14 octubre 2008

Pensando en la democracia

La democracia puede estar agotándose como experiencia instrumental dentro de la cárcel de ciudadanía que son nuestros actuales Estados Naciones, suerte de andamiajes jurásicos: demasiado pequeños para las cosas grandes y demasiado grandes para las cosas pequeñas. Venezuela es hoy la regla y no la excepción. Pero la realidad histórica de aquélla -la democracia- y la de éstos, no deja de aportarnos una lección extraordinaria. El tiempo de la democracia se hace generoso y los peligros que la acechan disminuyen cuando es inmune a los extremismos.

¿Cuáles serán las nuevas formas o intereses susceptibles de reequilibrio para la recreación de la democracia y a la luz del vertiginoso cambio de Era que ha lugar en la evolución del mundo y que le hace espacio generoso tanto al dominio digital global como a las "patrias de campanario" que surgen- como suerte de Medioevo posmoderno -alrededor de preocupaciones culturales, raciales, religiosas, fetichistas, ideológicas, indígenas, ambientalistas, y paro de contar? No lo sabemos.

Pero es cierta la reprobación que sufre la democracia por un defecto de óptica. El común la asimila a sus medios históricos conocidos: el Estado, los poderes públicos, los partidos, etc. Pero si se le preguntase al pueblo llano si está dispuesto a renunciar a su libertad a cambio de bienestar económico y social, a buen seguro diría que no; porque en el fondo lo que pide de la democracia es aquello que Protágoras predicaba de ella en la Antigüedad: su identidad con la naturaleza humana.

No es panfletario afirmar, pues, que la democracia, en su crisis corriente dentro de la misma democracia, vuelve a sus orígenes. Deja de ser modelo de gobierno para reivindicarse como derecho humano: el derecho a la democracia; pero cuyas garantías formales seguirán variando a la luz del carácter mudable de la historia. Lo esencial y permanente en aquélla ha sido y será el espíritu de tolerancia y el reclamo de la perfectibilidad.

El respeto a los otros -que pueden ser adversarios pero no enemigos- nos aleja de las verdades absolutas. No le da tregua a los fanatismos, y en el debate libre de las ideas procura los cambios del poder sin sangre ni violencia y le hace nicho a la creación en común, sin mengua de la libertad individual. Y la perfectibilidad, el saber que nuestra condición de humanos nos torna obras inacabadas y de quehacer constante, igualmente impulsa la renovación periódica de nuestras experiencias. Ese ha sido, justamente, el desafío inacabado de la democracia en el curso de 2.500 años.

Como lo creo, el tiempo por venir no es ni será mejor o peor, sino distinto.

Los paradigmas instrumentales de la democracia a buen seguro que serán otros en el siglo XXI. Pero así como la idea moderna de la representación política cede, habiendo sido imprescindible para sacar a la democracia de sus límites comunitarios primitivos y hacerla funcional en grandes espacios geopolíticos, la idea añeja de la democracia directa y de la absorción total de la vida total de cada hombre para la práctica de la ciudadanía, mató a la democracia por exceso de democracia en la Grecia de Pericles.

La representatividad democrática, pues, debería sostenerse en aquéllos niveles decisorios -planetarios o locales -donde la complejidad y especialización de los asuntos de interés público amerite jerarquías funcionales o delegaciones. Y la participación cabrá extenderla hacia los espacios que integran lo que ahora se da en llamar la democracia social; que hace posible la deliberación y decisión en áreas que antes escapaban al interés de lo ciudadano por sobreposición del Estado. Pero mal podría extenderse ésta, hacia arriba, hasta hacer ineficiente o perturbador el mismo proceso decisional especializado o, hacia abajo, hasta un punto en que el ser humano, hacedor y destinatario de la misma experiencia democrática, pierda su identidad y autonomía.

En cuanto a esto último, no se trata de que la participación popular se detenga en las fronteras del "individuo inútil" o indiferente ante el destino de sus congéneres. Se trata, antes bien, de que la regla del consenso o de la mayoría democrática no derive en oclocracia, en atropello tumultuario a la disidencia; pues si así fuese ¿que valor tendrían los consensos en la democracia?

No por azar, Norberto Bobbio, le pone una prueba de fuego a quienes se dicen demócratas y no son otra cosa que impostores. ¿Qué hacemos con las personas que disienten? ¿Las aniquilamos o las dejamos sobrevivir? y si las dejamos sobrevivir ¿las detenemos o las hacemos circular, las amordazamos o las dejamos hablar, las rechazamos como desaprobadas o las dejamos entre nosotros como ciudadanos libres?

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