16 agosto 2009
¡Patria, socialismo o muerte!
02 agosto 2009
De cuartel y burdel
Quien se acostumbra a visitar las maison closes, cree que el único amor es el que se compra.Sólo sabemos que su propia lengua nunca ha podido despojarse de las suciedades típicas de los porteros de esas casas; entre otras cosas para relatar en cadena nacional sus más íntimos apremios, provocados por un desbordamiento hormonal o más simplemente alimentario. Pero la confesión pública de esas calaveradas juveniles explica que el grueso de sus acciones políticas le deben mucho menos a haber leído a Marx o a Lenin u oído a Fidel Castro que a esas visitas juveniles.
La menos peligrosa Dejemos de lado su lenguaje, no sólo porque ya hemos hablado de eso demasiadas veces, sino porque, unas con otras, y pese al poder de la palabra, esa es acaso la menos peligrosa de todas las lecciones aprendidas en esas casas donde se ejerce la profesión más vieja del mundo.
En cambio, sí lo es la idea de que con dinero se puede comprar todo, y por sobre ese todo, el amor. Es por eso que interpretan de una manera muy par- ticular lo que decía el Che Guevara del revolucionario: que su pecho estaba lleno de un gran sentimiento de amor.
Contrariamente a eso, estos revolucionarios de bombillito rojo no piensan en su pecho cuando hablan de amor, sino en sus bolsillos. Porque la experiencia no les ha hecho conocer un amor que no sea ancilar, pagado, mercenario. Nada de aquello de "contigo pan y cebolla": la maquinaria de esta revolución se mueve con oro. El cual oro, en nuestro caso venezolano, no puede ser ese amarillo que es también el del cabello de esos malditos imperialistas, sino negro. Negro petróleo, por supuesto.
Una austeridad ejemplar Los revolucionarios de principios del siglo pasado, tanto rusos como chinos, eran de una austeridad ejemplar que solían reconocer hasta sus peores enemigos. Como lo constató Emil Ludwig, un liberal sin la menor ninguna simpatía por los bolcheviques, el "plato de oro" con que comían en el Kremlin los líderes revolucionario eran "pura leyenda". A ninguno de ellos se le hubiese ocurrido calmar sus urgencias asistiendo a un burdel y mucho menos jactarse de ello en una alocución pública. Su austeridad rayaba en la mojigatería: si bien no objetaban los lazos no por discretos menos estrechos de Lenin con Inessa Armand, con los líderes menores no solían ser tan tolerantes.
Al buenmozo Lunacharsky, gran figura de la cultura a quien le llovían las mujeres y no se privaba de su compañía, sus camaradas lo llamaban entre bromas y veras Lupanarsky. En cuanto al sexo, contrariamente a algunos revolucionarios (acaso la misma Alejandra Kollontai ministra de relaciones exteriores o Angélica Babalanova, presidenta de la Internacional Comunista) que predicaban el "amor libre", Lenin oponía la fórmula "ni monje ni Don Juan".
Pobres de solemnidad En cuanto a los revolucionarios que, en el seno de la Internacional trataban de expandir en el mundo entero "las lecciones cardinales de la revolución rusa", pese a las exageraciones de los gobiernos conservadores y la prensa amarilla sobre el malfamado "oro de Moscú", la suya era solidaridad de pobres de solemnidad: a nadie se le ocurría que ella podía tasarse, como hubiese dicho Porfirio Barba Jacob "en rútilas monedas". Compárese aquella actitud, aquella moral, aquella mística con la de los Correa, los Morales, los Ortega, los chiquillos del Caribe subsidiado y los más ávidos de todos, la pareja de proxenetas argentinos, los Kirchner; y por supuesto, el más reciente de estos revolucionarios de Rolex de oro y sombrero tejano de a mil dólares, Manuel Zelaya. Pese a que se les llame "camaradas", en verdad el nombre que les corresponde es el de clientes. Porque su solidaridad no las dispara ningún impulso altruista sino la muestra contante y sonante de la magnanimidad del Héroe del Museo Militar. Y, como remataban aquellas "cartas-pueblas" españolas donde se establecían las condiciones para ser fieles al rey: "e si non, non".
Tolerancia y casas de Pero seamos justos. Su formación proviene de sus constantes y hasta celebradas visitas nocturnas a las casas de tolerancia: aunque hay que reconocer que esta última virtud no la aprendió allí (ni en ninguna otra parte). Pero no es sólo eso: sería mezquino negar que por lo menos la mitad de su formación la obtuvo allí; y (por lo menos) la otra mitad del cuartel. No vamos a entrar en detalle de cómo se produjo esa influencia, como tampoco lo hicimos con su otra confesa escuela. Porque eso sería lo anecdótico: lo interesante es ver el producto perceptible de ambas formaciones. La primera, ya lo hemos visto, es la idea de que con plata, y sólo con plata, con mucha plata, se compran amores.
La segunda lección es que, como en el cuartel, el jefe debe ser uno y sólo uno (la versión marina de este principio es que "donde manda capitán no manda marinero"); con la novedad de que ese mando debe ser perpetuo. De allí que el primer producto de exportación y el mejor recibido de esta revolución tan "bonita" es el de la reelección: si posible hasta que la muerte los separe.
03 mayo 2009
¿Democracia o dictadura?
