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16 mayo 2010

Tánatos en Miraflores

A Diego Arria

Quien crea que expropiarle los bienes a Diego Arria satisface en lo profundo a quien ordena el atropello, se equivoca. No ha leído a Hannah Arendt, a Jung ni a Sigmund Freud. Tales desafueros, llevados a la práctica por los encapuchados del Talibán islámico criollo, últimos mohicanos que le van quedando para hacerle el trabajo sucio que él circunscribe al cerco de sus dientes y agota en la pestilencia de sus palabras, cumplen una función supletoria, sucedánea. Son, para decirlo en lenguaje junguiano, simples metáforas, símbolos que expresan sus deseos destructivos más profundos.

Pues por más caos, destrucción y miseria que esparzan, no alcanzan para tranquilizar con su cuota de sangre al Tánatos que lleva en los entresijos de su corazón. En su insaciable voracidad destructora no se siente satisfecho ni siquiera con el paso superior al maquiavélico juego de la expropiación: el sacrificio ritual de las reses, que prefiere ver pudrirse agusanadas antes que sirviendo al jolgorio estomacal de sus esbirros. O arrancar de cuajo las mil quinientas matas de naranjas, convertidas en alimento del juego lustral de la venganza. O las obras de arte arrancadas con particular saña de las paredes de La Carolina y tiradas al basurero de Miraflores. Todos esos actos de barbarie tribal, tan cercanos a los que cometía uno de sus ancestros, el cuatrero Maisanta, mediatizadas ahora por los certificados de buena conducta de los señores Carlos Marx y Federico Engels o enaltecidas con el lustre de Fidel, el Saturno caribeño, que le susurrará alguna felicitación por el teléfono rojo que aún mantiene cerca de su cama ortopédica allá en el Bunker habanero, son mero Ersatz, como diría Wilhelm Reich o Michel Foucault. Un sucedáneo. Buena torta ensangrentada a falta del amargo pan de Caín.

En lo profundo de su insaciable rencor bicentenario quisiera darle un manotazo a los símbolos y entrarle a la barbarie por la calle del medio, de lleno y sin contemplaciones. Hundirse como Kurz, el del Corazón de las Tinieblas, en el pantano sanguinolento de la barbarie. Como Bobes con sus lanzas coloradas o Antoñazas con sus cabezas degolladas, los machetes en alto destilando sangre. Ese rencor insaciado, a medias satisfecho con leguleyerías de tinterillos castristas, no termina por quitarle la acidez de la boca del estómago.

El quiero y no puedo, ese horror a enfrentar de una buena vez su propia verdad, dejar a un lado las ambigüedades y dar el paso definitorio hacia la horrorosa magnificencia de la maldad apocalíptica que esconde en su corazón y conocieran con su hedor a pólvora y carnes chamuscadas sus arquetipos: un Fidel Castro o un Ramiro Valdés, un Augusto Pinochet o un Manuel Contreras, un Marulanda o un Raúl Reyes. Esa inconsecuencia existencial lo debe tener atormentado, consumido, extenuado. Todos sus ancestros fueron asesinos natos: además de Bobes y su pandilla de exterminadores, Ezequiel Zamora, Juan Vicente Gómez, Marcos Pérez Jiménez. Lo es su dulce e íntimo enemigo, Raúl Castro, de quien dijera imaginariamente su hermano Fidel: “No creo que nadie haya fusilado a tanta gente en Cuba como él.” Ni de manera tan masiva y tan brutal, agrega el Caballo, según versión de Norberto Fuentes.

La magna obra de éste, su otro hermano: acarrear decenas, cientos de periodistas hasta un sitio baldío, ponerlos a abrir unas zanjas en descampado con el auxilio de un bulldozer y luego ametrallarlos y darles el tiro de gracia de su propio “puño y letra”. “Somos la misma cosa”, le oímos murmurarle al oído frente a las cámaras de televisión. Como en un aparte shakesperiano. ¿No hubiera sido una forma mucho más expedita de resolver los “delitos de opinión” que esa maldita Ley Resorte? El muerto al hoyo y el vivo al bollo.

