La historia ocurrió en el barrio Carpintero de Petare. Rayaba la medianoche y los dos hermanos volvían de una fiesta. Algún chiste cómplice los hizo quebrar el silencio del asfalto con una carcajada. Entonces apareció la muerte, acompañada de un malandro de la zona, y les vació una pistola encima. Al día siguiente, en el entierro, la madre devastada por la furia dejó caer una maldición: “¡Les juro que todos los muchachos de esta cuadra se van a morir!”. Nadie sabe quién hizo el rol de verdugo, pero han pasado seis años y hace apenas una semana exacta mataron al último joven que quedaba vivo en el perímetro. Así cuentan en las esquinas. Así me relata Elvira, luego de llorar a su primo asesinado. No le robaron nada. Ni el carro, ni el celular, ni el dinero. Solo la vida. Su vecina más próxima obligó a su hijo a regresar a Colombia hace un par de años, para que no lo alcanzara la sentencia de muerte. Solo ella tuvo chance de decirle oficialmente adiós a su hijo. Más nadie.