No es cuestión de doctrina sino de cronología. Una gran mayoría, dominante y hasta determinante de los venezolanos, tiene toda la razón del mundo para sentir que estamos viviendo bajo una dictadura. Si en esa mayoría no se cuenta el autor de esta columna, Manuel Caballero, venezolano, mayor de edad, a quien algunos conocen de vista, trato y comunicación, no es porque me haya pasado para el gobierno: la camisa roja que a veces endoso es un regalo hecho mucho antes de la peste militar, y de la porcina; tampoco mi maletín contiene dólares inconfesos (ni otros). La división entre mayoría y minoría no se hace en este caso entre oficialistas y opositores, pues en la mayoría se incluye hasta a las señoras Iris Varela, Lina Ron y acaso a las mismísimas madamas que las recluyen.Primero lo primero Expongamos primero las muchas razones de la mayoría y luego las pocas de la minoría. Para ser democráticos, se dará a las primeras más espacio que a las segundas; no sólo porque sean más quienes integran aquellas, sino porque tienen más razones para hacerlo.
Podemos comenzar diciendo que ya no la mayoría, sino la casi unanimidad de los venezolanos, de ser interrogados dirán preferir la democracia a la dictadura; que en el mundo entero, después de la Segunda Guerra Mundial, no existe un solo gobierno que no sea democrático, por aquello que decía La Rochefoucauld de la hipocresía: que es un homenaje del vicio a la virtud. Y que entre los poquísimos que aprueban la dictadura, muchos la llenan de tantas condiciones ("eso sí, sin presos políticos, con prensa libre, sin ventajismo ni fraude electoral y sin robo impune") que al final esta dictadura termina pareciéndose como un gemelo a aquella democracia que el resto del país prefiere.
La libertad encadenada Se suele caracterizar como dictadura a un régimen donde la libertad de expresión es cercenada de mil maneras; y entre ellas, la libertad de información: antes que al adversario que expresa una opinión en la página editorial, se persigue al reportero que muestra el hecho objetivo, desnudo y sin afeites. Una dictadura es un gobierno que cierra emisoras de televisión y de radio y amenaza hacer lo mismo con otras por el único delito de negarse a reseñar exclusivamente el punto de vista del gobierno. Es una dictadura la que trata de liquidar la libertad de asociación, persiguiendo y dado el caso eliminando, a sindicatos, gremios profesionales y hasta a la Iglesia (sin olvidar a la Sinagoga), con argucias leguleyas, o por medio de sicarios; o de vicarios (con la creación de organismos paralelos pagados por el oro oficial).
Una dictadura elimina la separación de poderes, un insustituible (aunque no siempre tan fuerte como sería deseable) dique para controlar el despliegue de los abusos del Ejecutivo.
Eliminar todo control Es decir, busca eliminar por todos los medios los poderes contralores, esos pesos y equilibrios que obstaculizan su conversión en una dictadura comisoria primero, perpetua después, y al final en una tiranía, en el despotismo vitalicio. El siglo veinte conoció diversas formas de acabar con esos poderes rivales: o cerrándolos (desde Lenin hasta Fujimori); matando o aterrorizando a la bancada opositora para obligarla a someterse o abandonar sus curules (desde José Tadeo Monagas hasta Benito Mussolini); o sustituyéndolos por organismos supuestamente comunales o populares (los soviets estalinianos) o por simples cajas de resonancia del Ejecutivo, y cuya actividad se limita a alzar el brazo y a corear el nombre del Jefe Supremo (el Reichstag hitleriano).
Una dictadura es un régimen donde los tribunales no existen para impartir justicia ni buscar la verdad, sino para castigar sistemáticamente a los opositores y cubrir bajo el alcahuete manto de la impunidad a cuanto malhechor haga de las suyas siempre y cuando manifieste a grito herido su adhesión al Comandante en Jefe.
La línea divisoria Como se decía más arriba, entre quienes perciben el régimen que hoy padecemos como una dictadura y quienes todavía no llegamos a afirmarlo tajantemente, la línea divisoria no pasa por la que separa a oficialistas y opositores. Ella existe entre quienes concebimos la dictadura como un mal absoluto y quienes todavía piensan que una dictadura pueda ser "buena". Estos últimos aceptan o por lo menos no pueden negar que todo aquel cuadro que pintábamos en las páginas anteriores sea el del actual régimen venezolano; pero sin embargo siguen votando por él. La diferencia no la dicta ninguna consideración teórica, sino el simple, muy corriente y anualizado almanaque que a diario se deshoja en nuestras paredes.
La línea divisoria pasa por el año 1958: quienes nacieron después de esa fecha tienen todas las razones para caracterizar al régimen actual como una dictadura (lo aprueben o no). Dudarlo todavía, no entraña ninguna aprobación, mucho menos un elogio del mismo.
Como también se escribió al principio, estos últimos tienen muy escasas razones para pensar así. De hecho, se reducen a una: somos el país de Cipriano Castro, de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Lo cual equivale a decir que Fulano no es tan malo como Mengano, porque si bien insulta a diario y hambrea a su pobre e indefensa madre, por lo menos todavía no le ha dado una paliza mortal.
Tienen, pues, razón quienes hablan de "neo-dictadura": no es nada semántico, ni bizantino. Lo "nuevo" es que se trata de la primera dictadura del siglo XXI: de nosotros depende que sea también la última.
26 octubre 2008
¿Dónde están los reales?
