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20 mayo 2014

Otro fascista


23 noviembre 2009

El resurgimiento del fascismo

El debate sobre el tema del fascismo en América Latina se remonta a los años treinta. La aparición de movimientos políticos de tipo fascista en diversos países (Brasil, Argentina, Chile, Bolivia y México), en la época en que el fascismo se encontraba en plena ascensión en Europa, engendró grandes debates. Sin embargo, el fascismo como concepto se incorpora a la historia de América Latina después del nacimiento del APRA de Haya de la Torre en Perú, y sobre todo con los gobiernos de Getulio Vargas en Brasil, y Juan Domingo Perón en Argentina.

El fascismo vuelve al orden del día en los años sesenta-setenta con los golpes de Estado en Brasil (1964), Argentina (1962, 1966, 1976), Uruguay (1973), y Chile (1973). Todos ellos respondieron al agotamiento de la democracia burguesa, a la necesidad de la profundización del modelo capitalista y del control de los trabajadores, así como de los sectores populares en sus justas luchas sociales. Obviamente, el fascismo no había desaparecido, ni había sido derrotado, y mucho menos vencido.

En Venezuela, bajo la mascarada del socialismo del siglo XXI, ha resucitado esta perversión política ante el fracaso de la partidocracia como forma de gobierno, y la necesidad del proyecto hegemónico por domesticar a los trabajadores y a los movimientos sociales. A pesar de su amalgama de contradicciones ideológicas, su asqueante demagogia, su nauseabundo chauvinismo, su grotesco culto a la personalidad, su belicismo desenfrenado, y su concepción totalitaria del Estado, ha logrado oxigenar el bloque en el poder en sus pretensiones hegemónicas.

El proceso de fascistización ha ocurrido a través del desmantelamiento progresivo del Estado democrático-burgués y su sustitución por un Estado de carácter fascista, pero con modalidades económicas y políticas distintas al modelo europeo. Por nuestra condición de país subdesarrollado nos topamos con un neofascismo dependiente, diferente a la fase de la acumulación de capitales propia de los países desarrollados. En lo político, la incorporación de una retórica socialista, reivindicadora de los excluidos sociales, lo transforma en un neofascismo atípico.

El socialismo del siglo XXI (socialfascismo) promueve un pensamiento único, una reorientación del sistema educativo, una intolerancia a la disidencia, la imposición de leyes arbitrarias, una universalización de la intimidación y la represión, así como la creación de un Estado militar, cuyos nuevos paradigmas son "el golpeteo marcial de los talones, y el ordene mi comandante". A nivel socio-económico, se puede concebir como un proyecto que fomenta un Estado corporativista, que impulsa un capitalismo de Estado depredador de las conquistas laborales, lo cual le asegura al capital transnacional su predominio y le garantiza su hegemonía sobre las fracciones de la burguesía nacional. El socialfascismo se ha instalado y pretende perpetuarse para siempre, ante la complicidad de muchos y la indiferencia de otros.


José Rafael López Padrino
Venetubo

11 noviembre 2007

10 noviembre 2007

Quiénes son los fascistas

De nuevo el intento y otra vez el fracaso. Como alguien decía sobre un peculiar equipo de fútbol: jugó como nunca pero perdió como siempre. La incapacidad del régimen gavillero es infinita. Falla en todo lo que se propone. Se trata, ahora, de la estrategia muy cubana, muy extremista, de provocar violencia y achacarla a las víctimas de sus desmanes. El malandraje volvió a pifiar en el designio imperial de liquidar la lucha pacífica, democrática emprendida por el movimiento estudiantil.

Son conocidas y reconocidas (así como repudiadas) las hordas gobierneras agrediendo con palos, botellas, piedras e, incluso, disparando potentes armas de fuego contra figuras, instalaciones y actividades de los sectores opuestos al totalitarismo cuyo líder aspira legitimar su reinado in aeternum mediante el cambio ilegal de la Carta Magna. En sus tropelías estos radicales usan radios, cascos y motocicletas similares a las utilizadas por algunos organismos policiales. Lo hacen a la vista de todos, incluso con la indiferencia de los organismos oficiales que deben velar por el orden y la legalidad.

Estas pandillas rojas rojitas, en las que participan sujetos que luego son identificados como funcionarios de algún ente público, generan desordenes, violencia, anarquía, daños y pánico. Luego responsabilizar de su ensañamiento y destrucción a sus víctimas.

¿Para qué la artimaña? Hasta hora pretendía amedrentar la disidencia. Descalificar a todo aquel opuesto a la voluntad del emperador tropical, fueran dirigentes políticos, gremiales, institucionales o ciudadanos. Desautorizar a todo aquel no sea sumiso, obediente y complaciente.

Pero en esta nueva fase que la cúpula entronizada considera crucial para entrar oficialmente en el socialismo del siglo XXI (autoritarismo militarista neocomunista) hay una intención adicional. Está la necesidad de victimizar al líder, al benefactor, al magnánimo, haciéndolo ver otra vez atacado y agredido por los sectores, según ellos, contrarrevolucionarios y golpistas del país, que pretenderían desplazarlo del poder. Y, si eso ocurriese, según la manipulación gobiernera en curso, el soberano sería despojado de todos los beneficios sociales recibidos hasta ahora.

En estos términos el debate sobre la inconveniencia de aprobar una constitución que consagra un Estado personalista-comunista-totalitario sería sustituido por un llamado plañidero a defender al caudillo de esta nueva arremetida de la "oligarquía fascista, de los lacayos del imperio".

El rechazo a la "deforma" in-constitucional está irrumpiendo sólidamente en los sectores populares. Sube cerros. Penetra muros de las instituciones y cuarteles. El caudillo está angustiado. Desconfía. Le teme la onda Baduel. Por eso lanza el anzuelo. La batalla debe ser entre su carisma y el desprestigio de la oposición.

Miguel Sanmartín