24 marzo 2009

Rebelión en la granja

George Orwell, escritor británico cuyo verdadero nombre era Eric Arthur Blair, escribió en la década de los 40 del siglo pasado una obra cuya lectura resulta imprescindible en la Venezuela de hoy: "Rebelión en la Granja".

Se refiere Orwell a una granja rica y de suelos fértiles. Con una buena administración hubiera podido ser un ejemplo de abundancia en beneficio de todos los habitantes de la granja. Pero no era así.

La única explicación que encontraban los animales que habitaban pobremente en la hacienda era que alguien se había apoderado de la parte de la riqueza que le correspondía a cada uno.

Entre los animales había un cochino llamado Napoleón. Era un verraco pendenciero, de raza indefinida y gran verborrea que se quería apoderar de la granja. Era tan elocuente que con sus discursos manipulaba las fibras más íntimas de los animales y promovía una rebelión en contra del granjero: "Expulsemos a los hombres y todos nos volveremos ricos y libres de la noche a la mañana".

Finalmente los animales se rebelaron y expulsaron al granjero. Napoleón tomó el poder e impuso su llamada "Doctrina del Animalismo" que pregonaba la igualdad entre todos los animales y el odio hacia los hombres: "Todos los hombres son enemigos. Todo lo que camine sobre dos pies es un enemigo. Todo lo que ande en cuatro patas o tenga dos alas es un amigo".

Propone entonces Napoleón a los animales votar una nueva constitución. Se trataba de los "Principios del Animalismo" o los "Siete Mandamientos". Los animales decidieron escribir aquellos principios que creían perennes en un muro sagrado, con grandes letras blancas, para que todos los recordasen.

Napoleón progresivamente se fue transformando en un dictador. El grupo de marranos que le acompañaban comienza a enriquecerse vilmente y a vivir con todos los lujos que antes le criticaban al granjero. Cada vez faltaban más cosas como por ejemplo la leche. Sólo los cochinos la obtenían.

Tal era la ineptitud del verraco y los demás chanchos, que en poco tiempo la granja estaba arruinada. Pero en larguísimos discursos, Napoleón convencía a los animales de que aquellos eran sacrificios que había que aceptar para que pudiera imponerse la "Doctrina del Animalismo". Sin embargo, a pesar de las frecuentes arengas del puerco líder, los animales se daban cuenta de que las cosas no estaban saliendo como originalmente habían creído.

Para colmo, valiéndose de artimañas, Napoleón comenzó a cambiar la constitución de los "Siete Mandamientos". Los animales estaban siendo engañados. Los "Principios del Animalismo", no eran para aquel puerco otra cosa que una excusa para imponer su voluntad a los otros animales. El único principio por el cual se regía era su sed de poder.

Los animales eran obligados a escuchar las interminables peroratas de Napoleón: "¡Cuatro patas sí, dos pies no!", repetía constantemente. Incluso llevaba a cabo frecuentes elecciones, las cuales ganaba, ya que las bestias parecían hipnotizadas y no encontraban argumentos para oponérsele.

El malestar era cada vez mayor. Aunque supuestamente había libertad de expresión, la realidad es que lo que imperaba era el miedo. Napoleón había creado círculos formados por feroces perros de presa que atacaban a cualquiera que se atreviese a disentir de las opiniones del líder.

Cuando los abusos del verraco y sus compinches se hicieron intolerables, algunos animales reclamaron ante la suprema instancia de la justicia, la Comisión de Cerdos Sabios. Estos últimos, después de deliberar concienzudamente, dieron su veredicto: "Napoleón siempre tiene la razón". Y es que el marrano ya se había apoderado de todos los poderes de la granja.

Finalmente, para sorpresa de todo el mundo, un buen día los cerdos comenzaron a caminar en dos patas. El mismísimo Napoleón salió en persona de la casa del granjero, erguido majestuosamente sobre sus patas de atrás.

¿Acaso los "Principios Animalistas" no estipulaban que todo lo que caminaba sobre dos patas era enemigo?, se preguntaron las bestias. Entonces todos corrieron al muro sagrado para revisar lo que decía la constitución en la cual se había aprobado la igualdad entre todos los animales. Con asombro que rayaba en la consternación, todos pudieron comprobar que Napoleón había cambiado los Siete Mandamientos. De aquella constitución inicial que todos admiraban, ahora quedaba sólo un mandamiento: "Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros".

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