Hace unos veinte años, se puso de moda decir que Venezuela había recibido en un quinquenio, el equivalente a lo que, con el llamado Plan Marshall, recibió Europa en la posguerra para reconstruir su economía. Pero mientras al Viejo Continente eso le bastó para ponerse de pie y de tal manera que hoy ha llegado a latirle en la cueva (en las buenas y en las malas, hay que decirlo) al imperio que le dio ese envión económico, en Venezuela aquello se había esfumado: Preguntar "¿dónde están los reales?" era entonces algo más que un simple slogan electoral. Por fortuna (para quienes, lo estamos viendo ahora) en 1998 llegó al poder un militar que con la escoba en la mano, juraba que acabaría con lo que él mismo llamaba "corruptocracia". En los diez años que lleva instalado allí, al país le han entrado unos ochocientos mil millones de dólares petroleros.Se dice pronto Lo cual se dice pronto, pero es mucho, muchísimo más que todo cuanto haya recibido Venezuela por el mismo concepto desde que, en 1914, el estallido del pozo Zumaque Uno hizo entrar, al país y al general Gómez, en la era del petróleo y del latrocinio multimillonario. Se dice pronto aquello, pero ¿cuántos planes Marshall han venido así a engrosar los ahítos bolsillos de los nuevos ladrones?
Se tenía el hábito, por lo menos en los tres cuartos de siglo posteriores a la muerte del Benemérito, de emplear su nombre como sinónimo de deshonestidad, de corrupción, de ladronería. Hoy, no habrá que esperar tanto para saber qué nombre sustituirá a aquel cuando se hable de deshonestidad, de corrupción, de ladronería.
Pero hay una diferencia entre ambas delincuencias, una diferencia que proviene más que de las respectivas voluntades, de las circunstancias históricas en que ambos han vivido y gobernado. Porque el Benemérito se podía dar el lujo de encerrar a su país, de convertir a Venezuela en una isla donde no llegaba o casi, ninguna noticia del exterior.
Ni alusiones ni comparaciones Sobre todo si ella contenía no la más tenue alusión crítica al Gobierno, sino alguna que pudiese dar pie a comparaciones. En un país así, ni en la más estricta intimidad de la familia, había quien se atreviese a preguntar dónde estaban los reales.
Hoy en cambio, sí sabemos todos donde están los reales. Por supuesto, no porque aquí en Venezuela haya ningún órgano del Estado con función contralora, capaz no ya de castigar, denunciar o ni siquiera ver una corrupción como jamás había conocido Venezuela, sino porque el general Gómez tenía acaso poder para tapar el sol con un dedo. Pero hoy, gracias a los medios de comunicación masiva internacionales, o el sol es demasiado grande, o el dedo demasiado pequeño, y así, a la pregunta "¿Dónde están los reales?" se está respondiendo a plena voz en una corte Federal en Miami: han ido a parar a los bolsillos de la oligarquía militar venezolana y sus cómplices civiles, a esa simbiosis que hoy se conoce en Venezuela como "boligarquía", o "boliburguesía". ¡Válgame Dios, adonde fue a parar el nombre del Libertador!
Un truco demasiado viejo Decíamos que acaso el general Gómez tenía poder suficiente para tapar el sol con un dedo. Esto no quiere decir que no lo haya intentado también la mafia militar que hoy manda en Miraflores. Primitivos como son de palabra y de acción, no se les ha ocurrido otra cosa que el más antiguo, y no siempre exitoso de los trucos guerreros: la distracción. Lo que ellos mismos han llamado, acusando a otros de su propios delito, "un pote de humo".
Esa bomba fétida tiene dos ingredientes que se emulsionan en uno solo. Se trata por una parte de la lloriconería sobre un "magnicidio", y por la otra, la superabundancia y el sobretono del lenguaje presidencial para referirse a quienes lo adversan. La idea es cubrir una fetidez con otra, ya que si se ponen a gritar "¡Yo no fui!" como un chiquillo aventado, no harían más que señalarse ellos mismos con mayor certidumbre que si se quedan callados. Pero esta marramuncia gritona de ahora tampoco les está dando resultados.
Nació embustero En primer lugar porque lo del magnicidio no se lo quiere creer ni doña Elena allá en Barinas (ella menos que nadie por saber de sobra que el innombrado nació embustero). Lo segundo, porque después de aquella vergonzosa confesión de parte sobre la imprevisible compulsividad de su tripa pantagruélica, a todos nos da por pensar que ella está tan desajustada que confunde el sur con el norte, el este con el oeste, la entrada con la salida.
Pero eso es adjetivo, relativamente secundario. Lo sustantivo es que el volumen de lo robado es de tal magnitud, que ni el más fétido regüeldo del Primer Insultador de la República alcanza para cubrir el vocerío revientacristales de los Niños Cantores de Miami.
Porque ninguna palabra, ningún término, ninguna fórmula, de todos las que con mucha razón se puedan aplicar a la mafia gobernante y sobre todo a su Supremo Conductor es tan elocuente, tan definidor, tan definitivo como el que está emergiendo de los pantanos de Florida.
No es que sean ineptos (aunque también); no es que sean ineficientes (aunque también); no es que sean intelectualmente minusválidos (aunque también); no es que sean unos vagos (aunque también); no es que sean ¡en fin!... A medida que se les acaba el tiempo, va emergiendo en la percepción popular y en la realidad fáctica la palabra definitoria con la que entrarán en la historia el Héroe del Museo Militar y sus compinches: ¡Ladrones!
