23 enero 2008

23 de enero de 1958, el ejemplo del medio siglo

El teniente coronel tenía razón cuando, el primer 23 de Enero de su mandato, dijo que no había nada que celebrar: para una mentalidad militarista, nada más aborrecible que conmemorar el derrocamiento de un gobierno militar y, peor aún, para sustituirlo por gobernantes civiles durante casi medio siglo.

Pero quien quiera comprender a este país tampoco debería celebrar ese día, si sólo se trata de eso. En todo caso, para un historiador es imperativo planteárselo así: el 23 de Enero no se agota allí, sino que sólo tiene sentido mirándolo en perspectiva. O sea, integrándolo en un proceso que viene de muy atrás. Reduzcamos esa perspectiva a los casi dos siglos de nuestra independencia.

La república independiente

Ese proceso es el de nuestra constitución como nación y de su desarrollo democrático sin el cual ella no tendría sentido. Vamos así a señalar varios momentos pero advirtiendo que ellos nada significan sino como parte de aquel proceso, de aquel desarrollo. Por supuesto que la primera es la del 5 de Julio de 1811.

Lo que hace de ella una fecha nacional venezolana no es la ruptura con España, sino su vocación y constitución republicanas. Así, ese día no se rompió con la corona española, sino con todas las coronas. El primero y por desgracia casi único legado del proceso que arrancó ese día y que duró hasta 1830, fue así la forma republicana de gobierno.

Vienen después los acontecimientos que una historiografía demasiado parcializada e intelectualmente deshonesta ha bautizado como "la Cosiata" y que culminó con la separación de Venezuela de Colombia. Como ella coincidió con la muerte del Libertador-Presidente, ha servido para que la retórica patriotera pudiese sembrar en el espíritu venezolano la horrenda culpa del parricidio. En verdad, se trató más bien de la oposición de dos proyectos políticos, uno viable y el otro no, y además de un rechazo al centralismo autoritario que encerraba la proposición de una presidencia vitalicia. Que la dictadura de Bolívar fuese sustituida por autoritarismos regionales ha servido también para ocultar que aquel designio no era una negra conjura antihistórica, sino el normal desenvolvimiento de una aspiración nacional y democrá- tica.

Desde ese momento habrá que esperar cuarenta años para que otro momento señale que continúa ese viaje hacia la nación y hacia la democracia: es la Revolución de Abril que llevó al poder a Guzmán Blanco. "Los liberales de Antonio", como llamaba el viejo Antonio Leocadio a los partidarios de su hijo, dieron otro paso de avance en ese proceso, y también en el de la formación del Estado. "Un Estado que se proclame cristiano no es un Estado", decía Marx en La cuestión judía.

Guzmán Blanco va a dar un vigoroso impulso a su creación con la conversión del venezolano en un Estado laico, al separar el Estado y la escuela de la Iglesia.

En el siglo XX

Habrá que esperar hasta el siglo XX para señalar otros sucesos que marquen hitos en la constitución de la república nacional democrática. El primero es el 21 de julio de 1903, cuando el general Juan Vicente Gómez triunfe en la batalla de Ciudad Bolívar. La historia convencional lo señala como el fin de las guerras civiles. En realidad, es mucho más que eso: es el comienzo de la paz venezolana. La cual no se puede atribuir al general Gómez porque el Benemérito lleva muerto más de 70 años y, sin embargo, los venezolanos no hemos vuelto a desencadenar ni soportar la guerra. Lo cual de paso nos convierte en un país excepcional en el mundo: uno que lleva un siglo sin guerras civiles.

A la muerte de Gómez el 17 de diciembre de 1935, el pueblo venezolano, al revés de lo que sostenían los plumarios del dictador, estaba maduro para la democracia. Así lo demuestra al fundarla en la calle el 14 de febrero de 1936 cuando la más grande manifestación que hubiesen visto ojos venezolanos impuso su voluntad democrática a un gobierno que oscilaba entre ella y el despotismo. Desde aquel entonces, Venezuela nunca ha dejado de ser democrática, en el sentido de que el pueblo, pese a algunos inevitables altibajos, muestra tener conciencia de su propia fuerza.

Como sucede con el 19 de Abril de 1810, el 18 de octubre de 1945 es una fecha ambigua; si en aquella, un movimiento que desembocaría en la independencia se inició para apoyar al Rey, en 1945 triunfó un cuartelazo, como lo reconoció el propio Betancourt en 1956. Pero, de inmediato, el gobierno que él presidió dio lo que Germán Carrera Damas considera el paso más importante en la formación nacional después del 5 de Julio de 1811: un estatuto electoral que daba el voto a los analfabetas, a las mujeres y a los jóvenes en edad militar. La república se volvía así nacional.

Llegando al día de hoy

Todo aquel proceso remata con este 23 de Enero cuyo medio siglo se celebra hoy. Mucho se dirá sobre el detalle de sus sucesos e incluso sobre su significación histórica. En estas cuartillas hemos preferido celebrar no aquella fecha de 1958, sino los cincuenta años transcurridos desde entonces.

Pero antes, hay que precisar que la Historia nunca sigue un derrotero lineal: todos ese largo viaje hacia la nación y la democracia va a encontrar, al desenvolverse, piedras en su camino: en la república fundada en 1830 será "la dinastía monagógica" de José Tadeo; el Septenio guzmancista rematará en la Aclamación; los primeros años de la paz venezolana lo serán también de Castro y Gómez; el 18 de octubre estará preñado del 24 de noviembre; el 23 de Enero conocerá un peligroso bache con la elección del enemigo que había tratado de borrar esa fecha el 4 de febrero de 1992.

