28 junio 2007

La Copa rota

Probablemente al terminar de leer este mensaje alguno de mis amigos futboleros arquee las cejas y piense que quizás se me ha ido la mano, que quizás las veleidades de la política han comprometido en parte mi pensamiento y que, de alguna manera, no estoy valorando los hechos con objetividad.

Puede que sea cierto.

Los hechos, sin embargo, creo que son lo suficientemente evidentes como para apuntalar algunas de las ideas que deseo compartir con ustedes. Me anima además a ello un mensaje de Antonio Rosich (abogado, mi socio, y alto futbolero para más señas) que también les anexo a la presente y que tiene mucho de lo que yo mismo quiero expresar.

Y créanme, mi pasión por el fútbol es inmensa, y me honra mucho que nuestro país sea ahora la sede de la Copa América. En otras circunstancias estaría metido en problemas con mi familia, con la universidad y con mi trabajo persiguiendo juegos de un lado al otro de país. Tendría un televisor en la oficina y más de un cliente habría tenido que esperar algunos minutos de más mientras yo disfrutaba de los últimos momentos agónicos y emocionantes de algún partido bien jugado.

Pero Venezuela no está para eso. Y todos lo sabemos.

No concibo una verdadera ciudadanía que no sepa poner sus prioridades dónde debe ponerlas. No puedo entender que ante todo lo que nos ocurre, y ante todo lo que nos ha ocurrido, haya personas que todavía estén dispuestas a dejar de lado las luchas para concentrarse en un evento deportivo. No puedo creer que haya gente dispuesta a vivir en la irrealidad por un mes, ni siquiera por su fervor deportivo, ni puedo comprender que por 30 monedas la selección de mi país (que no es sólo el país del Presidente) haya salido a jugar impávida, en el juego inaugural del evento futbolístico más antiguo del planeta, luego de la burda y hasta de mal gusto politización de un evento en el que Chávez y sus acólitos no tenían nada que hacer más allá de lo que a todos los ciudadanos nos debería estar permitido: disfrutar del deporte por lo que es, y no por lo que un sector político quiere que sea.

Ni un gesto de desaprobación. Ni un comentario. Ni una seña que nos permitiera a los demás saber que nuestros muchachos de la selección o su técnico no aprueban que se les utilice como peones políticos (ni de un bando ni de otro) o como portavoces pasivos de un mensaje personalista, despótico y, en verdad, disociado de la realidad.

Ni una sola palabra a favor de la libertad, del humanismo y de la tolerancia. Ni una sola voz alzada a favor de la reconciliación nacional o en reconocimiento a la gallardía del movimiento estudiantil que ha despertado. Nada dicho, o hecho, que permitiera a los venezolanos conocer si nuestra vinotinto es en verdad de todos o sólo de los que militan a favor del Presidente.

Y eso, queridos muchachos de nuestra selección, y muy querido entrenador Richard Páez, con todo respeto se los digo, me avergüenza, porque sepan que en este momento histórico no asumir una posición definida, particularmente en lo que respecta al respeto de nuestros derechos humanos, es convalidar de manera cómplice los abusos contra éstos.

Es cierto, la Copa América no debe servir como terreno en el que se planteen confrontaciones políticas. Es cierto, no puede pedirse a nuestros deportistas que enarbolen banderas ideológicas (de ningún cuño). Es cierto, no debe sabotearse el evento deportivo ni impedir que éste llegue a buen término.

Pero también es cierto que, incluso desde antes de comenzar, ya el oficialismo había dado claras muestras, incitando al temor de que ello ocurriera, de que utilizaría el evento, y a nuestra selección (que insisto, es de todos los venezolanos) con finalidades que distan mucho de tener que ver con la gloria del deporte. Y la inauguración de la Copa confirmó todos estos temores, y demostró hasta dónde puede llegar el ánimo oficialista de aislar al mundo de las realidades venezolanas.

No fuimos quienes adversamos al Presidente quienes hicimos de la Copa, desde antes de que empezara, una burla para los miles de ciudadanos y ciudadanas que el día del periodista, salieron a marchar, convencidos y valientes, a favor de una libertad de expresión cada vez mas comprometida y vapuleada.

Yo me pregunto ¿qué pensarán de esto, y de la cómplice apatía humanista de los integrantes de nuestra selección, los familiares de los más de 45 asesinados por día, según las propias estadísticas oficiales, en nuestro país?, ¿o los familiares de los más 400 presos muertos en nuestras cárceles durante el 2006?. ¿Qué pensarán los familiares de tantas personas que se han quedado sin trabajo por el simple hecho de haber pensado diferente?, ¿cómo se sentirán nuestros presos y perseguidos políticos?, ¿o la gente más humilde que todos los días brega por que su cada vez más devaluado Bolívar le sirva para procurarse el sustento diario?. ¿Cómo se sienten nuestros estudiantes y jóvenes, después de haber salido a dar la cara por todos, cuando quienes son sus semejantes no dan cuenta siquiera de la importancia de su movimiento y de sus luchas?. ¿Cómo reciben los periodistas perseguidos la noticia de que al mundo se va a mostrar una cara limpia, supuestamente abierta a todas las tendencias ideológicas o políticas, cuando por el simple hecho de ser críticos se les cercena poco a poco toda posibilidad de expresión?.

De los militares ni hablo porque parecen estar muy cómodos con su reciente aumento de salario y con la compra presidencial de juguetes de muerte, gastando para ellos miles de millones de dólares que bien podrían invertirse en los menos favorecidos de nuestro país.

Si, soy un aguafiestas. El "Grinch" de la Copa. Un "disociado" que no entiende a los demás. Soy, o puedo ser, todas esas cosas pero, por encima de todas ellas, soy venezolano al que de verdad le preocupa su país y el futuro de nuestros niños antes, durante y, sobre todo, después de la Copa.

No iré, como antes lo haría, a ninguna tasca o local a jugar, viendo falsedades en pantallas gigantes, el juego triste y esquizofrénico de que en el país todo esta bien. No iré a hacerme de amigos y amigas que se hacen nuestros, como si siempre lo hubieran sido, sólo por el hecho de compartir momentáneamente nuestra pasión por el deporte. No gozaré, por ahora, de esa sensación tan venezolana de sentirse parte de algo que nos trasciende que siempre está presente cuando con orgullo nos vestimos (para el béisbol, el fútbol, o cualquier otro deporte) de los colores patrios para aupar a nuestros equipos.

Creo que no es momento de fiestas. Y pensar lo contrario por unos minutos de evasión es darle la espalda a la historia. Y la historia demuestra que darle la espalda siempre cuesta mucho, demasiado.

Gonzalo Himiob Santomé
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