25 mayo 2008
Las dos Venezuela
Una rueda de prensa del maestro José Antonio Abreu sobre el Premio Príncipe de Asturias otorgado al Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles, fue cortada bruscamente para infligirnos una cadena del más parlanchín gobernante que haya tenido Venezuela, cadena en la cual recitó una vez más la desafinada cantaleta sobre la guerra que el imperio tiene emprendida contra Venezuela. Esa interrupción no fue obra del Gobierno, sino del cielo: ella nos dio la posibilidad, "en vivo y en directo" de hacer la comparación entre las dos Venezuela que hoy coexisten en nuestro espacio y en nuestro tiempo.El prestigioso premio internacional a la primera tiene diversas implicaciones, pero la más importante y significativa, la que la hace ejemplar, es la de estar nadando contra una de las más fuertes corrientes de la idiosincrasia venezolana, la tendencia a la improvisación.
Ningún angel bajó del cielo para posarse sobre la cabeza de nuestros muchachos y premiarlos con un hermoso billete de lotería. Durante casi todo el siglo XX, se nos ha conocido en el extranjero por dos cosas que para nada son producto de nuestra voluntad, sino de la de Dios Padre Todopoderoso: petróleo y reinas de belleza. Desde hace algún tiempo, y mucho más de ahora en adelante, se nos conocerá como el país de la música. Pero sobre todo, servirá para quitarnos esa fama de haraganes en la que nos acompañan casi todos los pueblos de América Latina. Porque "el Sistema", como se le suele llamar abreviadamente, no nació de la noche a la mañana, ni por generación espontánea, ni (para no ahorrarnos la ripiosa comparación jupiterina) nació armada de pies a cabeza de algún dios musical. No: es el producto de más de treinta años de trabajo.
Pero no de un trabajo rutinario como el de todos los burócratas del universo, de ocho a doce y de dos a seis: es un trabajo de cada minuto, de cada segundo, en días que la mayoría de las veces tienen más de treinta horas. No es "un puesto": es una vida.
Decir que sea el producto de treinta años de trabajo lo ubica además en un tiempo muy definido y preciso de la historia venezolana: el de los gobiernos civiles. Es decir, un tiempo en que los venezolanos parecían estarse acostumbrando a pensar en años y en décadas, más que en días y en horas. A comprender que para que el trabajo pueda dar frutos perdurables, no puede provenir de un subitáneo rapto de inspiración ni va a caernos del cielo o a brotar del subsuelo.
Por mucho que las loterías y los hipódromos continuasen trabajando horas extras, esa actitud del homo ludens venezolano que tanto horrorizaba a Arturo Uslar Pietri, era relativamente inofensiva, porque no derivaba hacia la acción política. Se iba dejando en el polvoriento desván de los recuerdos el hombre que "tiraba la parada" y parecía irse instalando en nuestra mentalidad el convencimiento de que la democracia política y el desarrollo económico y social se ganaban en la pelea cotidiana y de todos, no por la acción de un demiurgo, de un santón (de un matón) de uniforme.
Pero hablábamos más arriba de dos Venezuela que coexisten. Lo hacen desde siempre, pero sólo durante los gobiernos civiles ha podido el trabajo tesonero y creador crecer en el acatamiento y la admiración públicos para poder carearse con la otra Venezuela, la de la improvisación, del golpe de mano, la viveza y la deshonestidad, la de la fuerza bruta y la pobreza intelectual y moral. En una palabra, la Venezuela militar o para ser más precisos, militarizada. La Venezuela que, para vergüenza nuestra, el mundo conoce riéndose a mandíbula batiente, porque combina la verborrea payasa y la cobardía. La Venezuela que amenaza a nuestros vecinos con el verbo de la guerra a muerte, pero cuyos batallones se devuelven despavoridos sin haber llegado ni a la frontera. No porque a nuestros soldados se les hayan aflojado las tripas, sino porque conocen muy bien la actitud de su Capitán Araña de Comandante en Jefe en la heroica batalla del Museo Militar.
Pero la característica más saliente de esta Venezuela que el electorado se impuso a partir de 1998 (creyendo que un purgante serviría para curar una diarrea) es la improvisación. Mientras que en la Venezuela del sistema de orquestas juveniles el ensayo y la corrección de los errores se combinan con la confianza en el genio y el ingenio de nuestros jóvenes para dar como fruto ese prodigio de armonía que hoy mantiene en vilo al mundo entero, en la Venezuela de botas y uniforme el destino del país se decide en los incorregidos dislates que el comandante en jefe excreta cada domingo frente a un micrófono que pareciera untado con un euforizante alcohol que pone la lengua pastosa y el verbo incoherente pero incontenible. Allá, la armonía producto de una larga paciencia. Acá, un ruido caótico, un alboroto sin orden ni concierto, donde lo único que no desafina es el caletreado aplauso de los aduladores. Y donde puede advertirse no sólo esa improvisación sino el desprecio por el trabajo serio. Para decirlo como lo hizo alguna vez su vicepresidenta Adina Bastidas, el de "esos PhD que tanto mal le han hecho al país".
Maquiavelo decía que somos los árbitros de la mitad de nuestros actos, y que la otra mitad la comanda la fortuna. Hoy, la primera Venezuela recibe el aplauso del mundo entero. La Venezuela militar de segunda nos ha convertido en su hazmerreír. Pero no es cosa de desesperar: no debe olvidarse que la fortuna es caprichosa e inconstante.
