24 febrero 2008

De Maquiavelo a Lincoln

A medida que arrecian las protestas de quienes están hartos del incumplimiento de las promesas oficiales, Chávez intenta desesperadamente los trucos y amenazas que le funcionaron en el pasado, cuando la gente aún creía que "el comandante no estaba enterado" de los desmanes de sus lugartenientes.

Seguidor de El Príncipe de Maquiavelo (el Oráculo del Guerrero fue una distracción imperdonable) Chávez optó por el instrumento tradicional de la peor política: la mentira. "El que mejor supo obrar como zorra tuvo mejor acierto -decía Maquiavelo-, pero es necesario saber ocultar esta naturaleza y ser gran simulador y disimulado: pues son tan simples los hombres y obedecen tanto a las necesidades perentorias que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar". La "pedagogía" maquiavélica fue concebida para los regímenes absolutistas y encajarían en ella los totalitarismos posteriores.

Chávez ha sido un manipulador de las emociones. Prometió a los más humildes que serían protagonistas en el ejercicio del poder que ahora atesora para él solo. Su condición de hábil comunicador le permitió crear "medialidades" (seudoacontecimientos que exhiben como verdaderas cosas que no lo son) que alimentaron la esperanza del pueblo. Chávez -por consejo de Fidel- monta artificios especialmente concebidos para su show del domingo y sus cadenas, en los que muestra gráficos de autopistas y puentes que no se construyen; fundos zamoranos que no cosechan nada; o empresas cogestionarias como Invepal o Invitex, que jamás han fabricado un cuaderno, o un pantalón. Todavía hay quienes creen que Chávez ha construido más casas que los demás gobiernos, cuando en realidad es el que menos ha hecho. Caldera construyó casi 100 mil viviendas por año, incluso cuando el petróleo estuvo a menos de $ 10 el barril, en cambio Chávez sólo promedia 35 mil anualmente, a pesar de recibir recursos que duplican con creces a los de gobiernos anteriores.

Esa práctica maquiavélica no la inventó Chávez, pero ha sido su beneficiario. Es también llamada "efecto Potemkin", nombre del príncipe ministro de Catalina II la Grande, hábil manipulador que montó en las estepas del sur de Rusia falsos pueblos formados por gigantescos decorados que la zarina veía desde su carroza y tomaba como prueba de la eficacísima labor de su ministro. Potemkin hacía política de imagen en el más estricto sentido y con indudables resultados políticos, afirma Muñoz Alonso. "Lo malo es que detrás de aquellas bellas fachadas no había nada". Si en aquellos tiempos hubiera existido la TV y sobre todo un canal como Globovisión, el engaño de Potemkin habría muerto al nacer.

El lector dirá -y dirá bien- que en plena era televisiva (medio que ha explotado abusivamente) Chávez pudo sostener algunos años el efecto Potemkin, es decir, el engaño. Y lo hizo gracias a la fe que el pueblo puso en su palabra falsamente redentora. Sin embargo, obcecado como está por el odio de todo lo que represente a EEUU, Chávez olvidó la siempre actual sentencia de Abraham Lincoln: "Si una vez traicionáis la confianza de vuestros conciudadanos, nunca podréis recuperar su respeto y estima. Es verdad que podéis engañar a todo el mundo durante algún tiempo; hasta podéis engañar a algunos todo el tiempo; pero no podéis engañar a todos durante todo el tiempo".

Y en este trance irreversible está Chávez hoy. No pudo engañar a todos durante todo el tiempo porque, a juzgar por la derrota del 2D, las numerosas protestas sociales y lo que dicen las encuestas, los que aún creen en él son cada vez menos y los que han abierto los ojos se cuentan por millones. Por eso su furia constante contra Globovisión y el jueves contra Últimas Noticias, por titular su primera página: "Salud en coma por falta de real", afirmación comprobada por los millones de venezolanos que sufren el martirio de unos hospitales en ruinas, por su personal médico y paramédico obligado a protestar en la calle y por las declaraciones de la secretaria de Salud de la Alcaldía Mayor. Chávez llama "Últimas Mentiras" al diario, califica de "oligarcas" a sus propietarios y afirma que "la salud no está en coma, sino todo lo contrario". En el colmo del cinismo (o de la ceguera) Chávez pone como paradigma de ética periodística al pasquín oficialista Vea.

Los seudoacontecimientos fabricados para los shows televisivos quedan al descubierto, contrastados como son con el desastre nacional. Así que cuando el viceministro de Seguridad Ciudadana nos dice que la criminalidad ha disminuido un 70%; los diputados aseguran que el desabastecimiento es una mentira de los medios golpistas porque los mercados están repletos y Chávez jura que "garantiza alimentos" e insulta una vez más a Fedecámaras y al Imperio, el pueblo dice indignado: ¡Ya basta!


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