12 julio 2007

El mismo bolsillo, más bolívares

Nuestra moneda no es fuerte. La pueden rebautizar como más les guste y le pueden quitar uno, dos o tres ceros. Nada cambiará por eso, porque la clave de una moneda fuerte no está en el nombre que se le ponga, sino en la fortaleza de la economía que la respalda. A pesar del cambio de nombre, y de todo cuanto de costoso y de traumático ello tiene, nuestra moneda seguirá debilitándose al mismo ritmo en el que se debilita nuestra economía.

El bolívar no será fuerte porque todos en el gobierno así lo llamen, como en efecto lo harán de ahora en adelante, porque así lo demanda la Revolución y también porque hay que cuidar los puestos con sus bolívares. La razón de la debilidad de nuestra moneda hay que buscarla en el sistema que se nos quiere imponer a trocha y mocha, sombra tenebrosa del modelo económico retrógrado que fracasó estrepitosamente en los países que lo han sufrido.

Querámoslo o no, nuestra moneda es objetivamente débil. Lo es, entre otras cosas, porque se profundiza cada día más la dependencia en un solo producto, condición que el país venía superando y que fue interrumpida por un "proceso".

No puede ser fuerte la moneda de un país cuya curva de importaciones crece sostenidamente y en el que no se respetan los acuerdos de convivencia económica, viejos o nuevos. Huye la inversión extranjera. No puede ser fuerte la moneda de un país en el que todos los días desaparecen empresas, fábricas y comercios, con la trágica secuela de desempleos que tal cosa engendra.

No puede ser fuerte la moneda de un país donde una muy buena parte de su fuerza de trabajo sobrevive con el muy escaso producto que le deja la nada esperanzadora condición de vendedores ambulantes, muchos de quienes en ello ponen a riesgo sus propias vidas.

La avalancha de bolívares no trabajados que circula por todas partes tendrá consecuencias muy graves para todos, pero castigará más severamente (como sucede siempre con el populismo desenfrenado) a los que menos tienen, a los que siguen abandonados en lo esencial, a los que se les prometió un empleo, pero que chantajeados con el uso obligatorio de una franela roja, lo que han recibido es una limosna. El empleo remunerado que ha creado esta revolución consiste en pagarle a todo aquel que se ponga una franela roja.

No puede ser fuerte la moneda de un país en el que se castiga la iniciativa privada, se demoniza y traba la libertad del ejercicio de las actividades económicas que son producto del riesgo propio, de la voluntad individual y de la fuerza creadora de sus ciudadanos. No puede ser fuerte la moneda de un país en el que no sólo se amenaza, sino que también se actúa en contra del derecho constitucional a la propiedad privada.

Lo que ahora sí será más fuerte será la religión de la corrupción, que en este régimen tiene una numerosa feligresía: En sus mismos bolsillos cabrán más bolívares. ¡Qué cambio!


Álvaro Benavides La Grecca
El Universal
abenavideslagrecca@gmail.com
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