12 mayo 2008
En paso de luna
Si mis desocupados lectores, amén de tiempo para leerme, logran tenerlo para recordar qué cosa dije hace tiempo, deben saber que si me he opuesto siempre a algo es a atribuir las más descabelladas palabras y actitudes del Héroe del Museo Militar a locura y ni siquiera a "loqueras". Por el contrario, se me cae la lengua de decir que en un país cuya historia está preñada de chafarotes ignaros, zafios, nepóticos, deshonestos y cobardes (esto último, debe reconocerse, en mucho menor grado) el actual locatario de Miraflores es un gobernante de lo más normal. Locos son lo que, a partir de la muerte de Gómez la tomaron por pensar -y a partir de 1958, a actuar en consecuencia- que los civiles podían mandar a los militares y que el Presidente de la República fuese de verdad "Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas" y no a la inversa, que el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas fuese accesoria pero vitaliciamente presidente de la República.Pero uno de lo más viejos adagios penales postula aquello de que "a confesión de parte, relevo de pruebas". El susodicho acaba de mostrar que las fases de la luna son capaces de incidir en su comportamiento diario, en sus actitudes y hasta en sus aptitudes, en su carácter.
Porque Marte está demasiado lejos, y por eso, nadie le cree cuando invoca al dios de la guerra pretendiendo azuzar a sus perros guardianes, Phobos y Deimos, sobre todo después del ridículo de sus batallones enviados a la frontera colombiana y que fueron incapaces de llegar ni a Petare, ni a darse cuenta de que Colombia queda del otro lado. Venus no pasa de una incorrespondida fantasía de adolescente con la atrabiliaria Noemí Campbell; y si Mercurio puede retratar su inestabilidad emocional, es más chiquito que la Tierra e incapaz de contener un ego de las magnitudes del suyo.
A falta de planetas, el viejo satélite de la Tierra puede servir para alimentar taranteras, siendo como es más útil que el Sol, que alumbra de día, cuando con tanta luz no hace falta y en cambio la Luna demuestra ser más útil al alumbrar de noche.
Pero no hagamos caso de ese viejo y tonto chiste: el Primer Locutor de la República acaba de demostrar, con pruebas a la mano (un mapa rayado por la suya) que cuando Selene se le alborota, es capaz de dar a luz unos cuentos que dejan muy atrás los productos de la inteligencia de nuestros mayores maestros Julio Garmendia, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia y Adriano González León. El último que nos ha querido meter es ese de la Media Luna que, al igual que a Evo Morales, está en tratos con el imperio para formar la República Creciente cuya bandera sería verde (en oposición a la "roja-rojita" cantada con voz de mezzo-soprano por el poeta más aceitoso de la Revolución, Rafael Ramírez) y cuya religión sería la misma del imperio, o sea el Islam.
Esto último no sería uno de sus habituales disparates o de sus no menos usuales ignorancias: es la carta que tiene en la manga el imperio si el senador Obama gana primero las primarias demócratas y segundo la Presidencia de EEUU: convertirse a la religión del Profeta para seguir humillando a la muy cristiana América Latina.
De tarantera en tarantera, a cada paso que da en el cielo la amiga preferida de los poetas ramplones o no, nuestro iluminado sigue trasladando situaciones extranjeras al suelo y a la lengua de los venezolanos. Así, la derrota (pese a todas sus marramuncias) de Mugabe en Zimbabue es una conspiración mediática preparada por Alberto Federico Ravell con el propósito de declarar pavosa la espada de Simón Bolívar e impedirle caminar por toda América Latina hasta llegar con la lengua afuera al altiplano.
Y ya que hablamos del altiplano, prosigue en otro giro lunar el parlanchín, "que no se atrevan los cruceños a tocarle un lacio pelo a mi amigo Evo. Sepan y entiendan que si la oligarquía pretende imponer su tramposa aritmética según la cual el ochenta y cinco por ciento escuálido es un porcentaje mayor que el quince por ciento cocalero, mi país y mi gente no se quedarán tranquilos: como muy bien lo ha dicho el general Müller (con la autoridad que le da su origen en la etnia lusinchy) nos unen lazos de sangre con los quechuas y los aymarás.
"Como les he dicho y repetido hasta el cansancio, la mía es una revolución pacífica pero armada. En el mismo momento en que el imperialismo cruceño intente poner pie sea en La Paz sea en Sucre o Chuquisaca, los valientes batallones del PUS venezolano le caerán como moscas a la miel. Yo mismo me pondré a la cabeza de los combatientes del lago Titicaca (nombre dado por la Revolución Boliviana en homenaje a mi gesta del Museo Militar). Yo mismo dirigiré las operaciones desde el puente de uno de los dos submarinos que le compramos a Rusia pensando con nuestra habitual visión profética que nuestra guerra tendría lugar en el mar boliviano.
"Y en el espacio exterior. Porque ya pronto, con la ayuda de China, tendremos un satélite espía para facilitar las tareas de Aristóbulo Istúriz que pensaba vigilar a los escuálidos de una manera artesanal. Pero con este nuevo satélite, le podemos dar en la madre a esa Interpol que comprada por el oro imperial, está dispuesta a negar que la laptop de Raúl Reyes haya sido manipulada por Álvaro Uribe".
