferiría que usted me respondiera: es que yo soy un convencido de la revolución bolivariana del Presidente Hugo Rafael Chávez Frías. Si no es así, se abre un enorme abanico de posibilidades, entre las cuales puede estar el miedo a perder el financiamiento gubernamental destinado a sostener el sistema de orquestas infantiles y juveniles, que tanto trabajo ha costado levantar. ¿Qué se yo?. El miedo es libre. A lo largo de la historia, muchos artistas han tenido que bajar la cabeza por temor. Shostakovich tuvo que poner su talento a la orden del régimen soviético, y sufrió mucho por ello.

Pero al mismo tiempo, siempre recuerdo a figuras como la del mítico Arturo Toscanini, la del director vienés Erich Kleiber o el violonchelista Pau Casals, quienes fueron y son un ejemplo de dignidad, al haberse negado sistemáticamente a tocar para regímenes de corte totalitario. Porque así como hay gente que quizás comprensiblemente cede ante el temor o ante la presión, han existido, existen y existirán siempre los que saben decir "¡no!", aún con todas las consecuencias que eso pueda tener.

Le insisto: desconozco cuáles fueron los detalles de su participación en este acto, pero su imagen en ese video, empuñando la batuta para dirigir nuestro Himno Nacional con un ímpetu que podríamos llamar casi excesivo, definitivamente está muy lejos de la enorme dignidad exhibida por los trabajadores de RCTV, cuando segundos antes de que la señal del canal fuera sacada del aire, gritaron orgullosos: "¡Seguimos de pie!".

Como venezolano y como amante de la música, me resulta penoso tener que escribir esto. Ojalá que llegue un tiempo en el que podamos reconciliarnos como pueblo. Ojalá que algún día todos los venezolanos podamos verle dirigir el Himno Nacional y sentir, sin ambages, que el Himno nos pertenece a todos, como debe ser. Ojalá que algún día pueda volverle a oír la Sinfonía Eroica de Beethoven y logre creerle su interpretación. Mientras tanto, seguiré esperando y luchando en la medida de mis posibilidades para que vengan tiempos mejores.

Atentamente,

Antonio Planchart Mendoza
C.I. 12.959.205


Carta Aclaratoria enviada por el Sr Antonio Planchart:

Estimado señor Eliodoro,

He visto que en un blog que usted mantiene está publicada mi carta abierta a Gustavo Dudamel, con lo cual no tengo ninguna objeción porque es una carta pública. Lo único que quisiera, visto que se han generado confusiones y lecturas de diversa índole en cuanto al contenido de esa carta (lo cual es inevitable), me gustaría que publicara una segunda carta (aclaratoria) que he hecho circular desde hace algunos días y que quizás sirva para poner las cosas en su sitio.

En momento alguno pretendo generar un mensaje de odio contra Dudamel. El tema está en reflexionar (ni siquiera tengo una respuesta sobre el particular) sobre el compromiso del artista con la libertad, tema a la luz del cual la participación -consentida, no consentida- de Dudamel (un director a quien respeto muchísimo) aparece con implicaciones complejas.

Reciba un cordial saludo,

Antonio Planchart


TEXTO DE LA CARTA ACLARATORIA:

Esta semana escribí e hice circular una carta abierta al director de orquesta Gustavo Dudamel, en la que planteaba algunas interrogantes sobre el papel que juegan los artistas frente a la sociedad, en circunstancias en las que las libertades civiles están comprometidas, todo ello a raíz de la coyuntura que representa la salida del aire de RCTV y la apertura del canal TVES. Mis palabras (por demás modestas, pues no soy más que un ciudadano y un amante de la música), han perseguido la simple apertura de un espacio para la reflexión en torno a un tema sumamente complejo: la responsabilidad ciudadana del artista, asunto frente al cual, como sugería a partir del examen de una variedad de ejemplos en mi carta original, no existen respuestas absolutas.