Pero volvamos a nuestra conmemoración de hoy día. Nadie que me conozca puede pensar que sea una congenialidad ideológica lo que me hace afirmar que el medio siglo transcurrido desde entonces es el más brillante que haya conocido Venezuela en toda su historia. Y lo es porque resume y afirma todos los pasos dados antes del 23 de enero de 1958.

A un punto tal que hoy podemos afirmar que en ese medio siglo se ha acelerado como nunca la tarea de convertirnos en un Estado-Nación digno de tal nombre. Y eso sin ocultarnos la regresión iniciada el 2 de febrero de 1999 con la llegada al poder de alguien que busca transformar a Venezuela teniendo como modelo un cuartel; o sea, lo más opuesto posible a un modelo democrático. Se trata del mayor traspié que haya dado en medio siglo la república civil. Porque la primera significación del 23 de Enero de 1958 es esa: allí se echó abajo una dictadura militar para instaurar un gobierno civil, pero sobre todo para instaurar EL gobierno civil.

En su más moderno significado: un régimen democrático caracterizado por la libertad de expresión, el libre juego de los partidos políticos, la celebración de elecciones libres y, en general, aceptadas como limpias; un juego cada vez más equilibrado entre los poderes públicos; y una creciente preocupación, si no siempre respeto, por los derechos humanos y la pulcritud administrativa. Ni siquiera al final de ese medio siglo, sus peores enemigos, hoy en el poder, han podido deslastrarse del todo de aquel legado. Para comenzar, no sólo llegaron al poder por votaciones, sino que han continuado celebrando unas "elecciones" de las cuales, por mucho que sean fraudulentas y ventajistas, no han podido prescindir.

Pero, además, no han podido echar atrás la incorporación a la vida política de las mujeres ni de los jóvenes, ni del diez por ciento de la población de analfabetos que, según confesión del presente gobierno, existían en Venezuela al final de los cuarenta años finales del siglo XX. Ni siquiera se ha intentado revertir aquella situación: parece un legado irrevocable.

Durante esos cuarenta años, la Fuerza Armada ha estado sometida al poder civil y el presidente de la República ha sido efectivamente "comandante en jefe de las Fuerzas Armadas" (como machaconamente lo recordaba Rómulo Betancourt entre 1959 y 1964). No sólo eso, sino que, a partir de las insurrecciones militares de 1962, los cuarteles se quedaron tranquilos: no solía escucharse ruido de sables.

Como corresponde a una auténtica república civil, durante cuarenta años de ese medio siglo el presupuesto de educación superó siempre al presupuesto militar. Nunca como entonces en nuestro país habían los venezolanos accedido a la educación. Baste una cifra: en 1958 había en Venezuela tres universidades públicas; hoy hay más de cien institutos de educación superior, entre públicos y privados. Cierto, la preocupación por romper el cuello de botella que producía una educación masiva pero con una estructura piramidal ("napoleónica") hizo que se tratase de resolver esto poniendo el acento en la educación superior antes que en la básica; lo cual sólo agravó ese embotellamiento y propició una formación asaz pobre y deficiente. Pero aún ese resultado claroscuro es infinitamente superior a lo que se pone en práctica ahora: una formación acelerada de improvisados, poniendo el acento más en el título que en los conocimientos.

En este medio siglo no se ha podido vencer la corrupción, pero por primera vez la corrupción se ha vuelto una actividad punible. Aunque lo peor de ese flagelo no es la comisión del delito, sino la impunidad. Lo cual nos lleva a la corrupción de la justicia, una asignatura que no pudo ser resuelta por la república civil. Pero sin embargo, pese a ese fracaso, se logró un resultado promisor: la democracia logró crear la conciencia de que la corrupción es un delito y de que es posible castigarla. Por primera vez en nuestra historia se acusó, se condenó y se depuso a un gobernante en ejercicio, Carlos Andrés Pérez, recurriendo a métodos legales.

Es imposible dejar de aludir a dos aspectos del legado de este medio siglo sin los cuales esta enumeración estaría incompleta. Uno es la posición cimera de nuestro país en la escena internacional, sobre la base de un nacionalismo menos vocinglero que profundamente eficaz. Un alto senador republicano de EEUU exclamó alguna vez que "ese calvo es más peligroso que este barbudo". El barbudo era Fidel Castro, el calvo era Juan Pablo Pérez Alfonso, creador de esa OPEP que nos proyectó como nunca al escenario internacional, como una nación temible pero respetada.

Y para rematar con la economía, la conversión de la industria petrolera nacionalizada en una de las primeras del mundo se combina, al paso de los años, con la creación en Guayana del complejo industrial más grande del mundo en la zona tropical.

Este es pues el legado del medio siglo transcurrido desde el 23 de Enero de 1958. Los venezolanos no sólo tuvimos el coraje para derrocar la dictadura, sino el más grande aún de construir su legado cada día.

Hoy, ya la mayoría va formándose, y ganando batallas puntuales, en el camino del renacimiento de la democracia. Renacimiento, dicho sea de paso, que no es sinónimo de restauración.


Manuel Caballero
El Universal
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