Fin de la cita. Por si fuera necesario presentar pruebas de lo que decimos, con su historia de la secesión "cruceñista" del Zulia, los Andes, Apure y Sabaneta, el propio aludido nos está indicando que está, como se suele decir, en paso de luna. Para ser más exactos, de media luna.
09 marzo 2008
¿Morir por Marulanda?
Por ahora, no son muchos los que, en Venezuela como en Colombia, crean que las amenazas de Chávez sean otra cosa que una de sus habituales fanfarronerías. Y esa impresión se reforzó cuando éste dijo que si se produjera en nuestra frontera una situación similar a la de la frontera ecuatoriana, eso sería un causus belis. Es decir, algo que no existe ni ha existido nunca, porque en ninguna gramática latina se puede encontrar semejante frase.Lo que sí sería una ofensa, un verdadero casus belli es el minuto de silencio guardado por el teniente coronel en homenaje a "Raúl Reyes", ese impoluto angelillo asesinado mientras empiyamado por Lacoste, descabezaba una pacífica siestecita, como impone la ingesta de una buena sobrebarriga rociada con el viejo y noble ron de Caldas.
Pero aquí el ofendido no sería el Gobierno ni mucho menos el pueblo colombiano, sino la cartelocracia de los narcos. Porque si es verdad aquella expresión según la cual lo que es igual no es trampa, es ofensivo o en todo caso discriminatorio que el Jefe del Estado venezolano no le haya rendido por ahora igual homenaje a Pablo Escobar Gaviria, ese sí muerto en combate. Porque combatiente es combatiente, así como narco es narco. Y si a ver vamos, mucho más daño le ha causado al Imperio norteamericano el jefe del cartel de Medellín que el subjefe de la banda de Tirofijo.
Pero además, aquí no se detiene la voluntad discriminatoria del teniente-coronel. Que sepamos, no ha amenazado, mucho menos intentado, romper relaciones con Francia, ni enviado de vuelta a París a sus diplomáticos con sólo lo que llevaban puesto. Y eso que la Quinta República francesa es convicta, confesa y culpable no sólo de haber hollado el suelo de un país que ni le era vecino, sino que, además, lo hizo para perjudicar a un venezolano.
El país agredido fue Sudán, y el venezolano vilmente secuestrado por la oligarquía francesa se llama Carlos Ilich Ramírez, mejor conocido en los bajos fondos como "El Chacal". De quien, en una carta muy famosa, apenas llegado al poder, Chávez se despedía con un solidario "hasta la victoria siempre".
Tan convencida está Colombia de que la movilización ordenada por Chávez es una payasada más sin mayor peligro, que ni siquiera se ha tomado el trabajo de hacer otro tanto en sus fronteras. Pero eso no es lo más significativo, sino el hecho de que del lado acá, se tienda a adoptar una actitud parecida: lo de Chávez no pasará de ser un alboroto mediático (coreado, hay que reconocerlo, por intelectuales patriotas de la talla de Nicolás Maduro, Jorge Valero, Darío Vivas y Lina Ron).
Pero es un error pensar de esa manera. La movilización decretada por Chávez forma parte de un plan suyo donde la pelea con Colombia es apenas un hecho circunstancial. El verdadero objetivo es el de poner al país en pie de guerra.
No para impedir que nuestro territorio sea profanado por la "planta Insolente" del extranjero, sino porque poner a un país en pie de guerra significa poner lo militar por encima de todas las cosas, significa militarizarlo. Y ese ha sido el Norte, el objetivo final del teniente coronel desde 1982 y el cursilísimo juramento del Samán de Güere, ese tótem del personalismo gomecista.
Pero que ese sea su plan no significa que pueda ponerlo en práctica. La misma serenidad, para no hablar de indiferencia, de los venezolanos frente a la irrefrenable parla (que ahora que la tomó por los latinajos macarrónicos, se ha vuelto lo que Quevedo llamaba con sorna "la culta latiniparla") del teniente coronel; esa indiferencia, es una forma de resistencia pasiva a ese proceso de militarización. Una movilización militar como la actual hubiese arrastrado en cualquier otra parte multitudes delirantes sacudidas con razón o sin ella por un llamado patriotero ¿Dónde está hoy la "Unión Sagrada" que hasta un ridículo payaso (mejorando lo presente) como Cipriano Castro propuso y logró en 1902?
Pero, además, hay otro obstáculo para el plan de esa "guerra de anime" con la cual está jugando el teniente coronel con la misma cómica irresponsabilidad con que el gran dictador de Chaplin jugaba con el globo terráqueo (dicho sea de paso, aquella irresponsabilidad de majareta derivó hacia la mayor guerra que haya conocido la historia). (Nunca se sabe, con esos atarantados). El obstáculo reside en el poco entusiasmo que muestran los más directamente implicados en el asunto, los que en primer lugar arriesgarían el pellejo, y que por formación profesional saben mejor que nadie cuánto duele una bala que dé en el blanco de unas tripas humanas. Esto no es una conjetura, ni tampoco dudamos del coraje de nuestros soldados; lo que decimos se basa en la más simple percepción: ¿Dónde están los soldados cubiertos de flores por la multitud y a la vez, de su parte, dónde está esa "flor en el fusil" que indique que nuestros muchachos vayan a
arriesgar sus vidas con alegría por una patria que signifique mucho más que el capricho y la alucinación narcisista de un mandón o la orden de morir en un combate ajeno?