¿Dará el paso final hacia su perdición? ¿Cumplirá la sentencia socrática, que alguien afirma era el imperativo categórico preferido de don José de San Martín: “llega a ser el que eres”? ¿Navegará algún día en ese océano de sangre que le teñía las manos, con sus aterradores fantasmas, a Macbeth, el impostor torturado por su mala conciencia? Vivimos la escenificación simbólica de una guerra a muerte. Por el momento se expropia y se encarcela, no se fusila. Dios quiera que sus manos no se tiñan de sangre, como el 11 de abril. Si lo hiciere, estará más cerca que nunca del destino de aquellos dictadores, gigantes en libertad, convertidos en enanos en el banquillo de los acusados.

Diego Arria fue el testigo de cargo de Milosevich. Jura haber asistido a la transfiguración. Al momento de escuchar la sentencia no medía un palmo.

Antonio Sánchez García
Webarticulista

01 febrero 2009

¡HEIL, HUGO!

No aguantó más: ya asoma sus pezuñas el monstruo fascista escondido en los pliegues de la revolución bonita. Bastaron dos derrotas al hilo y la clara percepción que el carro de la historia lo dejó varado en la Estación Fracaso, para que tirara todas las caretas humanistas y dejara ver su más profunda verdad: Chávez fue, es y será un fascista hasta que la historia termine por enterrarlo en el basurero de la historia.

Lo fue cuando acunó los sueños golpistas en la academia militar; lo fue cuando ordenó asesinar a modestos soldados y ciudadanos que se le cruzaron en el camino en aquellos aciagos días de febrero y noviembre de 1992; lo fue cuando ocultó sus garras disfrazado de demócrata ejemplar.

Mientras contó con la suerte del destino y el carnaval del petróleo, pudo escudarse en su constitución. Eran otros tiempos. Y esos tiempos terminaron. Se agotó el demócrata. Ahora, cuando la historia le da la espalda y todo le señala la puerta de salida, muestra la inmundicia y la maldad que guarda en su corazón. Y pretende darle el palo a la lámpara para entronizarse dictatorialmente en el Poder. Para lograrlo, ordena gasificar al estudiantado. Ya tiene un muerto más a su haber. Él fue quien ordenó asesinar al estudiante de la UDO, gasificado por su guardia pretoriana. Él, quien armó a las tropas de choque de Lina Ron para que asaltaron a la Prefectura de la Alcaldía Metropolitana. Él quien ordenó entregarle armamento de guerra y bombas lacrimógenas a los SS de la Piedrita. Él quien mueve a los títeres rojo rojitos que hacen vida en los escondrijos del extremismo universitario y asaltan asambleas estudiantiles para impedir el debate y el diálogo.

Basta de tratarlo como a un demócrata. Que se tutee con Lula da Silva y reciba la bendición de Michelle Bachelet - ¡qué insólita ceguera! - no le quita un ápice del militar fascista que siempre fue. Que todas las naciones de la región, con la honrosa excepción de los Estados Unidos y el Canadá, miren de soslayo y practiquen la misma política de apaciguamiento que practicaran las potencias europeas frente a la prepotencia de Adolfo Hitler, no lo hace menos abominable. Es una cría de Fidel, un remedo de Perón pero sobre todo un lejano epígono de Hitler y de Mussolini. Basura nazi-fascista.

Que sus SS y sus SA invadan los espacios de nuestros gobiernos e impidan el funcionamiento de nuestros funcionarios en Miranda, en Táchira o en Caracas no se debe al espontaneismo de la zarrapastrosa barbarie de Lina Ron, los Tupamaros o los secuaces de Juan Barreto. Tampoco a la ignominia de un generalato cómplice del asalto a nuestras instituciones y segundones de un dictadorzuelo para vergüenza y deshonra de la institución militar. Se debe a quien usurpa la presidencia de la república y gobierna de facto sobre un país atropellado, aplastado y anonadado ante tanta iniquidad.

El secuestro a un funcionario de la Alcaldía Metropolitana, el atropello de sus analfabetas universitarios y el asesinato de jóvenes estudiantes corresponde a una política largamente planificada en Miraflores, preparada en complicidad con los esbirros del castrismo y la canalla izquierdista que sobrevive en los viejos e insignificantes partidos del estalinismo venezolano.

El sacrilegio cometido por sus bandas armadas contra la Sinagoga de Caracas pone la guinda sobre la pestilente torta de su castro fascismo. Pero se equivocan quienes le temen: esos desmanes son los estertores de un régimen que boquea y comienza a entrar en la agonía. Chávez perdió el tren de la historia. Sus gritos y obscenidades son reclamos de paralítico. Le espera el abismo.



Antonio Sánchez García
Venezuela es Noticia
sanchez2000@cantv.net