08 febrero 2010

No lo subestimé, mi error fue otro

Por algún tiempo, viendo la casi total dominación que ha ejercido Hugo Chávez sobre nuestro país, llegué a pensar que lo había subestimado. Desde que lo vi actuar en 1992 y lo oí hablar en su campaña presidencial, en 1998, lo consideré un golpista inculto y corto de ideas. En 1998 creí que había que dejarlo hablar porque el país se daría cuenta de lo nefasto y mediocre de este hombre. Su retórica, pensé, sería la cuerda con la cuál se va a ahorcar. He llegado ahora a la conclusión de que nunca lo subestimé. Pienso (a pesar de que por bastante tiempo traté de suprimir ese deprimente pensamiento de mi conciencia) , que lo que hice fue sobrestimar a mis compatriotas, pensar que la sociedad venezolana vería a través de este hombre de escasas cualidades intelectuales y lo echaría rapidamente al cesto de la basura política.

No ocurrió así. Sorprendentemente algunos líderes de opinión y personas de alto nivel intelectual comenzaron a ensalzarlo. Aún cuando tuviera luego ocasiones para arrepentirse, el valioso Ricardo Combellas llegó a decir que Chávez era infalible. El admirado y admirable Joge Olavarría, quien luego lo adversaría con su acostumbrada vehemencia, se entusiasmó con él hasta un punto intolerable. Miguél Henrique Otero y Alfredo Peña lo apoyaron en su etapa de candidato presidencial y aún después de su victoria. Políticos del Plioceno inferior como Luis Miquilena y hasta destacados académicos como Ernesto Mayz Vallenilla lo aconsejaron, Mayz muy brevemente, Miquilena convertido en cómplice. Los banqueros empezaron a acercársele y surgieron los escotets y los victores. Regresó Orlando Castro. Mucha de la izquierda intelectualoide venezolana, orgullosa de sus escritores y artistas, lo apoyó en su primera etapa y algunos, a lo Fruto Vivas y a lo Román Chalbaud, se mantienen fieles al déspota. Parece mentira que tanta gente valiosa de nuestro país le haya prestado su colaboración, muchos genuinamente convencidos de que el hombre tenía algo en la bola, como se dice en el beisból, aunque luego se dieran cuenta de su equivocación. Algunos de quienes hoy se definen como líderes de los ni-nis, como Agustín Blanco Muñoz le dieron el beneficio de la duda en su momento, precisamente porque parecía representar el anti-sistema. Después de su llegada al poder, muchos lo apoyaron por otras razones, la mayoría para promover sus agendas personales. Integrantes de la Corte Suprema le permitieron sus violaciones a la constitución porque pensaron que al hacerlo, mantendrían sus posiciones burocráticas.

Surgieron los aduladores, los carlosescarrás, diazrangeles, ariascárdenas, brittosgarcías y earleherreras. Embajadores quienes habían sido sifrinos y conservadores durante sus carreras, como Roy Chaderton y Alfredo Toro Hardy, se convirtieron repentinamente en “revolucionarios” pensando, quizás, que podrían aspirar a la cancillería por aquello de que en el país de los ciegos el tuerto es rey, olvidando que Nicolás Maduro ya se había entrenado para esa posición en el Metro de Caracas. Algunos empresarios marginados de Fedecámaras, a lo Uzcátegui o a lo Francisco Natera, hablaron de estructurar organizaciones empresariales paralelas y lo hicieron. Militares que habían acompañado a Chávez en sus golpes de 1992 integraron su entorno preferido y comenzaron a “comer completo”como dicen en Africa, es decir, comenzaron a robar, porque ahora les tocaba a ellos. Aún quienes adversaban a Chávez se sentían como obligados a guardar silencio, por temor a ser tomados por miembros de una Venezuela anterior, la llamada cuarta república, a la cuál se le achacaban todos los males del país. Inclusive, desde 1992, cuando Chávez y sus secuaces fueron a prisión, algunos destacados miembros de esa Venezuela democrática, verdaderos demócratas como el recientemente fallecido e ilustre Rafaél Caldera y todos los candidatos presidenciales de ese momento, consideraron que debía decretarse una amnistía general. Venezuela siempre ha sido una sociedad tan imbricada e incestuosa que aún quienes transgreden sus leyes eran y son frecuentemente protegidos por sus mismas víctimas, por aquello de que somos” generosos y compasivos” cuando somos realmente cómplices y, pido excusas, una cuerda de bolsas. Los pobres de Venezuela se sintieron genuinamente tomados en cuenta, sin pensar que la inclusión de la cuál eran objeto se llevaba a cabo a expensas de la exclusión de los “escuálidos”, de los “oligarcas”. Es decir, para favorecer a unos se sacrificaban a otros. Para montar a unos en el autobús bajaban a otros a carajazo limpio. Las grandes mayorías pobres, haciendo sus colas para recibir comida subsidiada o para ser atendidos por los paramédicos cubanos se sintieron consentidos por primera vez en la historia.