O sea, que es de dudar que nuestros soldados estén dispuestos a morir por Marulanda. Por otra parte, el calor guerrero no se enciende sólo con arengas, sino predicando con el ejemplo: ¿visitaría el teniente coronel el frente de batalla, o se limitaría a enviar sus órdenes desde el Museo Militar?
23 enero 2008
23 de enero de 1958, el ejemplo del medio siglo
El teniente coronel tenía razón cuando, el primer 23 de Enero de su mandato, dijo que no había nada que celebrar: para una mentalidad militarista, nada más aborrecible que conmemorar el derrocamiento de un gobierno militar y, peor aún, para sustituirlo por gobernantes civiles durante casi medio siglo. Pero quien quiera comprender a este país tampoco debería celebrar ese día, si sólo se trata de eso. En todo caso, para un historiador es imperativo planteárselo así: el 23 de Enero no se agota allí, sino que sólo tiene sentido mirándolo en perspectiva. O sea, integrándolo en un proceso que viene de muy atrás. Reduzcamos esa perspectiva a los casi dos siglos de nuestra independencia.
Ese proceso es el de nuestra constitución como nación y de su desarrollo democrático sin el cual ella no tendría sentido. Vamos así a señalar varios momentos pero advirtiendo que ellos nada significan sino como parte de aquel proceso, de aquel desarrollo. Por supuesto que la primera es la del 5 de Julio de 1811.
Lo que hace de ella una fecha nacional venezolana no es la ruptura con España, sino su vocación y constitución republicanas. Así, ese día no se rompió con la corona española, sino con todas las coronas. El primero y por desgracia casi único legado del proceso que arrancó ese día y que duró hasta 1830, fue así la forma republicana de gobierno.
Vienen después los acontecimientos que una historiografía demasiado parcializada e intelectualmente deshonesta ha bautizado como "la Cosiata" y que culminó con la separación de Venezuela de Colombia. Como ella coincidió con la muerte del Libertador-Presidente, ha servido para que la retórica patriotera pudiese sembrar en el espíritu venezolano la horrenda culpa del parricidio. En verdad, se trató más bien de la oposición de dos proyectos políticos, uno viable y el otro no, y además de un rechazo al centralismo autoritario que encerraba la proposición de una presidencia vitalicia. Que la dictadura de Bolívar fuese sustituida por autoritarismos regionales ha servido también para ocultar que aquel designio no era una negra conjura antihistórica, sino el normal desenvolvimiento de una aspiración nacional y democrá- tica.
Desde ese momento habrá que esperar cuarenta años para que otro momento señale que continúa ese viaje hacia la nación y hacia la democracia: es la Revolución de Abril que llevó al poder a Guzmán Blanco. "Los liberales de Antonio", como llamaba el viejo Antonio Leocadio a los partidarios de su hijo, dieron otro paso de avance en ese proceso, y también en el de la formación del Estado. "Un Estado que se proclame cristiano no es un Estado", decía Marx en La cuestión judía.
Guzmán Blanco va a dar un vigoroso impulso a su creación con la conversión del venezolano en un Estado laico, al separar el Estado y la escuela de la Iglesia.
Habrá que esperar hasta el siglo XX para señalar otros sucesos que marquen hitos en la constitución de la república nacional democrática. El primero es el 21 de julio de 1903, cuando el general Juan Vicente Gómez triunfe en la batalla de Ciudad Bolívar. La historia convencional lo señala como el fin de las guerras civiles. En realidad, es mucho más que eso: es el comienzo de la paz venezolana. La cual no se puede atribuir al general Gómez porque el Benemérito lleva muerto más de 70 años y, sin embargo, los venezolanos no hemos vuelto a desencadenar ni soportar la guerra. Lo cual de paso nos convierte en un país excepcional en el mundo: uno que lleva un siglo sin guerras civiles.
A la muerte de Gómez el 17 de diciembre de 1935, el pueblo venezolano, al revés de lo que sostenían los plumarios del dictador, estaba maduro para la democracia. Así lo demuestra al fundarla en la calle el 14 de febrero de 1936 cuando la más grande manifestación que hubiesen visto ojos venezolanos impuso su voluntad democrática a un gobierno que oscilaba entre ella y el despotismo. Desde aquel entonces, Venezuela nunca ha dejado de ser democrática, en el sentido de que el pueblo, pese a algunos inevitables altibajos, muestra tener conciencia de su propia fuerza.
Como sucede con el 19 de Abril de 1810, el 18 de octubre de 1945 es una fecha ambigua; si en aquella, un movimiento que desembocaría en la independencia se inició para apoyar al Rey, en 1945 triunfó un cuartelazo, como lo reconoció el propio Betancourt en 1956. Pero, de inmediato, el gobierno que él presidió dio lo que Germán Carrera Damas considera el paso más importante en la formación nacional después del 5 de Julio de 1811: un estatuto electoral que daba el voto a los analfabetas, a las mujeres y a los jóvenes en edad militar. La república se volvía así nacional.
Todo aquel proceso remata con este 23 de Enero cuyo medio siglo se celebra hoy. Mucho se dirá sobre el detalle de sus sucesos e incluso sobre su significación histórica. En estas cuartillas hemos preferido celebrar no aquella fecha de 1958, sino los cincuenta años transcurridos desde entonces.
