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24 julio 2009

¿Qué va a pasar aquí?

Tras el desplome del petróleo en el último semestre del año pasado, empezó a correr por ahí la pregunta: ¿Y ahora qué va a pasar aquí? Tras promediar en julio 129 dólares por barril, la cesta venezolana se vino al suelo, alcanzando en diciembre apenas 32. La hora del lamento de Job (lo que yo tanto temía me ha acaecido) había llegado. La economía terminaría por pasarle factura a la revolución. Irónicamente, nuestra confusión, nuestra falta de postura ante el tema petrolero es tan grande, que nadie sabía a ciencia cierta, gobierno u oposición, si eso sería una cosa buena o mala.

Han pasado ya seis meses. Algunos de los temores de entonces se han materializado: El precio del petróleo venezolano promedió 46 dólares en el primer semestre, 50% por debajo de los 95 registrados en el mismo período el año anterior. La vaina era en serio. A comienzos de año, el gobierno anunció medidas que podían inscribirse dentro del paquete de ajuste estructural de la tradición más rancia del FMI. Aumento del IVA y del Impuesto sobre la Renta (este último bajo el truco de subir la base de cálculo 19% cuando la inflación fue de 32%); pérdida del poder adquisitivo del salario de los empleados públicos (con dos aumentos de 10% con seis meses de por medio); y fuerte depreciación del bolívar en el mercado paralelo.

Las medidas, cómo no, han tenido sus consecuencias. Pero lo que ha ocurrido no es consistente con una caída de 50% en la principal fuente de divisas e ingresos públicos del país. ¿Y entonces?

Una de las razones por las que esto ha ocurrido es el endeudamiento masivo a que se ha sometido a la nación en estos meses. Más allá de un recurso natural en épocas de crisis, lo que el gobierno ha hecho para tratar de pasar agachado por la crisis petrolera es una hipoteca efectiva con cargo a las generaciones futuras (pero futuras cerquita). En este semestre, nuestro endeudamiento creció 16.000 millones de dólares, 25% más que al cierre de 2008. Entre las nuevas deudas se cuentan la emisión de títulos en bolívares, el Petrobono (recibido por el mercado internacional a precios de bonos basura), y también más de cinco mil millones de dólares levantados entre China y Japón a cambio de petróleo a futuro. No contentos con despilfarrar el petróleo de hoy, se han dispuesto con presteza a disponer del que todavía no ha sido extraído. No terminará ahí. La idea es llevar la deuda en diciembre de este año a 98.000 millones de dólares, 53% por encima de 2008.

La aritmética socialista tranquiliza a algunos analistas, convirtiendo nuestro PIB a dólares utilizando la tasa oficial. Bajo esa artimaña, la deuda al cierre del año representaría apenas 31% del tamaño de nuestra economía. Esa misma estimación, realizada bajo el supuesto negado de cuatro bolívares por dólar, nos pondría en 57%. A seis bolívares por dólar (por ejemplo) estaríamos en niveles de deuda equivalentes al 100% del tamaño de nuestra economía.

Quizás no sea tanto que el gobierno confíe en el reestablecimiento de los precios, sino que ya se haya acostumbrado a resolver el hoy y a instaurar como política de Estado el "como vaya viniendo vamos viendo". Pero la verdad es que si sigue viniendo así, muy pronto vamos a ver muy poco.


Miguel Ángel Santos

17 julio 2009

El monedero socialista

Ya me ha pasado varias veces, mientras paseo por las hojas de un texto cualquiera y aspiro el olor a pulpa de papel y a novedad que jamás tendrá el Kindle Book de Amazon, que algún otro cliente ocasional pregunta si no ha llegado algo nuevo de Dai Sijie. Del cineasta y escritor nacido en China en 1954, residente francés desde hace más de 25 años, llegaron a Venezuela Balzac y la joven costurera china (2000) y El complejo de Di (2005). El primero es también la base de uno de sus cinco largometrajes (ninguno ha llegado hasta aquí), rodado y prohibido en China. Pues bien, la edición en español de última obra de Sijie está en las librerías del mundo (eso no es aquí) desde octubre pasado: Una noche sin luna.

Hay una escena allí que descubre por qué la obra de Sijie podría haber hecho eco en ese pozo profundo que guarda el ánimo de los lectores venezolanos por estos días. Ocurre en una tienda de verduras comunista, administrada por funcionarios del régimen. En apariencia todo procede de forma pulcra, las transacciones se anotan en uno de los cuadernos de la revolución con tinta indeleble, con los trazos finos de los dependientes, típicamente ex-oficiales del ejército. El dinero recogido en el día se guarda en una especie de monedero o caja chica.

De acuerdo con el narrador de esta fase del libro, un joven dependiente recién incorporado a la tienda, "había que ser de los íntimos para arrancarles (a los demás) la verdad sobre el ritual que se celebraba allí todas las tardes. ¡Qué exaltación! Temblaba de alegría y de miedo& Antes de darme cuenta de lo que estaba haciendo, mis manos, mezcladas con las de los otros, arramblaron a ciegas con lo que había sobre la mesa: El dinero del Estado, el monedero del día. Las máscaras habían caído, todos nos habíamos liberado de nuestra fingida obediencia y nuestra confesada culpabilidad; los buenos trabajadores socialistas habían desaparecido; en la oscuridad estábamos al desnudo, como animales sedientos, famélicos, ávidos de dinero. La pequeña verdulería se había transformado en una especie de cubil: Ya no nos veíamos, pero oíamos nuestros jadeos, nuestros resoplidos animales".

Este párrafo me ha venido a la mente a raíz del debate surgido tras las denuncias de otro Monedero, Juan Carlos, acerca de los vicios del régimen que inhiben el florecimiento del sistema socialista que se procura implantar: El hiper-liderazgo, la burocracia, la corrupción, el militarismo, y el rentismo. En una conversión que sostuve con él hace poco ha ido más allá: Hay cosas en el ideario venezolano que no son consistentes con las premisas socialistas. Sería interesante preguntarse cómo Juan Carlos ha tardado tanto tiempo en darse cuenta de lo uno y de lo otro. Pero ese no es el punto principal. En cualquier caso, para su desgracia o fortuna (está por verse), ha encontrado cierto eco en una fracción nada despreciable de la militancia socialista. Leyendo a Sijie, uno no puede sino recordar que su decepción con Venezuela no es cosa nuestra, no es específica (aunque sin duda en nuestro caso el rentismo es un enorme agravante). Eso así en todas partes. Como se decía cuando yo era pequeño: Aquí, en Letonia y en Pekín.

Miguel Ángel Santos