13 julio 2007

Primero, lo primero

Lo más duro es imaginarse fuera del poder. Primero, tener que recoger los aperos y, más tarde, acostumbrarse a una cotidianidad sin reverencias ni ceremoniales. Al trance se le añaden las angustias de las auditorías posteriores, que siempre serán proporcionales a la conciencia sobre los daños causados. Ya en la mitad de sus períodos, todos los presidentes suelen visualizar con desolación ese día inexorable en el cual sentirán la amargura de un despojo. Aunque el poder es adictivo, los demócratas controlan la tentación y se preparan para ese momento, desde su ascenso a la primera magistratura. El caso de Chávez es diferente: la sola idea de verse finiquitando sus tareas en lo que sería el último día de su despacho como Jefe de Estado, le produce náuseas.

Al comandante le repugna experimentar esa sensación. Contra ella forcejea en la sombra, mientras pasa las horas revisando los modelos constitucionales de Cuba e Irán, que son sus referencias. La primera sirve al propósito de quedarse "para siempre". La segunda, le es útil para contener el acecho de los llamados "centauros". Cada uno de sus delfines aspira a la alternabilidad, aunque ella quede limitada a la competencia por un cargo inferior al de la Presidencia. Tal vez la muchachada se conforme con que a ese rango se le asegure parte de la pompa y el brillo que disfruta el gran jefe. La figura del primer ministro -o cualquier otra que garantice la gloria conquistada en votación universal- está a la mano para satisfacer la sed de los jóvenes conjurados, quienes habrán de aceptar a Chávez como una suerte de líder espiritual islámico: indiscutido e inamovible.

Lo que digan las encuestas acerca de la reforma le tiene sin cuidado al mandatario: lo mismo que las limitaciones de la actual Carta Magna, convertida en un catálogo a la que, por la vía de los hechos, también ha declarado moribunda. Se ha dicho de todo en torno al contenido de la Constitución que se cuece en secreto. Pero muy poco se ha hecho alusión al inconstitucional procedimiento adoptado por Chávez para cambiar la Ley Madre. Si todo el proceso está viciado -porque se han incumplido los formalismos contemplados en la Constitución del 99-, entonces hay que señalar, con voz firme, que el comandante está encabezando otro golpe de Estado.

Ante esta circunstancia, ¿qué le corresponde hacer a la oposición?; ¿cuál es el deber de la sociedad venezolana? Sería un gravísimo error no denunciar el garrotazo. Para ganarle a Chávez en las urnas, primero hay que molerlo políticamente. Ese es el orden de los factores, a menos que el país se haya acostumbrado a los manotazos contra la Ley y la Constitución. Todavía es temprano para ajustar las prioridades y evitar que Chávez se haga anciano despachando como monarca desde la casa de Misia Jacinta, mientras se toma el tiempo de preparar a su heredero al trono.

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