Pero antes, hay que precisar que la Historia nunca sigue un derrotero lineal: todos ese largo viaje hacia la nación y la democracia va a encontrar, al desenvolverse, piedras en su camino: en la república fundada en 1830 será "la dinastía monagógica" de José Tadeo; el Septenio guzmancista rematará en la Aclamación; los primeros años de la paz venezolana lo serán también de Castro y Gómez; el 18 de octubre estará preñado del 24 de noviembre; el 23 de Enero conocerá un peligroso bache con la elección del enemigo que había tratado de borrar esa fecha el 4 de febrero de 1992.
Pero volvamos a nuestra conmemoración de hoy día. Nadie que me conozca puede pensar que sea una congenialidad ideológica lo que me hace afirmar que el medio siglo transcurrido desde entonces es el más brillante que haya conocido Venezuela en toda su historia. Y lo es porque resume y afirma todos los pasos dados antes del 23 de enero de 1958.
A un punto tal que hoy podemos afirmar que en ese medio siglo se ha acelerado como nunca la tarea de convertirnos en un Estado-Nación digno de tal nombre. Y eso sin ocultarnos la regresión iniciada el 2 de febrero de 1999 con la llegada al poder de alguien que busca transformar a Venezuela teniendo como modelo un cuartel; o sea, lo más opuesto posible a un modelo democrático. Se trata del mayor traspié que haya dado en medio siglo la república civil. Porque la primera significación del 23 de Enero de 1958 es esa: allí se echó abajo una dictadura militar para instaurar un gobierno civil, pero sobre todo para instaurar EL gobierno civil.
En su más moderno significado: un régimen democrático caracterizado por la libertad de expresión, el libre juego de los partidos políticos, la celebración de elecciones libres y, en general, aceptadas como limpias; un juego cada vez más equilibrado entre los poderes públicos; y una creciente preocupación, si no siempre respeto, por los derechos humanos y la pulcritud administrativa. Ni siquiera al final de ese medio siglo, sus peores enemigos, hoy en el poder, han podido deslastrarse del todo de aquel legado. Para comenzar, no sólo llegaron al poder por votaciones, sino que han continuado celebrando unas "elecciones" de las cuales, por mucho que sean fraudulentas y ventajistas, no han podido prescindir.
Pero, además, no han podido echar atrás la incorporación a la vida política de las mujeres ni de los jóvenes, ni del diez por ciento de la población de analfabetos que, según confesión del presente gobierno, existían en Venezuela al final de los cuarenta años finales del siglo XX. Ni siquiera se ha intentado revertir aquella situación: parece un legado irrevocable.
Durante esos cuarenta años, la Fuerza Armada ha estado sometida al poder civil y el presidente de la República ha sido efectivamente "comandante en jefe de las Fuerzas Armadas" (como machaconamente lo recordaba Rómulo Betancourt entre 1959 y 1964). No sólo eso, sino que, a partir de las insurrecciones militares de 1962, los cuarteles se quedaron tranquilos: no solía escucharse ruido de sables.
Como corresponde a una auténtica república civil, durante cuarenta años de ese medio siglo el presupuesto de educación superó siempre al presupuesto militar. Nunca como entonces en nuestro país habían los venezolanos accedido a la educación. Baste una cifra: en 1958 había en Venezuela tres universidades públicas; hoy hay más de cien institutos de educación superior, entre públicos y privados. Cierto, la preocupación por romper el cuello de botella que producía una educación masiva pero con una estructura piramidal ("napoleónica") hizo que se tratase de resolver esto poniendo el acento en la educación superior antes que en la básica; lo cual sólo agravó ese embotellamiento y propició una formación asaz pobre y deficiente. Pero aún ese resultado claroscuro es infinitamente superior a lo que se pone en práctica ahora: una formación acelerada de improvisados, poniendo el acento más en el título que en los conocimientos.
En este medio siglo no se ha podido vencer la corrupción, pero por primera vez la corrupción se ha vuelto una actividad punible. Aunque lo peor de ese flagelo no es la comisión del delito, sino la impunidad. Lo cual nos lleva a la corrupción de la justicia, una asignatura que no pudo ser resuelta por la república civil. Pero sin embargo, pese a ese fracaso, se logró un resultado promisor: la democracia logró crear la conciencia de que la corrupción es un delito y de que es posible castigarla. Por primera vez en nuestra historia se acusó, se condenó y se depuso a un gobernante en ejercicio, Carlos Andrés Pérez, recurriendo a métodos legales.
Es imposible dejar de aludir a dos aspectos del legado de este medio siglo sin los cuales esta enumeración estaría incompleta. Uno es la posición cimera de nuestro país en la escena internacional, sobre la base de un nacionalismo menos vocinglero que profundamente eficaz. Un alto senador republicano de EEUU exclamó alguna vez que "ese calvo es más peligroso que este barbudo". El barbudo era Fidel Castro, el calvo era Juan Pablo Pérez Alfonso, creador de esa OPEP que nos proyectó como nunca al escenario internacional, como una nación temible pero respetada.
Y para rematar con la economía, la conversión de la industria petrolera nacionalizada en una de las primeras del mundo se combina, al paso de los años, con la creación en Guayana del complejo industrial más grande del mundo en la zona tropical.
Este es pues el legado del medio siglo transcurrido desde el 23 de Enero de 1958. Los venezolanos no sólo tuvimos el coraje para derrocar la dictadura, sino el más grande aún de construir su legado cada día.
Hoy, ya la mayoría va formándose, y ganando batallas puntuales, en el camino del renacimiento de la democracia. Renacimiento, dicho sea de paso, que no es sinónimo de restauración.