Al menos tuvieron esa percepción, aunque no haya resultado verdadera. Por ello, se fue formando en la sociedad venezolana una creciente tolerancia hacia una mediocridad que comenzaba a penetrar todos los rincones de la vida nacional. El venezolano común y silvestre llegó a avergonzarse de ser educado, aceptó un nuevo lenguaje procaz , no prozac, en boca del mandatario (que no es un gobernante) como la moda a ser imitada. El “Teresa Carreño” comenzó a ser utilizado para eventos malojillos y simiricuires de la revolución. PDVSA prestó sus aviones, galones y salones a la nueva Venezuela socialista y pintó sus tanques de rojo. El ejército inició el entrenamiento de los funcionarios públicos en los principios de la guerra asimétrica y de vaina no pintó sus tanques de rojo. Comenzó la peregrinación hacia Venezuela de los parásitos latinoamericanos, desde Morales hasta Ortega y hasta el obispo gozón y la señora botox vinieron a que les dieran lo suyo.

Los cubanos se fueron insertando en las posiciones más delicadas de la vida nacional: documentación, inteligencia y espionaje, asesoría militar y de política exterior. Todo ello se ha llevado a cabo bajo la mirada impotente o indiferente del grueso de mis compatriotas. Son muchos quienes se alegran de ver a todo el mundo en el mismo barco de la pobreza, quizás porque Moncho Brujo no los dejó entrar a alguna fiesta en La Lagunita.

Cuando decidí abandonar el país en 2003 ello se debió a que solo tenía cuatro opciones: combatir el régimen desde adentro, plegarme a esa nueva Venezuela que crecía ante mis ojos, pegarle un tiro a Chávez, para lo cuál no estoy entrenado en ningun sentido espiritual o material, o irme del país.

Las consideré una por una. Decidí irme porque pensé que, estando afuera, sería más efectivo en la lucha contra el déspota que en Venezuela. No puedo ya marchar en Venezuela pero si puedo tratar de influir en la opinión pública internacional sobre la amenaza que Chávez representa. A mis 76 años ya no le puedo tirar piedras con efectividad a la Guardia Nazi-onal pero si puedo hablar frente a audiencias internacionales que han estado sujetas a campañas multimillonarias de propaganda pro-chavista.

Asombrosamente, esta batalla tan asimétrica de la opinión pública internacional la estamos ganando. Chávez está sustancialmente desacreditado en el mundo entero. Sus discursos y actuaciones son objeto del ridículo desde Nueva York y Tucupido hasta Copenhagen. Sus embajadores e ideólogos ven llegar el desastre y ya piensan, como ratas, en abandonar el barco que se hunde. En Venezuela, aún los consentidos de ayer se han agriado por la disminución de las limosnas y por el colapso en la calidad de la vida. En Venezuela la vida no vale nada, no hay luz, ni agua, ni nuevas carreteras. El intento de Chávez de instalar una Venezuela socialista ha naufragado en las cloacas del Banco Canarias. Pero….. siempre quedará en nosotros ese amargo sabor en la boca sobre una sociedad que se plegó al bárbaro.

Ese es el problema espiritual con el cuál muchos venezolanos tendrán que vivir de ahora en adelante: Como permitimos que esto sucediera? Chávez solo ha sido el espejo en el cuál nuestra fea sociedad ha tenido que verse reflejada. Chávez no existe, éramos nosotros!

Arrancar esta mala hierba de nuestros corazones y comenzar, de nuevo, a ser dignos de ser llamados venezolanos será la tarea de las próximas generaciones. Pienso en la frase final de “La Montaña Mágica”de Thomas Mann, aunque no encaje perfectamente: “De esta fiesta de la muerte, de este temible ardor febril que incendia el cielo lluvioso del crepúsculo, ¿se elevará el amor algún día?

Se elevará el amor algún día? Ese es mi deseo para la Venezuela del futuro.

Gustavo Coronel
Noticiero Digital
Publicar un comentario