Con esta segunda comunicación no persigo aclarar lo que, responsablemente y como resultado de mis más hondas convicciones, le escribí a Gustavo Dudamel. Las aclaratorias no suelen ser buenas y creo que expresé muy claramente no sólo mi sentir, sino cuál era el propósito de mis planteamientos. Sin embargo, teniendo en cuenta que cuando hacemos públicas nuestras ideas a veces éstas son empleadas o interpretadas en términos radicalmente diferentes a lo que nos proponíamos en un inicio, me siento comprometido a decir algo más, pues así como me vi impulsado a escribirle a Gustavo Dudamel, también me siento con la obligación de criticar una situación que se ha originado sobrevenidamente a raíz de lo que plasmé en esa carta abierta.

He tenido noticia –por demás lamentable- que dicha carta está siendo utilizada para desacreditar al Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles y para desmoralizar a sus integrantes, quienes, como se sabe, son en su mayoría niños y jóvenes de escasos recursos, cuya incorporación al sistema no sólo los forma como músicos, sino que les abre nuevos horizontes de vida, al apartarlos de una inimaginable gama de peligros que los rodean en las calles. Esta utilización negativa de lo que yo escribí me parece muy desafortunada, porque no tengo ninguna duda de que dicho sistema es uno de los proyectos más importantes –¡cuidado si no el más importante!- que se ha desarrollado en la Venezuela de los últimos años, y esos niños y jóvenes cuentan con mi admiración y aplauso incondicional.

Así como en mi carta inicial ofrecí ejemplos de grandes figuras musicales que ilustraban las ideas que deseaba transmitir, ahora les cuento una anécdota personal. Hace algunos meses quería asistir a un concierto de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar y las entradas estaban agotadas. Sin muchas expectativas me fui solo hasta el Aula Magna, con un cartelito que decía: "busco una entrada". Pasó un rato y una niña se me acercó diciéndome que a su familia le sobraba una. Gracias a esa niña conseguí entrar. Me dirigí a mi asiento, en el balcón del auditorio, y minutos después llegó la niña acompañada de su familia. Comencé a conversar con una de las señoras que venían con ella y me comentó que eran parientes de una integrante de la orquesta. De hecho, todos los que estaban en esa zona del teatro eran integrantes del sistema o familiares. Personas provenientes de zonas humildes de Caracas. Y les puedo decir que la conversación que sostuve con esta señora, quien hablaba con propiedad y precisión de distintas obras musicales, y el interés que pude apreciar en las caras de los niños, emocionados por la música que escuchaban, me hizo pensar que estamos ante un proyecto valiosísimo que hay que seguir apoyando, no sólo por su valor musical, sino por sus evidentes implicaciones sociales.

Por eso, volviendo al tema de mi carta a Gustavo Dudamel, quiero manifestar mi más claro repudio a la utilización que pretende hacerse de dicha carta para propósitos mezquinos. Por el contrario, quisiera que de alguna manera las palabras que escribí, carentes de grandes pretensiones, fueran una pequeña contribución para despertar la inquietud positiva de esos jóvenes y niños en torno al compromiso ético del artista frente a la libertad, así como alrededor del valor y el sentido de la interpretación musical. Son preguntas que un artista, que un músico, está obligado a hacerse todos los días como parte de su formación integral.

Entender el altísimo valor que tiene la libertad de expresión -o cualquier manifestación de la libertad- con seguridad los hará mejores pianistas, violonchelistas, clarinetistas, violinistas, coristas o directores de orquesta, porque les permitirá comprender la significación de las grandes obras del arte musical, que no son absolutas, que asienten y disienten en un eterno diálogo. De esta manera, los niños y jóvenes del sistema podrán emprender su camino a ese "mundo mejor" del que habla Schubert en "An die Musik" ("A la música"), que no debe ser concebido como mundo de fantasía ultraterrena creado por el mero placer estético de escuchar hermosas notas, sino como ese mundo que queremos y estamos obligados a edificar aquí, ahora y siempre, y al que es imposible acercarnos siquiera si no somos libres.

Antonio Planchart Mendoza

C.I. 12.959.205

Patricia, Dudamel y la vía Rostropovich

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Vía Noticias 24
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