17 junio 2008

Y ahora... la Misión Imposible

La liviandad con la cual el Presidente encara el tema de la inseguridad y el menosprecio patente a la hora de anunciar soluciones, al menos parciales, a la efusión masiva de sangre que vivimos, quedó en evidencia este domingo cuando ofreció, como solución meter a dos guardias nacionales y un policía en cada una de los 45 mil unidades de transporte colectivo que recorren a Caracas todos los días.

Si consideramos que en la ciudad hay unos 15 mil vehículos dedicados al transporte público serían necesarios, entonces, unos 45 mil hombres, pero si consideramos que mínimo se requieren dos turnos diarios para una cobertura adecuada, la cifra alcanzaría a un total de 90 mil funcionarios dedicados a semejante misión (quizás deberían bautizarla Misión Imposible) es decir, algo así como el 70% del pie de fuerza armado (el legal) existente en el país.

Lo más grave, en todo no es que un jefe de Estado mienta con tal descaro (quizás piensa que los venezolanos son brutos y/o ignorantes), sino que el baño de sangre (unas 13 mil muertes violentas por año, más de mil cada mes, 33 al día, casi dos en una hora) continuará ante un Gobierno que no puede evitarlo.

En un país donde el Gobierno alienta la existencia de grupos irregulares que ha venido armando a lo largo del tiempo; donde la impunidad alcanza el 97% (es decir el 97% de los delincuentes anda suelto) y el Presidente ha justificado el delito como un salida inevitable ante el hambre y la miseria de la mayoría de la población, para convertirlo en instrumento de una pretendida justicia social (expropiación revolucionaria); no debe sorprender que la violencia y el delito sean la consecuencia natural de tales desaguisados que en algún momento parecieron convertirse en política de Estado.

Y ahora, cuando el pequeño Frankestein que dejaron crecer se convierte en un monstruo imparable que atenta contra la gobernabilidad y amenaza con desalojarlos del poder, tratan, por un lado, de mentirle al país señalando, como lo hace el ministro del Interior, una supuesta disminución de los índices delictivos, mientras que por el otro el Presidente lo desmiente en cuestión de horas al reconocer cómo el asunto se les fue de las manos y anunciar locas fantasías (dos guardias y un policía por buseta) a manera de solución.

Claro que una mentira que desmiente otra mentira no se convierte en verdad, ni mucho menos. Simplemente es una mentira que encierra una verdad tremenda: estamos en manos de la violencia y la impunidad y quienes tienen la responsabilidad de evitarlo o atenuarlo, porque la vorágine ahora los arrastra también a ellos, no tienen la menor idea de cómo hacerlo. Saben, quizás, que la única forma es escuchando, concertando y coordinado con el resto del país, pero eso no lo hacen porque se los impide la soberbia.

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